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miércoles 5 de marzo de 2008

La fiebre malaya

petronasEstamos en Kuala Lumpur y Kuala Lumpur está en nosotros. El caos de esta ciudad se nos ha metido en la cabeza y no sabemos hacia donde ir. Hemos llenado las libretas con fechas de monzones y horarios de aviones y trenes para asegurarnos que no nos vamos a una playa en plena tormenta ni a una ciudad cuando podríamos estar chapoteando en el mar. Ahora tenemos montones de opciones y seguimos sin saber cuál es la mejor. Probablemente acabemos en las playas tailandesas o haciendo algún cursillo en Chiang Mai para luego volver a bajar a Malasia. Tenemos casi claro que volveremos a Borneo en un mes para visitar el santuario de orangutanes, pasar unos días en un campamento en la jungla y posiblemente hacer snorkel en la isla Pulau Sipadan. Pero la Malasia peninsular se nos está atravesando y aún no sabemos para dónde tirar.

Mientras escribo esto hay como 10 hormigas que salen de entre los bordes del portátil y la pantalla, corren un rato por el post y vuelven a entrar. Miedo me da lo que pueda estar pasando ahí dentro.

Decía de Kuala Lumpur que es caótica. También es sucia y gris e invita a poco más que las visitas de rigor, que se cuentan con los dedos de una mano. Yo hoy me he ido de exploración y he dejado a Alberto haciendo los deberes. Lleva 3 semanas dando vueltas a la guía de Malasia y aún no se aclara. La lee y la relee y se deprime porque no le cuadran los monzones con los planes. Hay veces que incluso llega hasta las páginas del final, donde hablan de la malaria y la fiebre de esto y lo otro y esos días tenemos drama. Le sale la vena hipocondríaca y se le manifiestan todos los síntomas de lo que haya leído. Entonces nos pasamos la cena recordando todas la vacunas que se ha puesto, estadísticas, etc...vamos, todo el ritual anti-crisis. Esa noche se va a la cama medio convencido y al día siguiente se levanta en plan Miguel de la Cuadra Salcedo. Para matarlo.

kuala-lumpur Mi día de exploración ha acabado en una vuelta por Chinatown, una visita a las Petronas y otra a la torre de comunicaciones (desde donde está hecha la primera foto del post, que aunque no es la mejor vista de las Petronas se ve lo altas que son). Como las tres cosas están bastante retiradas las unas de las otras y no me apetecía mucho coger el monorail he podido comprobar de primera mano que el responsable de urbanismo de Kuala Lumpur efectivamente es un demente. Algo había oído pero no pensé que la mala fama le hiciera tanta justicia. La ciudad está llena de calles de cuatro carriles que los peatones han de recorrer por unas aceras inexistentes y cruzar por unos pasos de cebra que no suman más de 10 en toda la ciudad. Los kualalumpurenses se amontonan en un sitio cualquiera del borde de la calle y a la que son más de cinco cruzan a mogollón, supongo que con la lógica de que a mayor el bulto menor la posibilidad de ser atropellados. Yo me he apuntado a esta técnica y de momento me ha servido para sobrevivir un día entero.

Aparte del tráfico lo único que me ha pasado hoy digno de mención ha sido un encuentro que me ha dejado intrigada. Iba andado por Chinatown y de pronto me aborda un señor señalándome los pies "anda, qué zapatillas más chulas, dónde te las has comprado?". Explico que las zapatillas a las que se refería son unas Adidas que tienen ya cuatro añitos, varios viajes y una cantidad de roña suficiente como para señalarlas por otros motivos. Y al señor, a no ser que fuera representante de Reebok (bueno, en Malasia, donde todo es imitación, sería de Reebol), no veía yo de dónde le podía venir el interés. Tampoco parecía ligoteo porque le acompañaba una mujer de su edad, su esposa me imagino yo. Le respondo que Nueva York, me pregunta si soy americana y digo que no, que española. A todo esto, como yo me sé que en Barcelona estos "encuentros" acaban en un abrazo de más y una cartera de menos, me agarro discretamente la bolsa de la cámara. El hombre me explica que es filipino y que se llama Pepito y hablamos un poco en español. Me pregunta de qué parte de España y casualidades de la vida, de esas que sólo pasan en sitios turísticos, me cuenta que su hermana tiene un contrato en un hospital en Madrid, pero no sabe cuál. Yo me vigilo la bolsa con un ojo y a Pepito y a su acompañante con el otro. Hemos seguido charlando un rato, nos hemos deseado buena suerte y hale, cada uno por su lado. ¿Sería Pepito un Pepito malo? Pues mira que me da rabia quedarme con la duda, pero nunca lo sabré.

Por suerte antes de venir a Kuala Lumpur hemos pasado por Melaka, que es una ciudad muy tranquila. Su situación entre monzones hizo de ella el puerto más importante de Asia y la zona más multicultural de Malasia. Fue gobernada por portugueses, holandeses e ingleses en distintas épocas y todos dejaron algo. Ahora la mayoría dominante es china y no tuvimos que andar mucho ni preguntar por ahí para darnos cuenta. Están de elecciones en Malasia y en Melaka todos los candidatos sin excepción son chinos.

En Melaka nos alojamos en el hotel Ringo's Foyer, regentado por un chino de nombre Raymond. Nada más llegar conocimos a una suiza muy jovencita que se apuntó a comer con nosotros. El del hostel nos llevó a un sitio que conocía y comimos los tres por menos de tres euros en total. De camino al sitio de comidas Raymond nos fue explicando dónde comprar el agua más barata, dónde bollos para el camino a Kuala Lumpur, dónde internet, dónde la parada del autobús (en la que dejamos a una pareja que se marchaba)... Mientras comíamos ya nos había organizado una cena con el resto del hostel y nos había hecho un planning de qué ver esa tarde. Nos fuimos con Yvone, que así se llamaba la suiza, a ver la ciudad con el compromiso de estar a las 7 en el hostel para cenar.

En la cena éramos seis en un restaurante chino en el que Raymond se preocupó de que todo el mundo pudiera comer bien. Porque no pudimos elegir, que lo pidió él todo, y además en mandarín con lo que hasta que no llegó a la mesa no sabíamos qué íbamos a cenar. Luego estaba todo muy bueno y hasta Yvone, que lo de la comida asiática lo llevaba fatal, pudo cenar. Al día siguiente nos escapamos a nuestro aire y al volver por la noche nos encontramos con otro chino en el lugar de Raymond. Y buff, qué chino. No callaba y no nos dejó apenas meter baza. Decía que le habían enseñado algo de español y nos soltaba "qué pasa neeeeeng" y "de puta madre" y luego se reía como un loco. Nos ponía a Manu Chao al tiempo que nos pedía que le tradujésemos la letra de la Guantanamera. De verdad que merece la pena pasar la noche en ese hostel sólo por conocerlo.

Al día siguiente nos marchábamos de Melaka y cómo no, Raymond hizo un grupo para ir a la estación en el que íbamos dos hongkonesas, una china canadiense y nosotros. Cuando llegamos al hostel y el dueño nos organizó la vida nos dio un poco de agobio, pero luego lo agradecimos un montón. Los días en Melaka fueron muchísimo más divertidos no sólo para nosotros, estoy segura de que para el resto de la gente que conocimos también. El hostel es muy básico, pero está limpio, es céntrico y es muy barato, así que si nos lee alguien que vaya a Melaka, le recomendamos que vaya a dejarse organizar por Raymond.

Antes de Melaka, y para enlazar con el post anterior, volamos de Bali a Singapur, donde nos comimos las últimas tostadas con kaya y mantequilla en la panadería del que ya considerábamos nuestro barrio, nos despedimos de nuestros nuevos gatos, Romeo y Pepper, y visitamos el Safari Nocturno, donde vimos animales como el de la foto a 1 metro de distancia, sin cristal ni rejas por medio.

 flyingfox

miércoles 16 de enero de 2008

Asiasido contra las hordas Sikh

El mundo de los backpackers tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas están el precio, las cocinas comunitarias, la variedad de gente que las habita y el ambientillo que se crea. Entre las malas están las cocinas comunitarias, la variedad de gente que las habita, el ambientillo que se crea y, si tienes muy mala suerte, el precio. Ahora es temporada alta en Sydney, están todos los estudiantes de vacaciones y es una de las pocas zonas de Australia donde el calor no es asfixiante, así que se vienen todos para aquí a disfrutar de la metrópolis y las playas sin medusas. Y claro, los hoteles de backpackers se desbordan. Nosotros, que no sabemos en que día vivimos ni a que hora se come, ya estábamos acostumbrados a reservar de un día para otro en el hostal de turno, pero aquí en Sydney nos costó encontrar sitio libre. De pura chiripa encontramos el Alfred Park Budget Hostel, que es donde estamos ahora y donde nos vamos a quedar unos quince días más, hasta que nos vayamos para Melbourne. El precio es un poco más caro que en el resto de backpackers donde hemos estado, unos 80 $ Australianos (8.000 pts) la habitación doble con baño, pero es lo habitual en Sydney por estas fechas. El hostal lo lleva una pareja medio malagueña y una chica colombiana con los que te puedes dar el gustazo de hablar en castellano, lo que se agradece para variar. Las habitaciones son correctas, tienen ducha en la habitación, y está bastante bien situado, en una zona tranquila a un paseo del centro.

Y la cocina está muy bien: cuatro fogones, dos fregaderos, infinidad de sartenes y cazuelas, nevera en cada habitación... En algunos backpackers nos hemos encontrado con que sólo tenían una cazuela y una sartén, tan abolladas que parecía que las hubieran utilizado para cazar la cena, por lo que así, de lejos, la cocina que nos ha tocado pintaba bastante bien. No es el paraíso que teníamos en Adelaide, pero menos da una piedra. Fue dejar las mochilas e irnos a la playa, de la que  no volvimos hasta que ya era de noche, con nuestra bolsa del Coles (el Carrrefour de aquí) llena de productos varios y un hambre de esas que sólo te dan después de haber estado en la playa. Hasta entonces no nos dimos cuenta de que algo no andaba bien. Camino de la habitación vimos que la cocina estaba llena hasta la bandera, y en el comedor no quedaba ni una silla libre. Al bajar de la habitación preparados para cocinar vimos que la cocina no sólo estaba llena de personas, sino que había cola fuera esperando turno, y tanta porquería que daba miedo entrar. Era algo con lo que no nos habíamos encontrado todavía. Por lo que hemos ido viendo, los únicos que cocinamos por el mundo somos los españoles, los italianos, los franceses y los asiáticos (todos). Los alemanes, holandeses, anglosajones o australianos, que son el 70% de lo que se mueve por los backpackers,  se traen comida de take-aways que calientan al microondas y listos. Así que normalmente los mediterráneos y los asiáticos disfrutamos de la cocina a nuestras anchas.

En este caso no. En parte porque el hostal es demasiado grande para tan poca cocina, y en parte porque da la casualidad de que se han juntado dos o tres familias hindús justo en las mismas fechas. Y lo acaparan todo con sus pucheros gigantes, sus turbantes, sus cocciones a fuego lento y sus millones de especias. A mi me recuerdan a los indios que salían en las novelas de Julio Verne, y me los imagino con un kriss oculto en el turbante naranja, listos para cazar un tigre y echarlo a la cazuela sin despeinarse el bigote. En medio del maremagnum bengalí, algún alemán (u holandés, no sabemos bien..) consigue hacerse hueco y copar algún fogón, que no abandona hasta que ha alimentado a todos sus compatriotas. Pero a la que se relajan, cosa que suele pasarles, los indios ya les han robado el fuego de nuevo. Carol y yo nos quedamos al margen estudiando la situación, y viendo la pericia y el morramen de los hindús y la persistencia germánica decidimos batirnos en retirada y esperar una mejor ocasión para pasar al ataque. Mientras cenamos unos modestos noodles y un poco de hummus (que aquí lo venden ya hecho) en un rincón del comedor comprobamos que los indios tienen unas 7 cazuelas en la mesa que se van pasando de unos a otros y que de vez en cuando visitan la cocina para ser recalentadas ante la estupefacción de los alemanes. No sabemos cuanto tiempo estuvieron cenando, pero cuando nos fuimos a la habitación todavía andaban con los chupitos y con las canciones regionales. Mañana será otro día, nos dijimos.

Pero volvió a ser más o menos el mismo, si no peor. A las 2 de la tarde las mujeres de la familia ya estaban cocinando la cena, y por lo que pudimos comprobar no acabaron hasta las 8 de la tarde, justo cuando los hombres empezaron a acaparar las mesas y sillas del comedor. A las 9 empezaron a recalentar las cazuelas, y a las 10 a re-recalentarlas. Esa noche nos contentamos con un pan de ajo y un bocadillo, pero empezamos a organizarnos para que no nos volviera a pasar. Ayer nos reunimos en un Starbucks (el único sitio donde Carol puede pensar) e hicimos  una lista de platos que podemos cocinar y guardar en la nevera.

Hoy me he pasado toda la mañana cocinando. Las dos mujeres indias (suegra y nuera creemos, porque la joven cocina mientras la mayor le grita desde el comedor) no me han dirigido la palabra en las 2 horas en que hemos compartido la cocina. Por lo menos no me han atacado, y creo que ha sido en buena parte gracias al amuleto francomasón que muy acertadamente compré el otro día en la logia de la esquina y que les iba enseñando constantemente mientras pelaba las patatas.

Australia está llena de templos masones, un día de estos iré a uno a sacarme el carnet.