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sábado, 24 de mayo de 2008

Panes de penas. De Siem Reap a Battambang.

Cuando llegas a Camboya, especialmente si aterrizas en Siem Reap, te das cuenta de dos cosas. La primera es que Angkor Wat está ahí al lado, omnipresente e inevitable. Para muchos Camboyanos es el orgullo nacional, pero para muchísimos más es el maná del que provienen sus escasos ingresos y sus esperanzas de futuro. El segundo impacto, más inesperado, es que la segunda atracción turística de Camboya es el genocidio de Pol Pot y los Khmeres Rojos.

DSC_0100 Cuando uno viaja a un país en el que la guerra civil, las matanzas programadas, los bombardeos y el hambre han matado a más de dos millones de personas en los últimos treinta años espera encontrarse un muro de olvido y de silencio, miradas bajas y desconfianza. Odio hacia sus exterminadores (los Khmeres), hacia los que les alentaron (en este caso no se libra ni la ONU) y hacia los visitantes que llegamos con treinta años de retraso. Pero si el rencor es humano, el hambre, que muchos sacamos de las ecuaciones porque no la hemos experimentado, es más humana todavía. Y aquí si tienen una cosa clara es que, como decía la Escarlata, no quieren volver a pasar hambre ni miseria, y todo lo demás debe ser secundario. El pudor también. Y cuando tras el desastre empezaron a llegar los periodistas, historiadores, fotógrafos, embajadores, y tras ellos una auténtica miríada de ONG´s, voluntarios y finalmente turistas, todos interesados en el genocidio Khmer, los camboyanos les recibieron con los brazos abiertos y las manos extendidas hacia arriba.

Las librerías de Siem Reap, que son sorprendentemente numerosas, deben ser las únicas del mundo en las que se exponen más libros de historia que de ficción. Y en los videoclubs los documentales se venden más que la última temporada de "Los Simpsons". En la portada de casi todos aparece Pol Pot, una calavera o un niño desamparado. O todos a la vez. De acompañamiento, suponemos que para aligerar la conciencia del turista concienciado de turno, una indefinible mezcla de clásicos y de superventas: Kerouac, Burroughs, Huxley, Hesse, Orwell, Irvine Welsh, Palahniuk, Auster, Kapuscinsky, "El curioso incidente del perro a medianoche", "El economista camuflado", "Jonathan Strange y el señor Norrell"... Yo no supe encontrarles un denominador común, pero para mi horror casi todos los tenía también en la estantería de casa ( y los que no, los tenía Carol ). Y digo para mi horror porque lo de darse cuenta de que encajas perfectamente en un cluster que corre por todas las oficinas de marketing del mundo, y en el que encima no te reconoces, es como para ponerse a pensar. Luego caes en la cuenta de que era en Camboya donde al principio del viaje habíamos pensado en colaborar con una ONG, proyecto abortado en el último momento al descubrir gracias a un blog que se trataba de un timo como la copa de un pino, y te dan picores. Y si te lees la guía de Siem Reap que te dan en todos los guesthouses es peor, porque constatas que, aparte de Angkor, las visitas turísticas obligadas son al museo del genocidio, al hospital infantil, al orfanato, a la cooperativa de mutilados, a la escuela de hostelería para niños de la calle, etc, etc, etc... Es decir, la tragedia como reclamo turístico.

Total, que Siem Reap es a partes iguales una Disneylandia de Angkor y una Disneylandia del Genocidio Khmer. Y si a alguien le parece poco respetuoso con las víctimas o moralmente reprochable, que lo piense dos veces. Porque al fin y al cabo, hay muchísimos camboyanos que están tirando para adelante gracias a ello. Es cierto que en muchos casos venden su propio dolor, como el ancianito, de cincuentaypico pero ya ancianito, que nos contó su triste vida a la sombra de Angkor Wat y al acabar nos pidió un dólar. Las lágrimas que se le escapaban cuando nos contaba que los Khmeres Rojos se habían llevado a toda su familia eran igual de auténticas que las risas que se soltó cuando le dimos lo que pedía. Luego, claro, te asaltan las dudas de si con ese dólar estás fomentando la mendicidad. Estamos tan acostumbrados a los mantras capitalistas de "no hay que dar peces, hay que enseñar a pescar" y a lo de "la mendicidad genera pobreza" que da más cargo de conciencia dar que no dar. Para no dar tenemos la excusa automática de "es que así fomentas que pidan en lugar de buscar un trabajo o ir a la escuela", que siempre acude en nuestra ayuda. Quizás lo que teníamos que haber hecho era convencer al anciano de que no pidiera y de que aprovechase sus conocimientos para algo digno, como escribir un libro o dar conferencias sobre el tema... que por otra parte es justamente lo que estaba haciendo. ¿Por qué es respetable que el señor David Chandler se harte de vender libros sobre un holocausto que no sufrió y en cambio nos da pudor que un abuelito nos cuente su vida (en primera persona) y nos pida un dólar? Pues debe ser por lo mismo por lo que no debemos dar dinero a los niños que venden flores de papel pero sí que debemos colaborar con ONGs que enseñan a los niños a ganarse la vida haciendo flores de papel: porque en occidente estamos acostumbrados a que la caridad, o la ayuda al prójimo, se debe hacer a través de instituciones especializadas, ya sea la Seguridad Social, la Iglesia o la Fundación Ronald McDonald, pero nunca a nivel personal. Eso queda para los musulmanes y los budistas, que son pobres precisamente por eso ( o igual no ). Que conste que ya sé que os deberíamos estar contando el viaje en lugar de estas reflexiones tan ingenuas, pero es que la sensación que se nos ha quedado de Camboya ha sido precisamente esa, lidiar con un sentimiento de culpa constante.

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También es cierto que entre dilema y dilema pasábamos nuestros buenos ratos haciendo excursiones, viendo templos y cogiendo autobuses. El de Siem Reap a Battambang tardó cinco horas de baches y desvíos poco comprensibles en una carretera que une el principal destino turístico con la segunda ciudad del país. Battambang es fea y carece de los servicios de Siem Reap, pero también es mucho menos turística, lo que se agradece. Bueno, lo agradece Carol, porque yo soy más estilo camboyano y prefiero comer a pasar hambre, lo que casi me pasa en Battambang. Aquí vale la pena mencionar a) que soy muy maniático (por si alguien no se había dado cuenta) y b) que los camboyanos se comen todo lo que se mueve, cucarachas incluidas. Esto último, que había podido comprobar en los puestos callejeros de Siem Reap, por una parte me tranquilizaba, ya que si se las comen deben estar cerca de la extinción, y por otra me intranquilizaba, ya que también puede pasar como con el atún en España, que te lo ponen a modo de regalo y aunque hayas pedido expresamente que no lo hagan. Por las proteínas y eso. Es cierto que cucarachas no vi en ninguno de los tres restaurante que tiene la ciudad, pero platos decentes tampoco. Sólo en el "Smoking Pot" ( por lo que conocemos a los camboyanos no creemos que sea una coincidencia el nombre del restaurante con lo de que incineraran a Pol Pot. ¿Alguien conoce algún local de nombre "Franco ha muerto" en España?) comimos bien, y muy bien por cierto, pero lo pillábamos cerrado a todas horas. Por otra parte, el servicio no era precisamente amable. Viniendo de Laos eso lo hemos acusado. En Camboya hay mucha gente simpática, pero también mucha otra que no lo es y que se limita, en el mejor de los casos, a hacer su trabajo con cara de fastidio. Pero si es cierto que el pasado más inmediato y la situación actual no son precisamente idílicos, también lo es que el país está condenado a mejorar, sobretodo teniendo en cuenta el entusiasmo, ilusión y capacidad de esfuerzo de los camboyanos, que manifiestan a espuertas en cuanto les das una oportunidad. Y si no se la das, se la toman, que si hay algo que no les falta es desparpajo.

Bun fue el motorista que prácticamente nos secuestró al bajar del autobús de Battambang. Mientras yo "distraía" a otros cinco tuktukeros y motoristas Carol pactó con él y con su amigo un transporte gratuito hasta el hotel, pacto del que yo evidentemente no me enteré porque estaba concentrado en que nadie me cogiera una de las mochilas y se la llevara para el tuktuk. Y eso fue precisamente lo que pasó. Mientras Carol se iba en la moto con Bun yo me quedé a pelear con su socio, que no soltaba la mochila del ordenador por mucho que le dijera, en perfecto castellano, "esa ni se te ocurra cogerla". Cuando tras un intenso forcejeo se la consiguió subir a la moto no me quedó otra que subirme detrás, porque veía que si me ponía tonto igual la tiraba en marcha o algo por el estilo. Así que pese a las protestas del resto de tuktukeros y a las mías propias, allá que nos vamos, a no se sabe donde. A Carol ni se la veía. Cinco minutos después llegamos al Hotel Chhaya, donde Carol ya andaba estudiando las habitaciones. Como yo ya había hecho el tonto un buen rato pensé que no pasaba nada por hacerlo dos minutos más, así que le estuve regateando el precio a mi motorista sin saber que los del hotel ya le daban una comisión. Por suerte Carol llegó a tiempo para sacarme de mi error.

El hotel de Battambang ha sido uno de los más raros en los que hemos estado durante el viaje. Por una parte las habitaciones estaban sorprendentemente bien para lo cutre que es la ciudad, y por otra el edificio era inmenso, con escaleras laberínticas y "seguratas"¿? en cada planta. Además, en la recepción se juntaban por lo menos unas quince personas entre gente del hotel y tuktukeros, y se hacía difícil saber quien era quien. Seguramente serían las dos cosas a la vez, pero de todas formas si veían que subías para la habitación te atendía uno del hotel y si salías o te quedabas mirando el cartel que anunciaba las excursiones te atendían los motoristas. Bun fue el más despabilado y el primero en ofrecernos un tour completo por todas las atracciones de Battambang, así que le contratamos la excursión a él y su socio por 8 escasos dólares cada uno.

En realidad en Battambang ciudad hay poco para ver, pero en los alrededores hay algunas cosas interesantes: una pagoda donde los Khmeres Rojos hacían de las suyas, un templo donde se refugian cientos de murciélagos gigantes, una vía de tren digna de Rodalies y sobretodo unos caminos muy chulos, de tierra rojísima, que combinados con el verde de los campos de arroz y el azul y blanco del cielo daban mucho juego. Y también mucho polvo, muchísimo. Aquí a ese polvo le llaman la nieve de Camboya.

DSC_0054 Como ya hemos dicho, los Camboyanos no son precisamente tímidos, y nuestro guía no era la excepción. Bun, que aprendió inglés a base de practicar con los turistas, contestó sin tapujos a todas las preguntas de Carol, incluidas las que tenían que ver con el genocidio. Por el camino le iba comentando todo lo que se le ocurría, desde lo que se cultivaba en los campos que íbamos pasando hasta lo que tenía que pagar un novio a la suegra para poderse casar. Luego, como se lo había ganado, se quedó durmiendo a la bartola mientras su amigo Sopy, que tenía sólo doce añitos, nos acompañaba a la pagoda, situada varios cientos de escalones por encima del nivel del Mekong. Sopy, pese a su edad, hablaba un inglés casi perfecto, que para eso se pagaba sus buenas clases con lo que ganaba haciendo de guía ocasional (2 dólares en las 2 horas que pasó con nosotros) , y se nos ha quedado grabado como el arquetipo de lo mejor de Camboya, por lo listo y por lo simpático. Da la sensación de que en Camboya hasta los niños tienen muy claro que la educación y el esfuerzo es lo que les sacará adelante, y no suelen desperdiciar oportunidades. Mantienen con orgullo que, aunque ahora son más pobres, en pocos años se pondrán al nivel de Tailandeses y Vietnamitas, porque mientras sus vecinos no se molestan en aprender inglés ellos sí que lo hacen y por tanto van a tener muchas más opciones de mejorar. Y la verdad es que hay muchas personas, sobretodo estudiantes, que se te acercan sólo para practicar inglés, algo que no nos habíamos encontrado hasta ahora. A Sopy prometimos enviarle unas lecciones de castellano en MP3 y estaba que daba botes de alegría, petición que se añade a la de los diccionarios que le prometimos a Sophier (de Siem Reap). No me extraña que en Europa estemos preocupados por los inmigrantes, porque como lleguen cuatro como éstos se lo van a comer todo mientras nosotros andamos perdiendo el tiempo con rencores y discusiones superfluas.

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Tras despedirnos de Sopy seguimos ruta con Bun & Company. A medida que avanzaba la mañana las nubes iban pasando de algodonosas a tenebrosas, y cuando paramos en el templo de los murciélagos gigantes el tormentón ya estaba a la vuelta de la esquina. Aceleramos un poco el paso y llegamos a nuestra última parada, "el Tren de Bambú", un poco antes que los nubarrones. Este tren no es más que una plataforma de bambú con ruedas que los chavales de los pueblos cercanos ponen sobre las vías del lentísimo tren que pasa por allí una vez por semana para sacarles algo más de DSC_0086 rendimiento. Años ha la movían a base de "remar", pero ahora usan unos motorcillos tipo Zodiac que les permite desplazarse entre pueblo y pueblo con poco esfuerzo. En las carretillas caben una docena y pico de locales, o en nuestro caso dos turistas, dos guías, dos motos y dos conductores de menos de trece años cada uno. Durante el trayecto, que es muy divertido y recomendable a no ser que tengas problemas de cervicales, es frecuente tener que parar para no chocarte con los trenes que vienen en sentido contrario. Cuando eso pasa uno de los dos grupos se baja, desmonta el tren y deja paso al otro. No sabemos como arbitran las preferencias, pero en nuestro caso los que se bajaron fueron siempre los locales, según nuestros guías porque nosotros llevábamos moto y eran más pesadas de bajar,aunque yo creo que lo de que fuéramos turistas pesaba más que las motos. De vez en cuando también había que parar para dejar paso a algunas de las vacas y búfalos que andaban de lado a lado de la vía, o para rearrancar el motor que se calaba. Total, que la lluvia nos pilló a medio camino de ninguna parte, lo que no hizo sino aumentar la diversión. Vale la pena decir que la atracción la gestionan los niños de los pueblos por los que pasa el tren, y es a ellos a quienes se paga y son ellos los que te llevan, sin intervención de adultos. Bun nos contó que algunos turistas contratan el trenecito para ir desde Battambang hasta Phnom Penh, y tardan "sólo" tres días y tres noches. En nuestro caso fueron unos veinte minutos, pero valieron mucho la pena.

Acabada la excursión yo me quedé en la habitación a reposar mis doloridas posaderas y Carol se fue de exploración por la ciudad. Por lo que cuenta se lo pasó pipa hablando con la gente y visitando todas las peluquerías de la zona. No me preguntéis por qué, pero es lo primero que hace en cada pueblo y ciudad aunque luego no entre en ninguna, y si entra es sólo a tirar fotos, como en este caso.

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Pero aunque en Battambang nos hemos encontrado con personajes de esos que te hacen pensar que Camboya va a mejorar mucho su situación en los próximos años también hemos convivido con su cara más inmediata y más triste, la de los desamparados. Por los alrededores del restaurante donde desayunábamos por las mañanas mendigaban, entre otros varios, una chica amputada y embarazada y un chaval de unos 8 años que hacíamos su hijo. Tirando del manual que mencionaba al principio del post, a la mujer le dijimos que no la primera vez que vino a pedir limosna, pero cuando la vimos descuidando discretamente las sobras que nos habíamos dejado en el plato no pudimos sino cambiar de opinión. Al chavalín, que vino inmediatamente después, le compramos un zumo, y en los días siguientes le dimos la mitad de nuestro pan con mantequilla habitual, con el que se iba contento como unas castañuelas. Pero la última mañana que estuvimos allí, tras darle su trozo de pan, decidimos que podíamos darle un par de dólares a la madre, que seguramente los administraría bien. Cuando el crío lo vio, todavía con su pan en la mano, nos siguió unos metros para ver si le caía algo más que su pan diario, pero en este caso nos mantuvimos fieles al manual del viajero responsable y no le dimos nada. Consecuencia, el crío se enfurruñó y tiró el pan, con toda la mala leche que pudo, a la cloaca que teníamos justo delante, para que no pudiéramos dejar de verlo. Nos fuimos de Battambang igual de confusos que llegamos.

viernes, 23 de mayo de 2008

Siem Reap: primera parada en Camboya

Cuando parecía que no íbamos a salir nunca de Laos y cumpliéndose 35 días de nuestra entrada, decicimos coger un vuelo y plantarnos en Siem Reap. Hemos hecho ejercicio de mentalización para despedirnos del país. Retrasamos al máximo nuestra partida porque no queríamos decir adiós a los saludos a todas horas y de todo el mundo, a la timidez de los laosianos, a la ayuda desinteresada, a la hospitalidad, y a una larga lista de cosas que han hecho del viaje a Laos una experiencia alucinante.

Salir del sur de Laos y meternos en Siem Reap ha llevado un par de días de adaptación. La ciudad está plagada de turistas que venimos a visitar Angkor Wat. Hay sitios en los que la esfera mochilera se cruza con la de los tours y da lugar a una mezcla curiosa. Unos seguimos el tour programado por Lonely Planet y otros el que marcan las agencias, y todos vamos a parar a Angkor Wat. Siem Reap se nutre y crece con las demandas de ambos y se adapta a los bolsillos de todos. Uno puede comprar, comer y alojarse según le imponga el presupuesto. Es cierto que la presencia de turistas con dinero encarece un poco las cosas pero en general hay para todos los gustos.

A nosotros después de dos semanas en el campo, sin más oferta que arroz y fideos para comer, nos apetecía darnos un capricho, así que nos hemos dedicado en estómago y alma a probar todos los restaurantes que hemos podido. Bendita pizza y bendito tiramisú.

El resto de nuestro presupuesto se ha ido en pagar las entradas a Angkor (40 dólares por 3 días), el transporte (los servicios de un tuktukero han sido 12 dólares por el recorrido grande y 20 por la visita a los templos más alejados, y el último día alquilamos unas bicis, 2 dólares) y algunas compras (mea culpa).

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En las visitas a los templos esperábamos hordas de turistas y nos sorprendimos cuando el primer día sólo nos cruzamos con unos pocos. Es cierto que sólo vimos los templos secundarios. El segundo vinieron todos los que habíamos echado en falta el primero y más. Por suerte cuando entramos en Angkor Wat llovía y lo pudimos ver bastante tranquilos. El último día madrugamos creyendo haber intuido los horarios y recorridos de los autocares y a las seis de la mañana estábamos en Angkor Tom visitando Bayon casi solos. Fue el día que más aprovechamos, aunque de vuelta tuvimos que pedalear 15 kilómetros diluviando. Si lo planeara todo de nuevo creo que haría el recorrido corto y largo en bicicleta y el día restante contrataría un tuktukero para visitar los templos que están más alejados.

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Explicar nuestras compras sin hablar primero de los camboyanos en casi imposible. Siem Reap es muy turístico, lo que significa que la mayoría del contacto que hemos tenido con ellos ha sido parte de una transacción. Aún estando todas las conversaciones encaminadas a la venta de algún producto o servicio nos lo hemos pasado muy bien. Yo creo que cuando uno lo tiene claro desde el principio se relaja y lo disfruta, o al menos eso nos pasa a nosotros. Nos hemos reído un montón porque los camboyanos son divertidos y bromistas y se les da muy bien camelarse al turista, o sea, nosotros. Como veíamos que la única relación con ellos que íbamos a encontrar en Siem Reap iba a ser esa hemos alargado al máximo el tiempo de cada compra.

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El último día además conocimos a Sophier, el dependiente de la farmacia, mientras comprábamos pasta de dientes. Ese día habíamos estado vagueando por ahí, sin hacer nada. Se nos acercó y en castellano nos explicó que estudiaba para ser guía de español, y que aprovechaba cuando venían españoles a la farmacia para practicar un poquillo. Le propusimos cenar juntos y nos invitó a su casa. Cuando salió de trabajar nos montamos los tres en su moto y nos fuimos para allá. Nos presentó a sus tres hermanos, a su cuñada, a su prima, al marido de su prima, a sus padres y a su abuela. Nosotros íbamos saludando con las frases que nos iba chivando Sophier, pero como no traducía nada nos quedamos con la duda de qué decíamos. Preguntamos por las profesiones de todos, si sabían inglés y todo lo que se nos ocurrió que podía ser un tema de conversación suficientemente sencillo para alguien que habla poco castellano pero a la vez interesante, para que no nos durmiéramos todos. El pobre Sophier tras media hora de español intensivo se cortocircuitó y nos invitó a movernos del porche al salón a ver la tele un rato. Como para demostrarnos sus habilidades como anfitrión sintonizó el canal internacional de TVE y allí nos tienes a los tres viendo a Jordi Hurtado en Saber y Ganar. Tras unas rondas de preguntas del programa la madre de Sophier reapareció por la puerta de la cocina, extendió una esterilla en el suelo y fue colocando los platos de la cena. Ésta consistía en pescado frito, panceta, huevos fritos y arroz. Típico khmer, decía el hermano de Sophier, pero lo cierto es que no era muy distinto de lo que comemos en España. Nos sentamos los tres a cenar y poco a poco se fueron uniendo más miembros de la familia. Se presentaron tíos y primos con más pescado y cervezas y se hicieron un hueco en la esterilla. Como ya éramos muchos y el ambiente festivo decidieron sumarle una botella de Johnny Walker. Alberto, que lleva el Ministerio de Invitaciones a Alcohol del equipo Asiasido, tuvo que vaciar un par de vasos. Pobrecillo, cuánto sacrificio, ejem. Con el whisky el inglés de todos mejoró y pasamos una cena muy divertida.

Antes lo he mencionado de pasada, pero he cumplido uno de los deseos que tenía desde que llegamos al sureste asiático: montar tres en una moto. Alberto dice que yo como paquete soy un paquete, valga la redundancia, y que me muevo mucho y lo desequilibro. En lo que llevamos en el sureste asiático ya hemos alquilado algunas motos y cada vez me llevo una bronca. Que si me muevo de lado, que si no apoyo el pie cuando tengo que apoyar, que si me subo brusco... A poner el pie en el reposapiés ya le tengo cogido el truco e incluso he sido capaz de dar un paseíllo yo sola. El otro día cuando Sophier nos propuso ir en moto los tres a mí me hizo una ilusión tremenda. Alberto me miró con cara de "no nos vayas a dejar mal". Llegamos a nuestro destino sin descalabrarnos, así que no debí hacerlo tan mal. Lo único es que no fui capaz de encontrar apoyo para los pies en todo el camino. Por lo que luego he observado aquí reposan los pies en el tubo de escape, y no se queman!

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También hemos visto unas motos que son un poco más pequeñas que las habituales. La marca es Chaly y es la que utilizan muchos niños cuando todavía son demasiado bajitos para las normales. Como aquí en cuanto llegas con los pies al suelo ya puedes conducir una moto es frecuente ver chavalillos motorizados. El otro día vimos un grupo de cuatro en una Chaly. La niña que la llevaba no tendría más de 10 años y los otros tres estaban entre los 8 y los 5. Pasaron por delante de nosotros esquivando coches y se apearon uno por uno en la puerta de un Chiquipark, donde se metieron a pegar saltos entre bolas.

Cambiando de tema pero siguiendo con Siem Reap, es inevitable no hablar de la que quizá es la impresión más fuerte que uno recibe al entrar el país: la pobreza. No es tanto el hecho de que tengan poco como que muchos de los que mendigan en la calle representan la tragedia de todo un país. Unos porque han perdido brazos o piernas en una mina y otros porque pese a ser niños aún no han conocido otra cosa que la calle. Todos intentan salir adelante con el dinero que trae el turista, al que abordan constantemente. Viniendo de Laos, donde la gente es pobre pero no vive del todo mal, los dos primeros días en Siem Reap fueron bastante chocantes.

Ahora estamos en proceso de elaboración de una de nuestras tonteorías sobre la psique de los camboyanos. En cuanto la tengamos un poco más desarrollada os lo contamos.