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sábado, 26 de abril de 2008

Hacia el Norte

Hoy he tomado dos decisiones. La primera es no comprar mas adaptadores de corriente. La segunda es, hasta que no salgamos de Laos, darle el dinero justo a Alberto para su manutencion (mas informacion en la entrada anterior). Dicho esto procedo con el post.

Salimos de Luang Prabang en barco hace tres dํias camino de Nong Khiew. Los dํias en Luang Prabang han sido extranyos y el estomago no me ha dejado mas que cuerpo para algunas visitas a templos y una excursion a unas cascadas. La ciudad es muy bonita pero a mi me ha dejado la impresion de que todo estaba demasiado preparado para el turismo y no me ha terminado de convencer. El acoso a los monjes para fotografiarlos es constante pese a las peticiones de respeto que los locales han colgado por toda la ciudad. Puede ser que yo tambien estuviera un poco negativa por estar enferma pero la impresion que me ha quedado ha sido buena solo a medias.


El ultimo diํa tuvimos el acierto de darnos un masaje, laosiano en mi caso, que algo mejor me dejo. El masaje laosiano en este caso era tailandes, o al menos de alli tenia el titulo la masajista. Por desgracia a medida que yo me encontraba mejor Alberto me tomaba el relevo y empeoraba. Para cuando nos montamos en el barco camino de Nong Khiew todos los sintomas que yo habiํa dejado atras los habia cogido el. El viaje eran ocho horas en un bote de unos 10 metros de largo en el que iํbamos ocho personas sentados de forma bastante comoda. Al menos todo lo comodo que se puede ir sentado en una silla de madera de medio metro de alto. No teniํa banyo pero nos habian asegurado que paraba "una e incluso dos veces". Al final fueron cuatro: una para echar gasolina desde un bote-gasolinera, otra porque el agua era poco profunda y debiํamos hacer un trozo andando, una tercera para recoger a un chico con una gallina debajo del brazo (aqui si se declaro un "toilet" masivo) y la ultima para que la mujer del conductor comprase a los pescadores que andaban alli faenando. Entre tanto ibamos pasando aldeas, bufalos de agua que se refrescaban metidos en el rio hasta el cuello, gente pescando o banyandose y hasta un elefante y su mahout. Al final las ocho horas pasaron rapido y Alberto llego cansado pero animado a Nong Khiew. Eso si, bajar del barco y ponerse blandito fue todo uno y para la hora de la cena estaba hecho un guinyapo.




Cuando vi Nong Khiew desde el barco pena que habiamos hecho bien en hacer planes para quedarnos alli un dia entero. El pueblo esta en la ladera de una montanya y separado en dos por el rio, comunicadas las dos partes por un puente. No son mas que unas pocas casas, unas pocas tiendas y cuatro o cinco guesthouses, pero desde casi cualquier punto se ve el rio, que es donde discurre media vida en Laos. Alberto me dice que se parece al pueblo de Apocalyse Now, pero yo como no he visto la pelicula no lo se. Por poco mas de seis euros nos alojamos en la parte este del pueblo, en un bungalow alzado frente a la orilla (el sitio se llama Sunset Guesthouse, recomendado por Lonely Planet, y en este caso de forma merecida). En los dos dias que hemos estado alli una de las mejores cosas ha sido la terraza del bungalow desde la que uno tenํa la impresion de ver todo lo que pasaba en el pueblo. Para mas regusto la familia tenํa un gato que se hacia un ovillo en mi regazo cuando me sentaba a leer.

La manyana siguiente a nuestra llegada deje a Alberto recuperandose (lease "me fui a dar una vuelta por no oirle explicar sus sintomas una y otra vez") y me fui a ver unas cuevas que durante la guerra civil las guerrillas comunistas del Pathet Lao utilizaban como escondite*.

El resto del dia lo pase en la terraza del bungalow viendo la actividad del embarcadero. Una de las llegadas vino anunciada por los gritos del cerdo que traian y que se oian en todo el pueblo. El gorrino venia atado de pies y manos y dos locales intentaban sacarlo del bote mientras el puerco se resistํa y se retorcia entre chillidos. Tras no poco esfuerzo consiguieron colgarlo de una canya de bambu de un par de metros de largo y echarselo al hombro, uno a cada lado. Comenzaron a avanzar cuesta arriba sin calcular las consecuencias de inclinar la canya. El cerdo comenzo a resbalar cada vez a mas velocidad hasta que cayo con todo su peso sobre el que aguantaba el extremo inferior y los dos rodaron cuesta abajo de vuelta al barco. En un par de intentos mas lograron llegar arriba y del marrano no se que fue pero una hora mas tarde aun se le oia chillar desde el otro lado del rio.

A la manyana siguiente, y con pena de dejar Nong Khiew, saliamos para Luang Nam Tha, tambien en el norte pero mucho mas al oeste, casi en la frontera con China. El viaje teniamos que hacerlo en dos tramos, cambiando de autobus en Udomxai. El primer trayecto lo hicimos en un minibus lleno de locales y mochileros a partes iguales. Duro tres horas, tal y como nos habian dicho y nos dejo en Udomxai a las 2 de la tarde. El siguiente no sabiamos a que hora salia ni el tipo de vehiculo y de la duracion del viaje lo mas aproximado que nos habian dicho era entre 3 y 5 horas. Al subir vimos que se trataba de un autobus de 18 plazas y que ya estaban todas cubiertas. Cuando ya me veia haciendo el viaje en taburete de plastico aparecio el conductor y reubico a todo el mundo de forma que quedaron libres nuestras plazas y dos mas. Yo creo que aqui a los conductores les hacen examen de tetris para darles la licencia. Que todos los asientos estuvieran ya ocupados no fue impedimento para que siguiera subiendo gente que se fue colocando en la parte de delante del autobus sobre unos cojines que alguien improviso. Al acabarse las plazas de sentado todavia vinieron dos mas que hicieron el viaje de pie. Y finalmente una chica a la que colocaron en una silla en el pasillo.


Cuando ya parecia que estabamos listos para salir el conductor dijo algo en voz alta al pasaje. Cinco o seis se levantaron y yo interprete que aun no saliamos y que se bajaban a echar un pitillo o hacer un pis de ultima hora. Asi se lo dije a Alberto que se levanto tambien y dijo "pues yo aprovecho para ir al banyo tambien". No habia hecho nada mas que poner un pie fuera cuando nos percatamos de que lo que habia dicho el conductor es que el autobus no arrancaba y que salieran voluntarios a empujar. Pues asi salimos de la estacion, a empujones y en el caso de los voluntarios, incluido Alberto, a saltos para volver a subirse.


Nosotros, pese a tener asiento tampoco ibamos muy comodos. Nuestros sillones no correspondian a ese autobus y no dejaban apenas sitio para colocarnos nosotros y las mochilas de mano que llevabamos. Por eso cuando diez minutos despues de salir el conductor nos hizo bajar a todos tampoco nos lo tomamos mal. Saco un martillo y una llave inglesa y durante media hora dio golpes en todos los sitios donde habia algo mecanico. Nos volvio a montar a todos, lo que costo sus buenos cinco minutos. Cincuenta metros mas adelante volvimos a parar y a bajarnos todos. Por suerte el segundo intento de reparacion tuvo mejor resultado que el primero y el autobus pudo completar las 5 horas de camino que nos separaban de Luang Nam Tha. Aparte de las paradas en las que bajaba gente solo tuvimos que detenernos una vez mas: cuando quedaban 50 kms para llegar uno de los que iba de pie se sento en un asiento que habia quedado libre y el conductor al ver por el retrovisor que le faltaba alguien de pie no consintio en arrancar el autobus hasta que localizo al avispado y le hizo pagar la diferencia de precio.


Llegamos a la estacion de Luang Nam Tha de noche y lloviendo. Tras convencer al tuktukero de que no queriamos ir al hostal de su prima, en el que por supuesto paro para que admirasemos, llegamos a Pheng Thavy, un guesthouse que aparecia en la guia. Echamos un vistazo a las habitaciones que por poco mas de 3 euros estaban muy bien y decidimos quedarnos. Tampoco teniamos plano de la ciudad ni idea de donde estabamos y con la lluvia cualquiera se movia. Nuestro anfitrion, al que creemos chino porque esto esta muy cerca de la frontera, esta casado con una de las laosianas mas guapas que hemos visto. El, en cambio, es salado pero poquita cosa y bastante feucho y es muy suyo hablando ingles. Dice "thank you very mas", "pinguin" (por pillow) y "yourrrl welincome" y algunos dias que la suegra andaba por aqui le han hecho repeinarse con gomina y raya al lado. Nosotros buscamos cualquier excusa para hablar con el porque cada dia nos sale con una cosa nueva.




* El asterisco indica que viene rollo: El interes de estas cuevas y en general de la mayoria de cuevas de Laos es que sirvieron de refugio a las guerrillas comunistas en los anyos 60. Durante estos anyos varias facciones del ejercito y los comunistas se enfrentaron por todo el territorio sin conseguir llegar a un acuerdo para formar gobierno. De esta falta de consenso tenia gran culpa la CIA y el Departamento de Estado estadounidenses, que financiaban a la derecha militar y que queria impedir a toda costa que se formase un gobierno con representacion comunista (Ironicamente el general Phoumi, al que daban dinero los americanos, hizo parte de su fortuna vendiendo opio a los soldados estadounidenses en Vietnam). Con un presidente neutralista y unas partes dispuestas a pactar en un pais con una cultura no beligerante la guerra se mantuvo durante varios anyos simplemente por intereses ajenos a Laos. En el anyo 64, tras asegurarse mutuamente EEUU y la URSS que Laos no interesaba a ninguno, por fin se puso fin a la guerra. Tristemente en unos pocos anyos mas EEUU convertiria Laos en el pais mas bombardeado de la historia en una guerra en la que ni siquiera participaban. En fin, no me enrollo mas, pero recomiendo un libro sobre el tema: "War in Shangri-La" de Mervyn Brown.

P.D. Las fotos son otra vez de Alberto, que conste.

martes, 22 de abril de 2008

Monjes, tuktuks y la banda de "Las Muñequitas"

Llevamos casi una semana en Luang Prabang, donde el día tiene sólo 3 o 4 horas. Tiene más, pero no sabemos donde se meten. A nosotros nos da el tiempo justo para desayunar, dar un paseo por la única calle de la ciudad (en el plano hemos visto más, pero no nos da tiempo de llegar), comer, echarnos un rato y, si nos acordamos, cenar. Carol tiene excusa, porque ha estado dos días con el estómago revuelto y tiene que recuperar sueño y fuerzas, pero yo me levanto cada día a las 6 de la mañana y aún así no puedo explicar qué hago con el tiempo.


Me despierto cada mañana con los gallos y con los tambores de los monjes, que anuncian la procesión matutina en la que reciben las ofrendas de los fieles y algunos turistas, las de estos últimos a veces en forma de flash-desprende-retinas. Desde el balcón del guesthouse, situado justo en frente de uno de los templos de la ciudad, me quedo a verles pasar mientras me desperezo. Ellos, que en su mayoría no tienen ni quince años, también llevan algo de sueño encima, y no me extraña nada que la ciudad esté repleta de carteles pidiendo algo de respeto y menos flashes. No sólo porque son molestos a medio metro de distancia, sino porque, según dicen los carteles, espantan a los fieles y los monjes se quedan sin su ofrenda de arroz para desayunar. En cualquier caso, yo tardo más en despejarme que ellos, y en cuanto me quito las legañas ya están haciendo sus quehaceres habituales: barrer el patio del templo, zascandilear y fumar en corrillos debajo de algún árbol. Yo me he figurado que la explicación a tanta juventud es que Laos sigue siendo un país formalmente comunista, y que sólo hace unos años que volvió a permitir el culto religioso, así que no ha dado tiempo a formar monjes veteranos. En ese pensamiento puedo ocupar bien bien otra hora, la que necesito para levantarme de la tumbona del balcón para volver a ir a la habitación. Si Carol ya anda despierta la espero y nos vamos a desayunar, y si no me voy yo sólo y vuelvo al cabo de una o dos horas a ver que tal.


Cuando salimos del hotel las cafeterías y restaurantes ya llevan un rato abiertos, así que nos sentamos en el primer sitio que nos parece y nos pedimos nuestras tostadas, zumos, huevos fritos o lo que sea. Entre que nos lo sirven y nos lo acabamos el calor empieza a apretar, así que nos lo tomamos con calma mientras vemos a la gente pasar. Aquí las aceras son para los turistas, y las calles para los laosianos, que van siempre en moto o bicicleta, y muy pocas veces andan. Mientras desayunamos yo me dedico a practicar el "barrido de cámara" con los vehículos que pasan, especialmente con las motociclistas que llevan sombrillas de colores, pero generalmente salen mal. Tampoco me importa mucho, la verdad. Mientras, Carol lee su libro de turno y me va explicando las muchas maldades que hemos ido cometiendo los occidentales en general y los americanos en particular por el sudeste asiático. País al que vamos, país al que han bombardeado masivamente. Aquí en Laos no pueden cultivar en casi ningún sitio porque casi todo anda plagado de minas y bombas de cuando los norteamericanos perseguían vietnamitas. No se cuanto dinero gastarían en su momento buscando armas de destrucción masiva en Irak, pero seguro que aquí las encontraban con mucho menos esfuerzo, y además seguro que iban acompañadas de instrucciones en inglés.


A medio desayuno llega la hora de los estudiantes. Los primeros días de estar por aquí todavía andaban con las fiestas de año nuevo, pero desde hace un par de días les toca volver al cole, como al chaval que lleva nuestro hotel y que cada día que le decimos que nos quedamos un día más pone caras más extrañas. Como en Luang Phrabang sólo hay una calle y los colegios andan más o menos por el medio, todos los niños pasan por delante nuestro para llegar allí, siempre en bici o en moto independientemente de que tengan 4 o 16 años. Los que llegan pronto se dedican a jugar al "chancletazo", que parece que es como las canicas pero con chanclas. Ponen un fajo de billetes a veinte metros y por turnos le tiran las zapatillas. El que les da se los queda, y si nadie acierta vuelven a tirar desde donde ha caído la chancla. Algo así. Cuando nos levantamos de desayunar ya casi es la hora de comer, y hace tanto calor que sólo nos queda ánimo para hacer las gestiones de rigor: ir a la oficina de cambio, a enviar paquetes a correos, a conectarnos a internet o dar una vuelta por el mercadillo para comprar algo que se nos olvidó comprar el día de antes. A veces hasta nos aventuramos hasta el Mekong para ver las barcas que nos llevarán al norte. Por el camino los tuktukeros nos ofrecen excursiones a sitios que aún no hemos tenido tiempo de mirar en la guía, así que les decimos que no. Nos ofrecen otras cosas que venden en bolsitas y también les decimos que no. Yo cada vez que veo a un tuktukero con el coche vacío me lo imagino llevando a Roldán, con su camisa tropical, su gorrita de gordito, gafas de sol y agarrado a un saco de dinero bien gordo al lado. ¿Les negociaría el precio como hacemos nosotros? La verdad es que en su momento me pareció que robar miles de millones para luego tener que fugarte a un sitio como Laos (que entonces estaba en Africa, no se como se ha movido hasta aquí) era un poco triste, pero ahora ya no lo tengo nada claro.


Nuestra rutina sigue, y dependiendo de lo que duren las gestiones nos vamos a comer a eso de las tres o a merendocenar a las cuatro y pico, cuando la gente ya anda cenando. Si se da el último caso y nos pilla la caída de sol y la luz bonita en el restaurante, nos hacemos el firme propósito de salir a tirar fotos a esa hora el día siguiente, pero aquí los planes son muy difíciles de cumplir. Tenemos menos tiempo que un prejubilado de telefónica. En cuanto empieza a ponerse el sol nos damos un último paseo y nos metemos en el mercadillo nocturno, donde Carol estudia detenidamente las fundas nórdicas Laosianas y yo me entretengo devolviendo sonrisas a las dependientas. La verdad es que en ese sentido es el mejor mercadillo en el que me he metido, porque la sonrisa laosiana es incluso mejor que la tailandesa, totalmente contagiosa. Creo que aún no me he cruzado a nadie por la calle que no devolviera una sonrisa. Dos bolsas de colchas y 400 sonrisas después nos vamos a cenar o al hotel. Con un ritmo de actividades tan ajetreado nos debemos gastar alrededor de 15 € al día cada uno, y eso que en el hotel (teóricamente un guesthouse), tenemos aire acondicionado, ducha con agua caliente, tv, terraza con vistas al templo, etc... Lo de haber hecho un presupuesto al principio del viaje nos ha ido muy bien en sitios caros donde teníamos que controlarnos, pero en sitios como Luang Prabang, donde dan ganas de darle a la gente todo lo que llevas en los bolsillos, ir sobrado es peligroso, porque además tienen cosas chulas en el mercado. En otros sitios Carol regatea hasta la extenuación, pero aquí, donde las vendedoras son niñas de doce años tímidas como ellas solas o viejecitas sonrientes(tanto unas como otras de la tribu Hmong y con una estatura constante de 140 centimetros), relativiza el precio con lo que cuesta en España y dice "si es que son menos de dos euros por unos pantalones" , y se los queda a la segunda. Creo que van 15 o 20 veces que oigo esa frase en 4 países distintos.


Pero oficialmente el que lleva mal lo de decidir que no soy yo, y aquí lo paso peor que de costumbre. Aunque en realidad no tanto, por dos motivos. En primer lugar porque aquí no acosan al turista, y a la que dices "no" dejan de insistir sin siquiera perder la sonrisa. Pero es que lo de la sonrisa es precisamente lo que te da ganas de comprarles, y aquí viene el siguiente motivo, que es que estoy tan a gusto que me parece que gastarme 15 € al día aquí, cuando en Australia, donde no lo necesitan, nos hemos gastado 70 sin disfrutarlo ni una cuarta parte, es un pecado. Y por otra parte también da rabia pensar que el 90% de tus gastos va a las manos de los hoteleros y de los dueños de restaurantes, que no deben de ser precisamente los más necesitados ( o ni siquiera Laosianos). Carol por lo menos contribuye comprando una manta en cada puesto, pero yo no hago gasto ninguno. Total, que he asignado una parte de mi presupuesto (secreto hasta ahora) diario a propinas, compras innecesarias, timos y similares. La primera partida la dejé bajo la sábana del hotel que dejamos el primer día debido al ruido de las obras de al lado. Un euro o dos, lo justo para que alguien se llevase una pequeña alegría. Luego dejé que el chaval del otro hotel me cobrara un par de días en moneda local con un sobrecargo de un 10% aproximadamente. También es cierto que le habíamos (Carol) regateado un 40% del precio oficial del hotel. En el mercado y en los tuktuks, en plena pelea (de Carol) con los locales alguna vez he negociado al alza, por "error". Los 30 o 40 céntimos no son nada comparados con las miradas asesinas de Carol, os lo puedo asegurar. De todas formas no estoy nada seguro de que este asiento contable haya servido para algo más que para hacerme la vida un poquito más relajada, sobretodo en el caso de la banda de "las muñequitas" y en el del monje Ken, alias "mi hermano pequeño". Empiezo por "las muñequitas".


La banda la forman seis o siete niñas y niños de entre seis y doce años, a cual más mona/o. Andan con una cajita con muñequitos tipo "baturrico" pero en Laosiano, pulseras y cosas varias que intentan encolomar a los turistas a base de vocecitas y pestañeos manga. Yo cometí el error de comprarle una baturra laosiana a una niña cuando los demás de la banda no miraban, pero en cuanto se enteraron vinieron todos a la carrera con cara de "ah vale, le compras a ella, que es la más mona y a nosotros que nos parta un rayo.." y se sentaron a pestañear alrededor mío. Uno de ellos, el único que tenía un poco pinta de malote, me quitó la muñeca y no me la quería devolver hasta que no le comprara otra a él. Mientras, una de las niñas me decía que no, que a el no que era muy malo. Como mi presupuesto no llegaba para cinco muñecas más utilice un truco que aprendí de mi gato cuando le acosaban los perros del vecino: hacerme el muerto. Al cabo de un rato de quedarme callado mirando al suelo se fueron todos los niños, pero se quedó uno con cara de buenazo con el que me quedé hablando un rato. Y al final, claro, le compre una pulsera. Pero antes de acabar la transacción nos pilló el malote, y les dije que se repartieran el dinero, aunque pensando que no me entenderían. Vaya que si me entendieron. El malote se puso a perseguir al buenazo, al que sacaba media cabeza, para que le diera su parte y este contratacó tirándole toda la caja y su contenido a la carretera. El malote, que por lo que vi no lo era tanto, se quedó allí compungido recogiendo sus cosas y aguantando las lágrimas. A mi me dio un pinchazo de esos de espíritu y me fui a ayudarle, y cuando ya lo teníamos todo recogido hice intención de gastarme el resto del presupuesto en una muñeca, pero el tío me la puso a 5 veces el precio original aprovechando el momentum emocional y cuando le intenté regatear me dijo todo serio que no, que no le interesaba. Total, que me fui de allí con más cargo de conciencia que el trío de las azores todo junto. Eso sí, después todos los días que me lo encontraba me saludaba tan contento, y un par de veces lo vi dando vueltas con una vespino, así que la cosa no le debe ir mal del todo.


Lo de mi "hermano pequeño" (no confundir con la canción de Los Planetas) es al parecer un clásico que en algunas páginas de Internet catalogan de trampa turista budista número uno. La trampa consiste en que un monje se sitúa estratégicamente en un marco incomparable de la zona esperando a que llegue un turista con una cámara que le pida permiso para tirarle una foto. A partir de ahí se entabla conversación y el monje, generalmente un chavaluco, te invita a su templo donde te enseñará como viven, podrás tirar todas las fotos del mundo y te enseñará como hacer ofrendas, en las que podrás darles comida, útiles y, sobretodo, dinero, que es lo mejor dado que lo revierten directamente en el templo. Y te dice que si, por favor, le puedes llamar "hermano pequeño", que a el le gustaría llamarte "hermano mayor". Y que le envíes la foto impresa a sus padres por correo, que hace mucho que no los ve y les hará mucha ilusión. En este caso, el monje se llamaba Ken y su hermano mayor se llamaba Alberto (o "Uiburito" en laosiano). La verdad es que a timo no llega, porque el chaval te deja bien a las claras lo que quiere, y con la misma cara que ponemos en España cuando escribimos la carta a los reyes magos. Y si toca la lotería, pues toca. Por lo que dicen en internet luego en el templo pueden aparecer hermanos enfermos que necesitan operarse y otros asuntos que necesitan solución pecuniaria, lo que ya es un poco más violento (independientemente de que sean ciertos o no), pero yo ya no lo viví. Supongo que conseguir donaciones sin poder recurrir al infierno, la excomunión y esas cosas debe ser un poco difícil. En realidad, me iba a dejar engatusar para ver el templo y ya tenía meditada una "donación" que encajaba en el presupuesto (que seguramente iría a tabaco o gasolina para la moto), pero por motivos que todavía no logro entender se nos ha pasado el tiempo volando y no he tenido tiempo de ir. La foto intentaré enviársela desde la próxima ciudad donde estemos, a ver si hay suerte. De momento la cuelgo aquí.



Pues eso, que mañana nos vamos hacia el norte y en Luang Prabang no hemos hecho nada de nada mas que amodorrarnos sin solución de continuidad.


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P.D: Ah sí, que si que hemos hecho algo. Un mediodía nos pusimos el bañador y nos fuimos en tuktuk a unos saltos de agua que hay a unos 30 km de aquí. Son las primeras cataratas que hemos visto durante el viaje que merecían la pena, con sus pozas de agua turquesa y todo, en medio de la jungla. Además de 20 o 30 turistas más hemos coincidido con un grupo de monjes, que se han puesto morenos a base de flashes. La verdad es que tienen que estar de los turistas hasta la coronilla.


P.D2: Por segunda vez y sin que sirva de precedente las fotos del post son mías.


jueves, 17 de abril de 2008

De Vientiane a Luang Prabang

Estamos empezando a pensar que cuando nuestro guia tailandes nos dijo que las chicas laosianas eran las mas guapas del sureste asiatico no exageraba. Llevamos 5 dias en Laos y no dejamos de darnos codazos todo el dia asombrados. Los chicos laosianos no se quedan muy atras pero los ganadores absolutos son los niños. Laos esta teniendo un efecto terriblemente ablandante en los dos porque cada niño que vemos nos parece mas guapo que el anterior. Ademas no hay tres ni cuatro, los niños laosianos estan por todos lados y sentarse a verlos jugar se ha convertido en uno de nuestros pasatiempos favoritos.

Aparte de la belleza de los laosianos los paisajes y la tranquilidad hablan de una vida sencilla y relajada. Seguramente mas de lo que lo es en realidad, pero Laos es tan bucolico que es inevitable sentirse emocionado. Es el pais perfecto para sentarse durante horas en un autobus y disfrutar del paisaje y de escenas rurales que parecen sacadas de una pelicula: hombres y mujeres sesteando a la sombra, chicas pedaleando en la bici cubiertas por una sombrilla, familias enteras que cantan y bailan y sobre todo muchisimos niños jugando o banandose o cuidando de sus hermanos. A mi me dan ganas de parar el autobus en cada sitio y bajarme a saludar a todo el mundo. Lo que yo digo, que Laos esta sacando lo mas noño que llevamos dentro.

Si en Luang Prabang, que es donde estamos ahora, nos estamos dedicando a la vida contemplativa en Vientiane no paramos ni un segundo. En Pi Mai tuvimos la suerte de dar con una familia que necesitaba efectivos para combatir a sus vecinos, que les estaban poniendo a caldo. Como ibamos armados y pasabamos por alli nos invitaron a quedarnos, nos dieron Beerlao para superar el miedo y nos enviaron al frente, es decir, al trozo de acera que les separaba del enemigo. Con tanta Beerlao yo ya no distinguia amigo de vecino y al rato disparaba a cualquiera que se me acercase palangana en mano. Entre ataques por sorpresa, estrategias y traiciones se nos fue pasando el dia y un poco antes de la puesta de sol decidimos despedirnos y completar la que ha venido siendo nuestra rutina en Vientiane con un bañito en el rio.



Al llegar al Mekong deje a Alberto descansando en la orilla para irme a hacer unas fotos rio arriba. Alli se quedo pensando en sus cosas, tan ensimismado que no se percato de que un grupo de adolescentes empezaba a rodearlo. Para cuando quiso darse cuenta ya lo habian cogido de pies y manos. Acto seguido y a la de tres lo lanzaron al Mekong. Tiene gracia que Mekong rime con pilon.

Al dia siguiente, con el Pi Mai a punto de concluir en Vientiane salimos en autobus para Vang Vieng. La idea era hacer una breve parada alli para al dia siguiente proseguir el viaje hacia Luang Prabang. De Van Vieng lo que habiamos oido no era demasiado alentador, pero paramos por ver lo que alli se cocia con nuestros propios ojos. Llegamos a la una del mediodia y a la una y cinco ya queriamos escapar. Musica a todo trapo, mochileros camiseta-de-cerveza-Chang, bares con televisores emitiendo capitulos de Friends o Family Guy y el dueño de hostel mas desagradable que nos hemos encontrado en todo el viaje. Era como estar en el desierto en medio de un oasis. A mi enseguida se me puso un humor de perros que mejoro al darme cuenta de que me lo producia el lugar. Por la tarde salimos a dar un paseo y por suerte el panorama al otro lado del rio era bien distinto. Alli nos apalancamos en una terraza con un zumo y esperamos a que se pusiera el sol para volver al infierno.

En Vang Vieng tambien descubrimos al que ha tenido los honores de ser el segundo personaje mas patetico del viaje. El primero, que mucho me temo conservara el titulo durante años, fue un anglosajon que se alojaba en el mismo hostal que nosotros en Ubud, Bali. Era un tipo de unos sesenta años, espigado, que viajaba acompanado de un pinguino de peluche del que no se despegaba. Alberto dice que tenia pinta de pervertido, pero a mi, al menos de aspecto, me parecia bastante normal. Hasta aqui la historia ya tiene su dosis de patetismo, pero afortunadamente para nosotros, espectadores de esa curiosa relacion, no queda ahi. El hombre no solo compartia mesa con su peluche sino que ademas le ponia voces y pedia el desayuno a traves del pinguino. El camarero, sorprendentemente, mantenia el tipo y cada mañana invariablemente tomaba el pedido de boca del animal. Nosotros desde nuestra mesa admirabamos la profesionalidad del balines. Dias mas tarde, cuando ya habiamos hecho nuestro "tour" por Bali y estabamos de vuelta en Ubud vimos un cartel con una foto pegado a un poste de la calle. La cara que aparecia en la foto me era familiar y me acerque a echar un vistazo. No era ni mas ni menos que el pinguino. El cartel lo habia puesto el anglosajon para denunciar su desaparicion dos dias antes y la foto era un retrato del peluche sentado en el regazo de un camarero. Teniendo en cuenta que Ubud es famosa por unos macacos que roban todo era facil imaginarse el paradero del desaparecido. Lo cierto es que no sabemos si fueron ellos, pero nos imaginabamos la escena del secuestro del pinguino de manos de su dueño y nos tronchabamos de risa.

Volviendo al segundo personaje, aviso que esta a años luz del primero y como personaje patetico siempre sera un segundon. En este caso era otro anglosajon de aspecto y edad parecidos al anterior, pero en version National Geographic: gorro y pantalones de explorador, chaleco de mil bolsillos, camisa caqui, mochila de fotografo y una flamante Nikon D200 con lo que creo era un ojo de pez. Y digo creo porque nosotros lo observabamos desde arriba de un puente y no me daba la vista para asegurarlo. Pero vamos, sin la camara, solo por el atuendo, uno podia deducir que lo suyo era la fotografia. El hombre esperaba metido hasta las rodillas en el rio a que pasase algun laosiano con un canasto a la espalda, y cuando alguno aparecia se dedicaba a perseguirlo camara en mano por todo el rio, haciendo aspavientos a sus espaldas con los brazos y las piernas muy abiertos y disparando al tuntun desde un metro por encima de la cabeza. Los laosianos lo miraban no sabiendo muy bien que pensar. Algunos se dejaban hacer fotos y otros le huian descaradamente. Entonces el fotografo aceleraba el paso y los laosianos, al verlo acercarse hacian zigzag para despistarle. Como las que tenian todas las de ganar eran los locales, al final el personaje desistia y volvia a su punto original en medio del rio. Alli se quedaba leyendo?! hasta que volvia a pasar alguien. Yo no se muy bien si llego a hacer alguna foto en la que se viera algo, pero si me tuviera que jugar los cuartos seria al no.

Ayer, menos de 24 horas despues de llegar a Vang Vieng, volviamos a montar en el autobus con la precaucion de ser de los primeros en subirnos. El autobus se fue llenando y para los que llegaron ultimos ya no quedaban asientos y tuvieron que hacer el viaje sentados en taburetes de plastico en el pasillo. Lo que se dice un lujo asiatico. El autobus ademas se publicitaba como VIP por tener un aire acondicionado que el conductor tuvo que apagar a los cinco minutos de salir porque si no no subiamos las cuestas. De las siete horas cinco fueron curvas y de los socavones que pillamos yo perdi la cuenta. Nosotros saltabamos a cada bache pero al menos no teniamos que sujetar la silla como los que iban en el pasillo. Las relativas incomodidades del viaje, que tampoco fueron muchas, las compensaba con creces la vista del paisaje y las aldeas en la montaña.

Como se nos paso el dia en el viaje ayer apenas tuvimos tiempo de ver Luang Prabang. Paseamos un rato por el mercado nocturno, cenamos algo y nos empiltramos. Esta mañana nuestros vecinos han encendido la tele a las seis y para cuando ya me habia acostumbrado a las voces de la programacion infantil, a eso de las seis y media, han empezado a taladrar en la casa que estan construyendo al lado, asi que he abandonado toda esperanza de seguir durmiendo y me he ido a dar un paseo y a buscar otro guesthouse.
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P.D. Este post fue escrito hace dos dias, pero por motivos gastricos la autora no ha podido abandonar su nueva habitacion (en la que sufre exactamente el mismo ruido) hasta hace escasas horas. Lamentamos las molestias. Las de los lectores tambien.