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lunes, 15 de diciembre de 2008

Aquí también ha llegado el frío

Ha llegado una ola de frío a Japón y estamos todos congeladitos. Aquí el frío se vive de una forma un poco diferente a España. En la calle uno se pela, y en las tiendas y las cafeterías se abrasa. Los japoneses y yo vamos pasando de un estado de entumecimiento total por el frío a un sopor tremendo, que entra más o menos a los dos minutos de meterse en algún local. A mí aún me da vergüenza, pero muchos japoneses no tienen ningún pudor en dar una cabezada allá donde estén. Cada día, sea en la cafetería, en el metro, o en algún sitio calentito donde uno pueda apoyar el culo, veo a alguien echando un sueño. El metro tiene especial peligro pues no sólo está calentito, además los asientos llevan calefacción y es sentarse y se le empiezan a cerrar a uno los ojos.

durmiendoLo curioso de la manera de dormirse de los japoneses es que no lo hacen echando la cabeza hacia atrás o el mentón hacia abajo. Aquí lo que se estila es apoyar la frente en la mesa, o en el libro y en su ausencia, en las rodillas, con la cabeza sujeta por los brazos. Se sientan, se toman el café, echan un sueño rápido, se desperezan y siguen con lo que estuvieran haciendo.

Además de dormirse con los cambios de temperatura el invierno también trae un producto que, hasta ahora, es de lo más práctico que he visto en Tokyo. Son los heat pads o parches de calor. Estos parches son unas bolsas blancas, planas, que se pueden comprar en varios tamaños y que cuando abres la bolsa de plástico en la que vienen, al contacto con el aire, se calientan. Aguantan la temperatura unas 18 horas. Aquí en los días muy fríos da un gusto tremendo ponerse un parche pegado a la camiseta (los hay adhesivos) y salir a la calle. Los hay para meter dentro de los zapatos y también para llevarlos en unas manoplas especiales que te mantienen las manos calientes durante todo el día. Un pack de 10 cuesta entre 200 y 300 yenes (eso ahora son unos 2 o 2,5 euros), así que si uno visita Japón y entre los millones de cosas que hay no ve nada para llevar a la familia, esto es un souvenir estupendo.

heat-pad

Lo que pone en el círculo verde es "Tipo adhesivo". En otros pone "Tipo regular" y el círculo es rojo. Y en otras marcas no hay círculos, pero también pone si es adhesivo o no.

jueves, 27 de noviembre de 2008

De compras en Tokio

tokyo-perros

Así como algunos famosos cuentan sus vivencias tras desengancharse de las drogas, yo he decidido rehabilitarme de las compras escribiendo un post. La repentina subida del yen ha reducido considerablemente mi presupuesto en Japón y ha mandado a la porra mi carrera de compradora compulsiva. Eso sí, no pienso retirarme sin transmitir los conocimientos adquiridos a aquellos que aún tengan ahorros como para pasar del mirar al comprar.

Comprar en Japón es divertido y estresante. Divertido porque cada transacción contiene detalles que nunca se verán en España. Ejemplos:

- El dinero o tarjeta no se da en mano. Se coloca en una bandeja, de donde el dependiente puede recogerlo. En cambio las vueltas y el recibo el dependiente te las devuelve entregándotelas con las dos manos.

- El dependiente cuenta en voz alta tanto la cantidad de dinero que entregas como lo que te devuelve. Si son billetes lo hará varias veces, contando también en voz alta, para evitar equivocaciones.

- En muchos comercios si quieres realizar un cambio, aunque sea por un artículo idéntico, te hacen la devolución a la tarjeta y un nuevo cobro. Esto, con el cambio de moneda y las comisiones, es una puñeta.

- En algunas tiendas también te acompañarán a la puerta donde te entregarán lo que hayas comprado y te despedirán entre reverencias. Yo pensaba que estas cosas sólo pasaban en Pretty Woman, hasta que compré unas botas y me hicieron el paseo.

- Si tu compra es importante es posible que varios empleados hagan círculo alrededor tuyo y te aplaudan al comprar. Por suerte sólo he visto cómo les pasaba a otros.

- Lo que hayas comprado te lo entregarán en una bolsa que invariablemente va sellada con celo en la parte de arriba, de modo que no puedas meter ni sacar nada.

La parte estresante de comprar en Japón es la cantidad de gente que suele haber siempre y la manía de muchas dependientas de perseguirte por toda la tienda. Esto último al principio pone un poco nervioso, sobre todo porque no sólo te siguen, también te hablan. En cuanto miras una prenda más de dos segundos te preguntan si te lo quieres probar pero también muchas veces sólo vienen a halagarte y a decirte qué chulo es lo que llevas puesto. A lo mejor esto último es sólo para ser simpáticas. Ahora que ya puedo entender qué me dicen, es más fácil hacer que no me sigan, porque les digo que sólo miro. Antes huía por toda la tienda y al final salía corriendo.

En las tiendas las dependientas dicen continuamente "Irasshaimase", que viene a ser algo así como bienvenido. Lo dicen a los clientes que entran y a los que salen. Lo hacen de forma automática mientras siguen colocando la ropa o atosigando a alguna clienta indefensa. Si pasas 5 minutos en una tienda es fácil oír a una misma dependienta decirlo 20 veces o más. Da miedo hacer la cuenta de cuántas veces lo dirán a lo largo del día.

Los probadores también tienen su qué. En la mayoría hay que descalzarse para entrar y dejar los zapatos fuera. Yo siempre pienso que si aplicaran esta regla en España te quedarías sin zapatos más de un día.

boton Cuando te pruebas ropa suelen venir a preguntarte qué tal te queda. Para que no te sientas desatendido o para que no te enrolles en el probador, a la que te estás metiendo la ropa por la cabeza ya te están preguntando. Como se te ocurra salir con lo que te has probado te espera un chorreo de halagos al que las españolas estamos poco acostumbradas. Lo de la pelotería yo creo que no lo llevamos muy bien.

En algunas tiendas en las que hay muchos probadores, ponen un botón como el de la foto para que puedas avisar si has cogido una prenda de una talla demasiado pequeña o tienes alguna consulta. Aún así vienen a preguntarte cuarenta veces cómo va.

capuchaComo el efecto de la ropa sin zapatos no es el mismo, dentro de muchos probadores también puedes encontrar zapatos de tacón para ponerte y ver cómo te queda. Aquí las tallas de calzado no van por números. Hay talla S, M y L (a veces también LL) y para de contar. Yo uso un 38 y aquí es una L o LL, depende del fabricante.

También en muchas tiendas, y en previsión de que un porcentaje muy alto de japonesas se maquillan, te entregan una capucha estilo Ku Klux Klan que te cubre toda la cara. Se supone que te la has de poner para no ensuciar los jerseys ni correr el maquillaje. Yo he preferido usarla para hacerme unas fotos para el blog.

Comprarse camisetas o jerseys aquí no es muy difícil, porque hay de muchas tallas, pero pantalones es más complicado. En España yo uso una 34-36, que aquí equivale a talla gigante, elefante y similares. Eso cuando la hay, porque muchas veces la talla M o L son como para niño de 7 años. Hasta mis compañeras de clase chinas, que son pequeñas, se quejan de que les cuesta comprar pantalones aquí.

Y vamos terminando. Avisar que el que se haya aburrido con este se prepare para el siguiente, porque seguimos con compras.

martes, 21 de octubre de 2008

Aprende japonés reclamando

Ayer, en una tienda de electrónica, donde más solemos curiosear los gaijines, tuve la ocasión de poner a prueba todo lo que he aprendido. Compré una antena usb, para ver si ampliando el alcance de mi wifi consigo encontrar una gratuita. Salí de la tienda y me senté en una cafetería a probar el invento pero para sorpresa mía al abrir la caja no había dentro nada más que las instrucciones. En un momento pasó por mi cabeza la película con diálogos de la situación de mi reclamación y me vino una oleada de sudor a la frente. Armándome de valor e intentando montar las frases que estaba a punto de pronunciar me dirigí de nuevo a la tienda. Subí a la quinta planta, miré a mi alrededor, me di cuenta de que estaba en la tienda equivocada, me volví a meter en el ascensor, bajé los cinco pisos y esta vez sí, entré en la tienda correcta.

Volví a la sección donde lo había comprado, donde la mitad de los empleados andaban ocupados y la otra mitad era del tipo avestruz. Al final utilicé la técnica de esconderme detrás de una estantería y esperar agazapada y así capturé al que me habría de gestionar la reclamación.

No se me dio mal explicarle en japonés que había comprado el aparato hacía 15 minutos y que no había nada dentro. Hasta yo me sorprendí de lo bien que fluía la conversación. Al final él dijo "chotto matte", o espere un segundo, y yo me quedé allí parada con mi bolsa de plástico a modo de muletilla.

Pasaron cinco minutos y vi aparecer a mi dependiente empujando una impresora por un pasillo. Otros cinco y empujaba un monitor. Para entonces yo ya le ponía una mirada asesina, y en eso estaba cuando se acercó a mí el que resultó ser mi auténtico dependiente. El que pasaba de un lado a otro era uno que imagino que debía alucinar cuando me veía ahí plantada queriendo asesinarle. Pero es que realmente se parecían mucho.

Al final, no sin una cierta desconfianza, accedieron a darme una caja nueva, esta vez con cosas dentro. Lástima que el aparato tiene peor recepción que la wifi de mi portátil y lo he devuelto esta mañana.

La semana pasada compré tres cuentos infantiles de segunda mano en una librería que he descubierto en Ikebukuro. Ese día tuve ocasión de practicar mi respuesta a "¿Quiere una bolsa?". Parece una tontería pero aprenderse esta frase le ahorra a uno unas cuantas caras de tonto al día.

Unos días más tarde entré en otra librería y compré otro, esta vez nuevo. Al llegar a casa e ir a colocarlo con los que tenía me di cuenta de que lo había comprado repetido. ¿Cuántos cuentos puede haber publicados en Japón? Todos esos y más aún y yo compro cuatro y repito. Total que al día siguiente volví a la tienda con mi libro repe y toda la conversación estudiada. Y o me entendieron a la primera o todavía no me entero de cuando me ponen cara de ¿y ésta qué dice? Salí de la tienda con un libro nuevo y la emoción de realmente estar aprendiendo algo de japonés. lo segundo se me quitó en cuanto salí a la calle y vi que seguía sin entender un 99% de los carteles.

Pongo una foto de los cuentos, primero porque me parecen muy bonitos y segundo porque estos días apenas he hecho fotos y menos alguna que merezca la pena.

japones

martes, 22 de abril de 2008

Monjes, tuktuks y la banda de "Las Muñequitas"

Llevamos casi una semana en Luang Prabang, donde el día tiene sólo 3 o 4 horas. Tiene más, pero no sabemos donde se meten. A nosotros nos da el tiempo justo para desayunar, dar un paseo por la única calle de la ciudad (en el plano hemos visto más, pero no nos da tiempo de llegar), comer, echarnos un rato y, si nos acordamos, cenar. Carol tiene excusa, porque ha estado dos días con el estómago revuelto y tiene que recuperar sueño y fuerzas, pero yo me levanto cada día a las 6 de la mañana y aún así no puedo explicar qué hago con el tiempo.


Me despierto cada mañana con los gallos y con los tambores de los monjes, que anuncian la procesión matutina en la que reciben las ofrendas de los fieles y algunos turistas, las de estos últimos a veces en forma de flash-desprende-retinas. Desde el balcón del guesthouse, situado justo en frente de uno de los templos de la ciudad, me quedo a verles pasar mientras me desperezo. Ellos, que en su mayoría no tienen ni quince años, también llevan algo de sueño encima, y no me extraña nada que la ciudad esté repleta de carteles pidiendo algo de respeto y menos flashes. No sólo porque son molestos a medio metro de distancia, sino porque, según dicen los carteles, espantan a los fieles y los monjes se quedan sin su ofrenda de arroz para desayunar. En cualquier caso, yo tardo más en despejarme que ellos, y en cuanto me quito las legañas ya están haciendo sus quehaceres habituales: barrer el patio del templo, zascandilear y fumar en corrillos debajo de algún árbol. Yo me he figurado que la explicación a tanta juventud es que Laos sigue siendo un país formalmente comunista, y que sólo hace unos años que volvió a permitir el culto religioso, así que no ha dado tiempo a formar monjes veteranos. En ese pensamiento puedo ocupar bien bien otra hora, la que necesito para levantarme de la tumbona del balcón para volver a ir a la habitación. Si Carol ya anda despierta la espero y nos vamos a desayunar, y si no me voy yo sólo y vuelvo al cabo de una o dos horas a ver que tal.


Cuando salimos del hotel las cafeterías y restaurantes ya llevan un rato abiertos, así que nos sentamos en el primer sitio que nos parece y nos pedimos nuestras tostadas, zumos, huevos fritos o lo que sea. Entre que nos lo sirven y nos lo acabamos el calor empieza a apretar, así que nos lo tomamos con calma mientras vemos a la gente pasar. Aquí las aceras son para los turistas, y las calles para los laosianos, que van siempre en moto o bicicleta, y muy pocas veces andan. Mientras desayunamos yo me dedico a practicar el "barrido de cámara" con los vehículos que pasan, especialmente con las motociclistas que llevan sombrillas de colores, pero generalmente salen mal. Tampoco me importa mucho, la verdad. Mientras, Carol lee su libro de turno y me va explicando las muchas maldades que hemos ido cometiendo los occidentales en general y los americanos en particular por el sudeste asiático. País al que vamos, país al que han bombardeado masivamente. Aquí en Laos no pueden cultivar en casi ningún sitio porque casi todo anda plagado de minas y bombas de cuando los norteamericanos perseguían vietnamitas. No se cuanto dinero gastarían en su momento buscando armas de destrucción masiva en Irak, pero seguro que aquí las encontraban con mucho menos esfuerzo, y además seguro que iban acompañadas de instrucciones en inglés.


A medio desayuno llega la hora de los estudiantes. Los primeros días de estar por aquí todavía andaban con las fiestas de año nuevo, pero desde hace un par de días les toca volver al cole, como al chaval que lleva nuestro hotel y que cada día que le decimos que nos quedamos un día más pone caras más extrañas. Como en Luang Phrabang sólo hay una calle y los colegios andan más o menos por el medio, todos los niños pasan por delante nuestro para llegar allí, siempre en bici o en moto independientemente de que tengan 4 o 16 años. Los que llegan pronto se dedican a jugar al "chancletazo", que parece que es como las canicas pero con chanclas. Ponen un fajo de billetes a veinte metros y por turnos le tiran las zapatillas. El que les da se los queda, y si nadie acierta vuelven a tirar desde donde ha caído la chancla. Algo así. Cuando nos levantamos de desayunar ya casi es la hora de comer, y hace tanto calor que sólo nos queda ánimo para hacer las gestiones de rigor: ir a la oficina de cambio, a enviar paquetes a correos, a conectarnos a internet o dar una vuelta por el mercadillo para comprar algo que se nos olvidó comprar el día de antes. A veces hasta nos aventuramos hasta el Mekong para ver las barcas que nos llevarán al norte. Por el camino los tuktukeros nos ofrecen excursiones a sitios que aún no hemos tenido tiempo de mirar en la guía, así que les decimos que no. Nos ofrecen otras cosas que venden en bolsitas y también les decimos que no. Yo cada vez que veo a un tuktukero con el coche vacío me lo imagino llevando a Roldán, con su camisa tropical, su gorrita de gordito, gafas de sol y agarrado a un saco de dinero bien gordo al lado. ¿Les negociaría el precio como hacemos nosotros? La verdad es que en su momento me pareció que robar miles de millones para luego tener que fugarte a un sitio como Laos (que entonces estaba en Africa, no se como se ha movido hasta aquí) era un poco triste, pero ahora ya no lo tengo nada claro.


Nuestra rutina sigue, y dependiendo de lo que duren las gestiones nos vamos a comer a eso de las tres o a merendocenar a las cuatro y pico, cuando la gente ya anda cenando. Si se da el último caso y nos pilla la caída de sol y la luz bonita en el restaurante, nos hacemos el firme propósito de salir a tirar fotos a esa hora el día siguiente, pero aquí los planes son muy difíciles de cumplir. Tenemos menos tiempo que un prejubilado de telefónica. En cuanto empieza a ponerse el sol nos damos un último paseo y nos metemos en el mercadillo nocturno, donde Carol estudia detenidamente las fundas nórdicas Laosianas y yo me entretengo devolviendo sonrisas a las dependientas. La verdad es que en ese sentido es el mejor mercadillo en el que me he metido, porque la sonrisa laosiana es incluso mejor que la tailandesa, totalmente contagiosa. Creo que aún no me he cruzado a nadie por la calle que no devolviera una sonrisa. Dos bolsas de colchas y 400 sonrisas después nos vamos a cenar o al hotel. Con un ritmo de actividades tan ajetreado nos debemos gastar alrededor de 15 € al día cada uno, y eso que en el hotel (teóricamente un guesthouse), tenemos aire acondicionado, ducha con agua caliente, tv, terraza con vistas al templo, etc... Lo de haber hecho un presupuesto al principio del viaje nos ha ido muy bien en sitios caros donde teníamos que controlarnos, pero en sitios como Luang Prabang, donde dan ganas de darle a la gente todo lo que llevas en los bolsillos, ir sobrado es peligroso, porque además tienen cosas chulas en el mercado. En otros sitios Carol regatea hasta la extenuación, pero aquí, donde las vendedoras son niñas de doce años tímidas como ellas solas o viejecitas sonrientes(tanto unas como otras de la tribu Hmong y con una estatura constante de 140 centimetros), relativiza el precio con lo que cuesta en España y dice "si es que son menos de dos euros por unos pantalones" , y se los queda a la segunda. Creo que van 15 o 20 veces que oigo esa frase en 4 países distintos.


Pero oficialmente el que lleva mal lo de decidir que no soy yo, y aquí lo paso peor que de costumbre. Aunque en realidad no tanto, por dos motivos. En primer lugar porque aquí no acosan al turista, y a la que dices "no" dejan de insistir sin siquiera perder la sonrisa. Pero es que lo de la sonrisa es precisamente lo que te da ganas de comprarles, y aquí viene el siguiente motivo, que es que estoy tan a gusto que me parece que gastarme 15 € al día aquí, cuando en Australia, donde no lo necesitan, nos hemos gastado 70 sin disfrutarlo ni una cuarta parte, es un pecado. Y por otra parte también da rabia pensar que el 90% de tus gastos va a las manos de los hoteleros y de los dueños de restaurantes, que no deben de ser precisamente los más necesitados ( o ni siquiera Laosianos). Carol por lo menos contribuye comprando una manta en cada puesto, pero yo no hago gasto ninguno. Total, que he asignado una parte de mi presupuesto (secreto hasta ahora) diario a propinas, compras innecesarias, timos y similares. La primera partida la dejé bajo la sábana del hotel que dejamos el primer día debido al ruido de las obras de al lado. Un euro o dos, lo justo para que alguien se llevase una pequeña alegría. Luego dejé que el chaval del otro hotel me cobrara un par de días en moneda local con un sobrecargo de un 10% aproximadamente. También es cierto que le habíamos (Carol) regateado un 40% del precio oficial del hotel. En el mercado y en los tuktuks, en plena pelea (de Carol) con los locales alguna vez he negociado al alza, por "error". Los 30 o 40 céntimos no son nada comparados con las miradas asesinas de Carol, os lo puedo asegurar. De todas formas no estoy nada seguro de que este asiento contable haya servido para algo más que para hacerme la vida un poquito más relajada, sobretodo en el caso de la banda de "las muñequitas" y en el del monje Ken, alias "mi hermano pequeño". Empiezo por "las muñequitas".


La banda la forman seis o siete niñas y niños de entre seis y doce años, a cual más mona/o. Andan con una cajita con muñequitos tipo "baturrico" pero en Laosiano, pulseras y cosas varias que intentan encolomar a los turistas a base de vocecitas y pestañeos manga. Yo cometí el error de comprarle una baturra laosiana a una niña cuando los demás de la banda no miraban, pero en cuanto se enteraron vinieron todos a la carrera con cara de "ah vale, le compras a ella, que es la más mona y a nosotros que nos parta un rayo.." y se sentaron a pestañear alrededor mío. Uno de ellos, el único que tenía un poco pinta de malote, me quitó la muñeca y no me la quería devolver hasta que no le comprara otra a él. Mientras, una de las niñas me decía que no, que a el no que era muy malo. Como mi presupuesto no llegaba para cinco muñecas más utilice un truco que aprendí de mi gato cuando le acosaban los perros del vecino: hacerme el muerto. Al cabo de un rato de quedarme callado mirando al suelo se fueron todos los niños, pero se quedó uno con cara de buenazo con el que me quedé hablando un rato. Y al final, claro, le compre una pulsera. Pero antes de acabar la transacción nos pilló el malote, y les dije que se repartieran el dinero, aunque pensando que no me entenderían. Vaya que si me entendieron. El malote se puso a perseguir al buenazo, al que sacaba media cabeza, para que le diera su parte y este contratacó tirándole toda la caja y su contenido a la carretera. El malote, que por lo que vi no lo era tanto, se quedó allí compungido recogiendo sus cosas y aguantando las lágrimas. A mi me dio un pinchazo de esos de espíritu y me fui a ayudarle, y cuando ya lo teníamos todo recogido hice intención de gastarme el resto del presupuesto en una muñeca, pero el tío me la puso a 5 veces el precio original aprovechando el momentum emocional y cuando le intenté regatear me dijo todo serio que no, que no le interesaba. Total, que me fui de allí con más cargo de conciencia que el trío de las azores todo junto. Eso sí, después todos los días que me lo encontraba me saludaba tan contento, y un par de veces lo vi dando vueltas con una vespino, así que la cosa no le debe ir mal del todo.


Lo de mi "hermano pequeño" (no confundir con la canción de Los Planetas) es al parecer un clásico que en algunas páginas de Internet catalogan de trampa turista budista número uno. La trampa consiste en que un monje se sitúa estratégicamente en un marco incomparable de la zona esperando a que llegue un turista con una cámara que le pida permiso para tirarle una foto. A partir de ahí se entabla conversación y el monje, generalmente un chavaluco, te invita a su templo donde te enseñará como viven, podrás tirar todas las fotos del mundo y te enseñará como hacer ofrendas, en las que podrás darles comida, útiles y, sobretodo, dinero, que es lo mejor dado que lo revierten directamente en el templo. Y te dice que si, por favor, le puedes llamar "hermano pequeño", que a el le gustaría llamarte "hermano mayor". Y que le envíes la foto impresa a sus padres por correo, que hace mucho que no los ve y les hará mucha ilusión. En este caso, el monje se llamaba Ken y su hermano mayor se llamaba Alberto (o "Uiburito" en laosiano). La verdad es que a timo no llega, porque el chaval te deja bien a las claras lo que quiere, y con la misma cara que ponemos en España cuando escribimos la carta a los reyes magos. Y si toca la lotería, pues toca. Por lo que dicen en internet luego en el templo pueden aparecer hermanos enfermos que necesitan operarse y otros asuntos que necesitan solución pecuniaria, lo que ya es un poco más violento (independientemente de que sean ciertos o no), pero yo ya no lo viví. Supongo que conseguir donaciones sin poder recurrir al infierno, la excomunión y esas cosas debe ser un poco difícil. En realidad, me iba a dejar engatusar para ver el templo y ya tenía meditada una "donación" que encajaba en el presupuesto (que seguramente iría a tabaco o gasolina para la moto), pero por motivos que todavía no logro entender se nos ha pasado el tiempo volando y no he tenido tiempo de ir. La foto intentaré enviársela desde la próxima ciudad donde estemos, a ver si hay suerte. De momento la cuelgo aquí.



Pues eso, que mañana nos vamos hacia el norte y en Luang Prabang no hemos hecho nada de nada mas que amodorrarnos sin solución de continuidad.


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P.D: Ah sí, que si que hemos hecho algo. Un mediodía nos pusimos el bañador y nos fuimos en tuktuk a unos saltos de agua que hay a unos 30 km de aquí. Son las primeras cataratas que hemos visto durante el viaje que merecían la pena, con sus pozas de agua turquesa y todo, en medio de la jungla. Además de 20 o 30 turistas más hemos coincidido con un grupo de monjes, que se han puesto morenos a base de flashes. La verdad es que tienen que estar de los turistas hasta la coronilla.


P.D2: Por segunda vez y sin que sirva de precedente las fotos del post son mías.


sábado, 22 de marzo de 2008

Bangkok: popurri de gafas, malaria y mercadillos.

  Estos días, con Alberto haciendo su curso de masaje, yo tenía pensado dedicarme a hacer compras y a darme masajes a partes iguales. Ah, y a ha cer unos recadillos en los tiempos muertos. Pero no sé cómo al final los deberes se me han comido el tiempo y aunque he comprado como una campeona y me he dado un par de masajes, me he quedado diciendo "ya?? pero ya nos vamos de Bangkok??? arggg".  Menos mal que volveremos por aquí en una semanas.

khao-sanEntre las tareas pendientes tenía hacerme unas gafas. Las mías se quedaron en algún sitio de Cairns y desde entonces ando leyendo con unas pregraduadas malísimas. Había oído que en Tailandia salía barato hacerse unas así que me he recorrido media ciudad buscando los mejores precios. Al final he acabado comprando una montura por un lado y los cristales por otro. Total 48 euros, con cristales anti-reflejos extradelgados y montura de buena calidad. Por unos 15 euros tienes unas con montura de peor calidad (aunque hay diseños muy chulos) y cristal blanco. Por cierto, en las ópticas también hay que regatear: donde me las hice le dije al óptico, por si colaba, que en otro lado me las hacían por 6 euros menos y me bajó eso el precio. La flexibilidad del precio farang, ejem.

Mi tarea número dos era visitar un médico de medicina tropical en Bangkok. Cuando en mayo del año pasado nos vacunamos en Barcelona pedimos consulta para saber si debíamos o no tomar algún fármaco antimalaria. La doctora que nos recibió no estaba demasiado a favor de las drogas antimalaria y nos recomendó consultar algún doctor en Bangkok cuando tuviéramos el itinerario un poco más definido. Añadió que en Bangkok nos podían aconsejar mejor que ellos en Barcelona.

Al llegar aquí me he acercado a la Travel Clinic, relacionada con la facultad de medicina tropical. Me ha visto un médico en consulta y tras explicarle que vamos a Laos (selva), Vietnam, Borneo, Camboya y China y repasar las zonas que visitaremos en cada país me ha dicho que no nos tomemos nada. Que ellos sólo recomiendan llevar medicación de emergencia a gente que pasa mucho tiempo en sitios muy remotos en la selva y que viajan solos. Que el riesgo de contraer malaria en esos países en las zonas que visitamos los turistas (y viajeros), incluidos los treks organizados, es tan bajo que no merece la pena exponerse a los efectos secundarios de la medicación. Y que si en el peor de los casos nos infectábamos, en todos esos sitios podían tratarnos. Para probar lo que decía había un cartel enorme sobre su cabeza en el que se leía que del 2000 al 2005 sólo habían tenido 21 casos de malaria de viajeros en el hospital y 5 de ellos sospechaban que la habían contraído en la India.

Además de ese cartel por toda la clínica había otros que decían que no había que tomar la profilaxis de la malaria en ninguna zona de Tailandia porque el tipo que tienen aquí es resistente a las drogas que prescriben. Al leerlos me acordaba del médico que en nuestra primera visita a Tailandia nos encasquetó una caja de doxiciclina a cada uno, asegurándonos que era indispensable que la tomásemos. Al final nunca llegamos a tomarla, pero cuánta gente hay que viene de vacaciones unos días a Tailandia y se los pasa aguantando los efectos secundarios de una medicación que no necesita?zapatillas

Algún otro recado más he hecho que ha reducido el tiempo de compras a dos días. Grmff. Los dos los he pasado en Chatuchak, o la madre de los mercadillos. Dos días andando, 7 kilos de compras y no me lo acabé. El primer día hacía muchísimo calor y cada media hora paraba a tomar algo. El mercado está lleno de puestos de comida donde te puedes sentar a ver pasar al ciego que canta, al que lleva el cerdo disfrazado de leopardo, al que se ofrece para encontrarte lo que sea en el mercadillo y por supuesto también a tailandeses y turistas cargados de bolsas hasta las cejas. También son ideales para socializar  así que acabé comiendo con unas coreanas muy simpáticas que andaban también emocionadas con el mercadillo. 

cerdoChatuchak es tan grande y la gente compra tanto que hay puestos que sólo se dedican a vender maletas de hule para que te puedas llevar todo lo que has comprado. Entre que todo es muy barato por ser Tailandia y que tienen los mejores precios de Bangkok en muchos artículos te dan ganas de llevarte 4 de cada cosa que compras. Es una maratón del regateo. Como es tan grande y una misma cosa la tienen en varios sitios conviene hacer una vuelta de reconocimiento y regatear sabiendo que si el de ese puesto no baja más aún puedes probar suerte en el de al lado. Y siempre tener muy claro cuánto estás dispuesto a pagar. En cualquier caso viniendo a Bangkok merece la pena planificárselo para poder dedicar un día a Chatuchak, aunque las compras de artesanía es mejor dejarlas para el norte.

huevos