Mostrando entradas con la etiqueta gastronomía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gastronomía. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de febrero de 2013

Masticando Kerala

Biriyani decorado (único en su especie)

Si habéis leído algún otro post reciente ya sabréis que nos estamos dedicando a agotar las existencias de comida de 1000 millones de indios con todas nuestras fuerzas. Ya nos quedan pocos días por aquí y hemos empezado a contar los restantes en desayunos, comidas y cenas, así que es el momento de hacer un post dedicado exclusivamente a la manduca.

Restaurantes de Kerala. Como seleccionar uno bueno.


La clave elemental para descubrir un buen restaurante indio es la roña. Si el personal del local tiene demasiado tiempo como para ponerse a fregar el suelo, quitar las telarañas de las paredes, hacer diseño de interiores o limpiar cuidadosamente los cubiertos es que no tienen mucha rotación, así que mejor evitarlo, no sea que nos vayan a poner un roti de antesdeayer. También es importante examinar la carta, no por sus platos, que son casi siempre los mismos (sobretodo en los vegetarianos), sino por su nivel de descomposición: se tiene que ver auténtica y ancestral, las esquinas inexistentes, los manchurrones con alcurnia. Si se desintegra mientras la coges es que estás en un buen sitio. El mobiliario también puede dar pistas de un sitio con buena comida. Las sillas deben ser siempre de plástico o como mucho de laminado de madera tipo “teleclub años 60”. Las mesas, de formica oscura. La iluminación debe ser muy sutil, tirando a inexistente. Con que veas tus propias manos es suficiente.

Cocina del Indian Coffee House de camino al wc

Una vez dado el visto bueno al comedor debes investigar el backoffice para comprobar que todo está en orden. Con la excusa de “me voy a lavar las manos” puedes adentrarte, bajo tu propio riesgo, en territorio desconocido. Dirígete a los lavamanos, que suelen estar indicados. Por la misma zona debería estar el wc, aunque camuflan la puerta con una capa de roña milenaria que la hace indistinguible de la pared y sólo se puede detectar al tacto. Entra únicamente en caso de extrema necesidad. El objetivo de acercarnos a esta zona es buscar el callejón que lleva a la cocina. En efecto, en los restaurantes indios buenos buenos tienen callejones laberínticos por dentro que no sabes si llevan a la habitación del dueño o al cuarto de planchar. Si te despistas lo mejor es esperar a que pase un tipo con cientos de miles de lamparones en su ropa. Si no es el cocinero debe ser el camarero o algún primo que viene de visita. Síguelo haciéndote el despistado y con suerte llegarás a las cocinas. Entorna los ojos, no los abras del todo. Un cerebro occidental puede explotar si ve una cocina india de sopetón. Bajo ninguna circunstancia te quedes más de diez segundos allí o quizás no consigas volver a salir. Cuidado con los cucharazos de los cocineros.

Si consigues regresar, siéntate junto a tu pareja, recupera el ánimo en la medida de lo posible y suéltale la frase esa que siempre has querido soltar de “...He visto cosas que vosotros no creeríais...”. Y prepárate porque, por mucho que lo dudes, la comida va a estar buenísima.


Modalidades de restaurantes

Vegetarianos y NO vegetarianos.


En el sur de la india, y más al sur y al interior, muchos restaurantes son vegetarianos, así que cuando quieres comer algo de chicha tienes que buscar el cartelito “Vegetarian and NON-Vegetarian food”. En la costa, especialmente en los sitios turísticos, también hay montones de restaurantes centrados en el pescado y el marisco. Por lo que nos han contado, las madres hinduistas abroncan a sus hijos si comen carne o pescado porque es algo así como poco virtuoso, y lo que mola es poder decir que son vegetarianos puros en público, como los buenos brahmanes. Luego en privado parece que son menos selectivos, y en las carnicerías hasta se encuentra ternera. Se supone que para los cristianos, pero no sé no sé...

Con Aire acondicionado y Sin aire acondicionado.

Si estáis en la india y vais apurados de dinero para comer (raro sería, pero...) ... cuidado, no entréis en un restaurante con aire acondicionado! En algunos locales tienen salas con aire acondicionado en el que los precios son ligeramente más caros, al menos el precio de los panes.

Con Reservados para familias y para mujeres

Al venir aquí en plan turista una de las primeras cosas que te llaman la atención es que mientras las mujeres van maqueadas con sus saris de colores vivos y joyas a tutiplen los hombres van hechos unos zarrapastrosos de aquí te espero. Suponemos que para evitar tan horrenda visión a las señoras (o quizás porque son muy muy conservadores) algunas cafeterías y restaurantes tienen salas en las que no pueden entrar hombres si no van con su familia. Lo de que los hombres no pueden tocar a las mujeres parece que va en serio: en algunos sitios hay colas separadas por sexo y en el autobús normalmente unos van en un lado y otras en el otro. A mi una señora me hizo poner a Carol en medio de ambos en el asiento del autocar.

Precios

En la review de la Lonely de un restaurante de Munnar ponía “Buena relación calidad/precio”. No se como habrá calculado el ratio el autor, pero cuando en todos los restaurantes del pueblo se come de maravilla y por menos de 3 € por cabeza mucho tiene que haber apurado el cálculo.... En sitios como Varkala o Fort Cochin, más orientados a turistas y con platos occidentales el precio puede subir, pero vamos... De risa.


La carta

Aquí va la foto de una carta estándar de restaurante vegetariano con precios, concretamente la del Anapoorna de Kumily. 70 Rupias= 1 € más o menos. La elaboración de los platos cambia bastante de restaurante a restaurante, pero los nombres se mantienen. Traduzco los platos principales, que no son necesariamente especialidades de Kerala:

Dosa: Son una especie de crepes grandes y finitos que se mojan o rellenan con lo que ponga. Por defecto vienen con una salsa de lentejas y una de coco.
Oothapam: Nos lo pedimos un día pero no nos lo trajeron, así que ni idea...
Paratha, Rotti, Naan: Son tortas de pan fino. Las paratha son algo más elaboradas y tienen una textura parecida a la del croissant pero en aplastado. Se hacen a la plancha o al horno y si no van rellenas sirven para mojar y comerse algún otro plato. Vamos, como en España.
Aloo: Patatas
Gobi: Coliflor
Paneer: Es un queso que sabe y se utiliza como el tofu (o viceversa)
Raita: Yogur con...
Papad: Una especie de pan fino frito, parece pan de gamba
Pakoras: Parecido a buñuelos. A mi en España no me habían gustado nunca, pero las de aquí están buenísimas.
Pulau y Biriyani: Arroz con especias suaves (canela, cardamomo, anís,...) y frutos secos y dulces el primero y lo mismo pero con una especie de salsa masala picante añadida el segundo.
Thali: no sale en la foto, pero es lo más común. Un plato de arroz blanco rodeado de cuenquitos pequeños con salsas y encurtidos variados.
Estilo Masala: Lo que sea cocinado con un curry de crema de leche super especiado y picante. Normalmente de color rojo (muchas veces con colorante)
Estilo Chili: Más dulzón, no necesariamente más picante. Sabe más a ajo.
Estilo 65: Es un rebozado primero en un conjunto de especias y luego en harina. Se supone que la receta original es para el Pollo 65, pero la coliflor así está de muerte. Lo del 65 tiene muchas explicaciones.. que si la receta se la inventó un tío en el 65, que si lleva 65 ingredientes, que si hay que dejarlo macerar 65 horas... ni idea.
Estilo manchurian: Estilo chino del norte, cocinado en plan agridulce con salsa de soja, ketchup, etc... No pica.
Pakoras cocinadas por Alberto en su curso con el cocinero más borde de todo India


Cómo comer

Lo normal al pedirte la comida es que te la traigan en unos cuencos metálicos sobre una bandeja circular de metal. Pero la bandeja en realidad es el plato (como el del thali), así que vuelcas el contenido de los cuencos en la bandeja y te pones a comer con las manos. Se supone que lo típico es usar hojas de platanero sobre la bandeja como plato, pero a nosotros no nos lo han puesto nunca así, no sabemos si porque nos ven guiris o porque se ha pasado de moda.

De lejos parece que lo de comer con las manos está chupado, pero ni de coña, porque aquí son super finolis y te ponen una de normas que no veas. Para empezar no te dejan, precisamente, chuparte los dedos, y como aquí muchas comidas son totalmente salsosa, pues... Imposible no hacerlo. Tampoco te puedes meter los dedos en la boca. Lo fino es “acompañar la comida con el rotti y dejarla caer dentro de la boca usando la punta de los dedos”, pero nosotros como mucho la dejamos caer al suelo o, si tiene suerte, a la boca del perro que suele pasar por debajo de la mesa. Además, con la derecha sólo, la izquierda no juega porque se supone que se usa para otras cosas.

Luego se supone (según la lonely planet) que en todas las mesas hay un cuenco con agua para lavarse los dedos entre bocado y bocado, pero nosotros no lo hemos encontrado o lo hemos confundido con los vasos, así que nada. Un camarero nos chivó que lo que se hace realmente es sacudir la mano para que la comida vuelva al plato con el resto y tal, pero tampoco es fácil, por lo que cada dos o tres intentos yo pasaba por el lavamanos.

Creemos que para los indios tampoco debe ser tan fácil comer así, porque generalmente ponen cara de estar leyendo el periódico en lugar de comiendo, lo que a mi personalmente me desconcierta un poco cuando ves que en lugar de un periódico hay un plato. Se ve que antaño también usaban los periódicos viejos a modo de plato, así que igual viene la costumbre de ahí.


Nuestra selección de platos

Badam milk en Thaff, Alleppey
1º Badam Milk: Un batido frío de leche dulce de almendras y pistachos especiada con cardamomo. Es lo primero que probaré a hacer cuando llegue a casa.
2º Gobi 65: Trocitos de coliflor rebozados en especias y harina, se acompaña con lima, rayaduras de chalota (que aquí es más grande y no pica nada cuando la dejan dos horas en remojo) y a veces salsa de ajo.
3º Biriyani: Arroz con verduras y especias variadísimas. Es todavía mejor cuando se acompaña de una salsa de yogur que suaviza el picante.
4º Dosas: Una especie de crepé muy grande y, según el sitio, crujiente, que normalmente sólo sirven para el desayuno. Se baña en un chutney de coco rallado y en otro de curry de lentejas. Cambian mucho de un sitio a otro. La mejor con diferencia para nuestro gusto, la del minilocal del hotel Suryaas, frente a la estación de Kottayam, escondido en un minicentro comercial.
5º Batido de café del Corner Kream. Aunque nadie lo diría por el aspecto megacutre, es una especie de franquicia tipo Starbucks pero a la india. Lo demás no sé, pero el batido este estaba de muerte....


Nuestra selección de restaurantes

Las recomendaciones que hacen en la Lonely están bastante bien salvo en Varkala, donde casi todos los locales que recomiendan son negocios de temporada para guiris que no saben a ná. Nosotros recomendamos:
  • Fort Kochin: Dal Roti y Casa Linda
  • Munnar: SN Restaurant (pero todos estaban buenos, la verdad)
  • Kumily: Annapoorna
  • Allepey: Hot Kitchen, y Thaff por los Badam Milk, que no la comida.  
  • Kottayam: Suryaas. Sólo paramos a comer y a cambiar del bus al ferry, pero las dosas del sitio este lo valían...
  • Varkala: Paradójicamente el sitio con más oferta y donde peor se come, al menos si buscas comida india. El Oottupura está bien y el Little Tibet (por sus momos) también. Mañana probamos uno nuevo así que igual hago update.



miércoles, 23 de enero de 2013

Update para nuestras madres: Seguimos comiendo

De postre, pera
En Munnar nuestro gasto medio por persona y comida ha bajado de 4 a 2,5€ aproximadamente. La calidad y abundancia de la comida no ha bajado, pero nos han desaparecido los cubiertos, que aquí no se llevan. Lo suyo es comer con la mano directamente. Como nosotros no nos apañamos usamos una cuchara sin que nos vean. Como contrapartida podemos decir que el servicio es impecable. Los cafés, tés, y platos vienen todos con su temperatura justa: el camarero se encarga personalmente de comprobarlo metiendo el dedo en todos y cada uno de ellos. También le sirve para poder llevar cinco a la vez en cada mano, pero eso es secundario. Las servilletas de papel también nos vienen manchadas de antemano para que no perdamos el tiempo ensuciándolas y nos pongamos como gorrinos lo antes posible.

Thali, chicken masala y roti: 2,5 euros
Es increíble, pero todo nos parece que está buenísimo. No siempre nos traen lo que pedimos, a veces no sabemos ni lo que es (“oye, este plato con cosas rojas no lo pedí ayer y era verde?”) pero siempre está bueno. Nos estamos poniendo más focotrones de lo que vinimos, y empezamos a estar preocupados de verdad, ya no podemos acabarnos el plato...

lunes, 22 de diciembre de 2008

La clase de cerámica y los últimos días de curso

La semana que acaba de terminar ha sido ajetreadilla y no me ha dado tiempo ni de subir un post. El martes y miércoles pasado hice los exámenes finales y el viernes fui por última vez a la escuela a asistir a la ceremonia de clausura del curso.

ceramicCon todo el lío me he dejado algunas cosas en el tintero que quería contar antes de los últimos días de clase. Una de ellas es la clase de cerámica, que tuvimos justo el día que venía Alberto. Como ya expliqué en otro post nos dejaron hacer un bol/plato/vaso pero sin asa. En total dos objetos por persona. En la escuela donde nos llevaron a hacer la clase tenían unas tazas de té bien bonitas, a la japonesa, altas y sin asa. Yo me propuse hacer una y en el primer intento, aún no sé cómo, acabé haciendo un plato (en la foto). En el segundo, creyendo haber intuido el fallo del primero y el truco para que la taza saliera como dios manda, acabé haciendo una salsera. No hubo manera. A ver si lo del asa iba a ser peligroso después de todo.

Ahora mismo plato y salsera esperan pacientemente sobre mi escritorio a que llegue el jueves, que es el día en el que se pueden sacar estas cosas a la calle para que las recoja el camión de la basura. Si tuviera 30 años menos se los regalaría a mi casera, pero a mi edad como detalle queda un poco rancio. Mamá, ya sé que a ti te haría ilusión, pero es que, aparte de ser un horror, el plato tiene 4 dedos de grosor en su lado más fino y pesa un quintal.

Aparte de botijos también he hecho algunas salidas con los de clase. He comido por primera vez en un restaurante coreano. Fuimos cuatro de clase, guiadas por Nam, coreana del mismo Seúl. Nos pusimos las botas y yo además aprendí que las coreanas se distinguende las japonesas por la anchura de las caderas. Hay japoneses que dice que saben distinguir a un japonés de un coreano por el aspecto, otros dicen que no y Nam dice que a las chicas por las caderas (las coreanas tienen y las japonesas no). Vamos, que si no lo tienen claro ni ellos, yo menos.

cosacoreana1

Hablando con mis compañeros de clase a menudo sale la comparación de Japón con nuestros países de origen. Yo siempre opino que los japoneses son más amables y más respetuosos. Daria, la ukraniana, que lleva aquí cuatro años y está casada con un japonés, es de la opinión contraria, y siempre que digo algo así se ofende muchísimo. Y entre ella y yo hay una gama de grises con las opiniones del resto.

Lo cierto es que aunque yo en la comparativa siempre pongo a los japoneses como ganadores, también pienso que no es oro todo lo que reluce. En estos meses he podido comprobar que, por supuesto siempre en general, los japoneses está escondidos detrás de un muro de amabilidad que es difícil traspasar. Así como los españoles, cuando pasa un tiempo en la relación con una persona, aparece una cierta calidez, en los japoneses da la sensación de que a ese paso cuesta mucho llegar y te topas siempre con esa amabilidad un tanto fría. Nosotros solemos asociar amabilidad con calidez, pero aquí la primera es como si estuviera dirigida más al entorno que a las personas en concreto.

Realmente lo más interesante de estar aquí es poder observar cómo actúa una sociedad tan distinta. Al ser la lengua tan diferente y tan difícil de leer, el acceso a la información es muy limitado para los extranjeros. Para mí Japón es una cebolla que se pela muy muy despacio, y el proceso es fascinante.

Bueno, cambio de tema que si no me atasco y no acabo.

Volviendo a la escuela, otro día tuvimos invitados. Tocábamos a dos por cada grupo de cuatro, y a el mío le tocó una mujer muy discreta y un profesor de karate. De dónde los habían sacado aún no lo sé, pero yo apostaría por el centro cívico de la esquina. El tema de la clase era "Visitando una casa japonesa". Aquí, para quedar bien, no basta con llevar un brazo de gitano o unos buñuelos. En Japón para que te vuelvan a invitar otro día has de recordar una retahíla de frases de agradecimiento y de disculpa que han de decirse en el momento justo, ni un segundo antes ni uno después. Si llevas regalo has de decir "esto es un regalo sin importancia..." y entregarlo con las dos manos. Y ni se te ocurra darlo sin sacarlo de la bolsa, aunque en esto no hubo quorum entre los senseis, y al final quedó en que preguntásemos en la tienda cuando nos lo envolvieran si la bolsa era de entregar o de no entregar.

Luego nos hicieron ir de invitado en invitado siguiendo todo el proceso desde que entras a la casa, hasta que sales, pasando por la entrega del regalo y el "uy, que rico estaba todo". El sensei de karate se creía que estábamos practicando para las olimpiadas y nos exigía unas reverencias de casi tocarnos las rodillas con la frente. Aquí está a punto de hacerle un kata a la pobre Ti Nana, que está pensando en entregar el regalo y salir por patas.

sensei

También en la escuela, nos han hecho preparar un discurso. Se suponía que primero habíamos de hacerlo delante de nuestros compañeros de clase y luego votar los dos mejores, que nos representarían en el concurso de discursos de la escuela. Aquí los discursos no se escriben a doble espacio y tirando, no. Para esto hay un papel especial cuadriculado, en el que se ha de escribir un caracter por cuadrícula. Escribirlo es un coñazo, pero leerlo es todavía peor. En japonés no existen los espacios (las comas y los puntos sí, pero entre las palabras no hay espacios) pero los que estamos aprendiendo los ponemos para aclararnos. El sistema de escritura de discursos imposibilita estos espacios artificiales, y al ir a leer una frase uno se encuentra con cuarenta caracteres que ha de leer y entonar del tirón. Todo esto de pie, delante de toda la clase y de seis senseis.

El mío fue horripilante. No fue el peor porque me salvó otra que hizo uno sobre lo mucho que le gustaban las flores de la sakura y que todo el rato confundía kirei (bonita) con kirai (odiar). Al final el discurso "Me gustan las sakuras" acabó siendo "Odio las sakuras". Pobrecilla.

Quién nos representó en el concurso de discursos y la ceremonia final lo dejo para el próximo post.

viernes, 14 de noviembre de 2008

El Okonomiyaki (guía para torpes)

okonomiyaki1El otro día fui a cenar a un Okonomiyaki con unos compañeros de clase. En este tipo de restaurantes uno cena sentado en una mesa que a la vez cumple la función de parrilla. Coge el menú, que por suerte en el sitio donde cenamos estaba en katakana, elige una mezcla y la pide al camarero. Nosotros pedimos un mix de carne y otro de pescado. La verdad es que no lo recuerdo muy bien porque yo iba con un poco de retraso traduciendo y dije que sí a todo.

Al poco rato de tomar el pedido volvió la camarera con dos cuencos, cada uno con una mezcla. El okonomiyaki en sí se lo prepara uno mismo. En el caso de los que nos trajeron, no era muy distinto a hacer una tortilla de patatas. Ahora, que darle la vuelta con dos espátulas tenía su tela.

Básicamente para hacer un okonomiyaki se echa aceite en la plancha, se coge el cuenco, se desparrama el contenido (a ser posible dentro de la plancha) y se pasa calor. Es algo así como cenar con la cabeza metida dentro del horno, pero con mejores vistas.

okonomiyaki2

Aquí ya teníamos uno controlado y el segundo en proceso. Teniendo en cuenta que de los cinco, el único que cocina en casa es Hung (el chico de la izquierda), no íbamos mal. Todos los tarros que se ven alrededor de la mesa son cosas que se supone que uno ha de echar al final: picante, mayonesa, salsas irreconocibles por mí y algo que nunca sabré si era ácido (suppai) o salado (shoppai), porque siempre confundo las dos palabras.

Al final, nuestro okonomiyaki presentaba este aspecto. Lo que se ve arriba moviéndose no era nada que hubiera reptado por las patas de la mesa: son láminas de bonito, que se ponen así de contentas con el calor. A Alberto le gusta mucho que se las pongan cuando pide platos vegetarianos.

Cuando llegó el tercer okonomiyaki nos dimos cuenta de que la experiencia adquirida en los dos primeros de nada iba a servirnos en este. Era de queso, con una consistencia totalmente diferente a los anteriores y no sabíamos ni cómo echarlo a la parrilla. Menos mal que la camarera acudió en nuestra ayuda y muy mañosilla ella nos lo preparó.

A la mitad del vídeo tuve que cambiar la memoria y no se ve como echa parte de los ingredientes en el centro. Lo aclaro para que nadie piense que la mezcla sale del centro de la mesa.

La camarera, como se aprecia en el vídeo, cocinaba de oído, porque con el pedazo de flequillo que gastaba era imposible que viera lo que estaba preparando.

altarbudistaAcabamos pidiendo un cuarto okonomiyaki de yakisoba (tallarines fritos), que nos cocinamos nosotros. Este era bastante fácil. Tres vueltas hacia delante, tres hacia atrás y listo.

Al final, nos pusimos las botas y nos salió por 1.000 yenes por cabeza, cervezas y refrescos incluídos. Al cambio ahora unos 8 euros. Realmente comer en Tokyo puede ser bastante barato.

Sin relación alguna con el okonomiyaki, no quería dejar pasar un día más sin contar mi último descubrimiento friki de Japón: el altar familiar para mascotas del todo a cien. El precio no son 100 yenes, son 735 con impuestos, pero claro, es un artículo de lujo. Eso sí, mármol no es.

Tampoco vale para cualquier religión, es un altar budista. A lo mejor hasta está homologado por el Dalai Lama.

Los que aparecen en la caja acompañando al difunto imagino que serán amigos de la familia que han venido a presentar sus respetos.

 

lunes, 10 de noviembre de 2008

El castañero cañero

ameyoko

El otro día estuve paseando por Ameyoko, una calle cerca del parque Ueno donde hay muchas tiendas de comida y ropa y un ambiente muy similar al de los mercadillos españoles. Un buen plan de sábado es pasar la mañana aquí, viendo a las madres comprar pulpo mientras los niños se zampan una bolsa de dulces (Ame es "golosina", "dulce", y de sus tiendas viene el nombre de la calle)  y luego bajar paseando hasta Akihabara para encontrarse con los otaku y el Tokyo friki.

En Ameyoko me encontré a este vendedor que llevaba el negocio con mucha gracia. Para vendedor de huevos no serviría, pero lo de las castañas se le daba de muerte.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Pan con tomate en las Perhentian

DSC_7190
 
Ahora mismo se cumple exactamente un trillón de años de nuestra visita al paraíso de las Perhentian y pese a que nos quedamos maravillados, y pese a mi "prodigiosa" memoria, no me hubiera acordado del aniversario si no fuera porque Carol me ha girado el cuello hacia su monitor para enseñarme el blog de Susan y Ruben. Además de disfrutar con las fotos, las historietas y los recuerdos, me he quedado alucinado, porque la buena de Karimah ha incluido en el menú las recetas de tortilla de patatas y gazpacho que le enseñé. Y encima Susan y Rubén le han enseñado a hacer pan con tomate, que a mi se me olvidó!

Fíjate, yo que siempre había querido tener un restaurante propio... y van y me ponen uno con nuestras recetas en Malasia, ni más ni menos. Muy cerca no me pilla, pero tarde o temprano tendré que ir para ver si se les pega la tortilla :)

Y muchas gracias a Susan y Ruben, que la tortilla sin pan con tomate no es lo mismo!

domingo, 30 de marzo de 2008

Cursos de cocina en Chiang Mai

En Chiang Mai hace muchísimo calor y el sol está cada día más rojo. Según los periódicos las dos cosas son culpa del calentamiento global y de los múltiples incendios que se suceden por las montañas de la zona, que llenan la atmósfera de cenizas. Hasta la Reina, que aquí es mucho decir, se ha interesado por el tema y ha encargado al ejercito que se mire un poco el tema a ver si lo apaña. Con los incendios igual sí, pero con el calentamiento global no creo que puedan. Por cada país que pasamos nos dicen lo mismo, que el clima se ha vuelto loco en los últimos años. En Australia nos perseguían las inundaciones, en Japón la época de lluvias duró un mes más de lo habitual, y en Malasía desde hace cinco años no son capaces de predecir cuando empiezan y acaban los monzones. Aquí parece que hace más calor del que ha hecho nunca, y nosotros nos las vemos y nos las deseamos para movernos en esta sartén. Y hablando de sartenes, yo ya me he hecho mis clases de cocina tailandesa.


No han sido más que unas horas en una de las muchísimas escuelas de cocina "para turistas" de Chiang Mai, pero me ha valido para ver como funciona el tema, y para decidir que no merece la pena hacer más. Los cursos están orientados a gente que o bien no ha cogido una sartén en su vida o bien no ha probado nunca un curry, o bien las dos cosas a la vez. Te vienen a buscar al hotel en una furgo, te llevan al mercado de frescos y te pasean por los puestos para comprar algunos de los ingredientes necesarios para realizar los platos de ese día. La profesora se asegura de que cada turi-alumno hormigas guarde en su cesta al menos un ingrediente para que tenga la sensación de haber comprado él, y de explicarte que en Tailandia se utiliza mucho el chili y el ajo. De las crisálidas o huevos o lo que sea (ver foto de la derecha) de hormiga que vendían en el puesto de al lado de los ajos no comentó nada, pero la verdad es que los participantes tenían tan poco entusiasmo que ni los vieron ni mucho menos preguntaron acerca de ellos. Del mercado nos llevaron a las instalaciones de la escuela, sitas en un pueblecito a las afueras de Chiang Mai, muy bonitas y funcionales, en plan campestre. Allí trabajaban cuatro o cinco personas más que se encargaban de ir preparando los alimentos y de limpiar los utensilios que nosotros ensuciábamos. Durante la primera parte del curso fuimos diez estudiantes, pero sólo quedamos cuatro para los dos últimos platos debido que los otros seis habían pagado una tarifa reducida y sólo tenían derecho a los cuatro primeros. La clase la formábamos tres holandeses, tres ingleses, dos noruegas, una australiana y yo. Los holandeses/as venían en un tour con otros cuarenta más, y el resto participaban en un taller de cocina asiática que les llevaba por cursos de distintos países del continentes, desde Japón hasta Tailandia pasando por Hong Kong y no se cuantos más. A priori un viaje muy chulo, pero de todos ellos sólo a uno le gustaba el picante, así que no se si se lo pasarían muy bien o aprenderían algo. Creo que la mayoría no había probado nunca hasta ese día un plato tailandés.


grillos


Grillos con ¿cucarachas? Delicias del norte de Tailandia.


Aunque yo tampoco puedo hablar mucho, porque siendo vegetariano tampoco seguí las recetas originales. Por si alguno está en mi situación, dos pistas. Primero, sustituir en todas las recetas la salsa de ostras por salsa de setas, que tiene consistencia y características parecida. Segundo, sustituir la salsa de pescado por salsa de soja. Y por supuesto, en lugar de carne o pescado, tofu, pero eso es lo de siempre. Por cierto, en los curries siempre ponen pasta de gamba o salsa de pescado, así que aunque los pidais vegetarianos en el restaurante es difícil que lo sean de verdad, ya que la pasta de curry la tienen hecha de antemano. En el curso, en el que no enseñaban a hacer la pasta y te la daban ya hecha, tuvieron el detalle de hacerme una de curry verde vegetariana especial para mi, pero por desgracia no estaba muy buena. El resto de platos sí salieron buenos, especialmente el arroz glutinoso con mango y los rollitos de primavera vegetales. Durante la primera parte del curso fue difícil hacer algo más que seguir los pasos que nos indicaba la profe. Los platos tailandeses se hacen en cinco o diez minutos, y siendo diez personas no daba tiempo a preguntar nada sin que se te quemase el wok, así que... Por suerte en los descansos, y sobretodo cuando nos quedamos cuatro, la cosa fue más interesante y tuve tiempo de preguntar. Lo de los huevos de hormiga al parecer es típico y super normal en la cocina del norte, al igual que los gusanos secos o las polillas gigantes. La cocina norteña se caracteriza por usar insectos y plantas autóctonas de la jungla que ni siquiera tienen traducción inglesa y al parecer los huevos de hormiga se usan principalmente en sopas, por si alguien se lo preguntaba. No os asustéis, que también aprendí cosas más normales que utilizaré cuando vengáis a cenar a casa, como que en la cocina tailandesa se usa mucho más el azúcar que la sal. Esta última sólo se usa en algunas sopas, ya que el sabor salado lo aportan la salsa de soja o de pescado que se añade a casi todos los platos.


gusanos ¿Unos gusanitos fritos para abrir el apetito?


En resumen, una mañana entretenida, pero a nivel gastronómico muy básica. Vinimos a Chiang Mai esperando encontrar una gran gama de cursos y actividades culturales y nos hemos encontrado sólo con la versión turística de los mismos. Carol se interesó por uno de lengua y cultura Thai, pero en el centro cultural le dijeron que sólo los daban cuando había muchos alumnos (no era el caso), y que lo normal eran clases privadas, que nos merecieron poca confianza y eran muy caras. En ese sentido, el curso de masaje del Wat Po en Bangkok, pese al precio, me pareció mucho más interesante y serio. Serio a la tailandesa, claro. Quizás el error ha sido no acudir a preguntar directamente a la universidad de Chiang Mai... quizás la próxima vez.


martes, 25 de marzo de 2008

Comentarios sueltos.

Chiang Mai.

Es la segunda ciudad más grande de Tailandia, con casi dos millones de habitantes, y para los tailandeses representa la esencia del país. A diferencia de Bangkok, es sumamente tranquila, e igual templodonaldque Bangkok está repleta de mercadillos, hasta tal punto que Carol no pudo dormir bien después de visitar el gigantesco mercado dominical de antesdeayer. Lo que más nos ha alucinado de la ciudad es que, por algún motivo que desconocemos, aquí el sol se pone rojo como un tomate a partir de las 5 de la tarde, cuando todavía está muy alto. La luna crece también muy roja, y sólo cuando está muy alta toma su color normal. Nunca habíamos visto nada parecido, y para variar no sabemos que explicación tiene.

 

Los dineros.

La gestión del presupuesto se nos ha desmontado por completo. Antes teníamos que preocuparnos  por lo que gastábamos en alojamiento, comida y transporte, pero ahora son gastos casi secundarios. En Chiang Mai estamos pagando 2,5 € por cabeza para dormir en habitación doble con ventilador, ducha y wireless, y otros 5 o 6 en restaurantes con entrantes, segundos, zumos y algún que otro postre. Podrían ser algunos menos, pero ya son gastos casi despreciables. Ahora tenemos que controlar lo que nos gastamos en compras, masajes, cursos y excursiones, que suben mucho más. Si cuando estábamos en los países caros conseguíamos con mucho esfuerzo no alejarnos del presupuesto marcado ahora nos pasa exactamente lo mismo, que no hay manera de alejarnos por debajo. Es todo tan barato que al final gastamos mucho :) 

 

El rey de Siam.

Phra Chaoyuhua Bhumibol Adulyadej, el Grandioso, es el rey mundial que más años lleva en el cargo, y por lo que parece también es uno de los que más admiraciones despierta entre sus súbditos. A ojos de los tailandeses es a partes iguales un santo y un super-héroe, y no hay casa, tienda o calle que no tenga por lo menos una foto suya. En realidad toda la familia real recibe veneración casi divina, y ahora que acaba de morir la hermana del rey todo el país está de luto y millones de tailandeses acuden a los templos a mostrar sus respetos. En las tiendas de recuerdos venden todo tipo de fotos y estampitas del regente, incluidas las de su etapa de monje y de estudiantes gafotas. No sabemos muy bien si el señor se merece tanto respeto, pero lo cierto es que hace unos meses hubo un golpe de estado para echar a un gobierno corrupto y aquí parece que nadie pestañeó porque el rey seguía estando ahí, y en nada volvieron a organizar elecciones. También nos han contado que la reina es famosa porque ayuda personalmente a los más necesitados, como en los cuentos de hadas. El respeto por la casa real es tan grande que la ley prohibe expresamente pisar los billetes para no mancillar la imagen del rey que aparece en ellos. En los billetes, por cierto, suele aparecer con una cámara de fotos de la que no se separa nunca. La publicidad que le ha hecho a Canon no debe tener precio...

 

Cucarachas.

A lo largo del viaje estamos teniendo mucha suerte con los avistamientos de fauna salvaje. Hemos visto koalas, delfines, possums, tortugas, focas, leones marinos, pingüinos de ojos amarillos, tiburones y otros bichos relativamente poco frecuentes. El problema es que los sentidos se nos han acostumbrado a la vida natural y vemos hasta lo que no queremos ver. Cucarachas hay en todos los países y ciudades que hemos visitado, aunque a veces nos da la sensación de que sólo las vemos nosotros. El otro día estuvimos cenando en un restaurante aparentemente limpio, en el superturístico barrio de  Kao Sahn, en Bangkok, al lado de un ejemplar de tamaño considerable. El bicho estaba intentado decidir si sentarse en nuestra mesa o zambullirse en el pastel de 20 cumpleaños de la guiri de la mesa de al lado, en la que nadie le prestaba atención. Como nos daba rabia que nadie más la viera nos esperamos un rato a ver si saltaba al pastel, pero al final no pudimos soportar la tensión y nos chivamos a la camarera, que entre risas la aplastó con el menú y acto seguido le rompió el cuello con el canto del mismo. El resto del restaurante, guiri en su totalidad, se giró a ver que pasaba, pero siguió cenando como si tal cosa. El menú también quedó en la mesa de al lado, como si tal cosa. Y nosotros nos levantamos, pagamos, y saltamos sobre el cadaver de la cucaracha, que seguía allí, para irnos a dormir como si tal cosa. En esos casos hacemos como que no pasa nada, pero el subsconciente lo graba todo. 

 

Chiang Mai a la hora de comer.

La mayor parte de la gente que visita Chiang Mai lo hace por un tiempo muy limitado. Aquí se viene a ver mercadillos, fábricas de artesanía y a visitar las montañas y tribus de los alrededores, normalmente como parte de un tour organizado por toda Tailandia. Así que los turistas sólo tienen tiempo de salir a la calle por la noche, que por otra parte es cuando refresca y mejor se está. A mediodía no se ve un alma, y muchos restaurantes están cerrados o desiertos. De eso nos hemos dado cuenta tarde, claro, y hoy nos ha pillado por sorpresa, así que tras un rato buscando restaurante en los alrededores del templo que estábamos visitando nos hemos metido aleatoriamente en la pizzeria "Il Forno". Allí nos esperaban dos camareras aburridas, un pizzero que descansaba al lado del horno de leña, inmaculado y aparentemente apagado, y cuatro o cinco mesas desiertas.  El restaurante se anunciaba como "the real slow food". Dudamos un momento, pero como no se veía ningún otro sitio cerca, nos sentamos. Tras leer una extensísima carta nos decidimos por unos espaguetti carbonara y unos ravioli vegetarianos. El pizzero puso cara de decepción, y las camareras, tras tomar nota, se retiraron hacia el interior de la cocina. Al cabo de un rato vino una de ellas para decirnos que mis ravioli se habían acabado y que si no prefería una pizza. En esas nos dimos cuenta de que el pizzero, que andaba entreteniéndose con un trozo de masa y mirándonos de reojo, era manco.

Aunque me picaba la curiosidad por saber como podía hacer la pizza con un sólo brazo, deje que decidiera el hambre y me pedí otros carbonara con la esperanza de que la comida no fuera tan slow como prometía el cartel. La camarera se volvió a retirar y el pizzero, decepcionado, volvió a su aburrimiento. Al cabo de un rato entró un hombre con pinta de chino y de jefe (por lo que hemos visto en casi toda asia los dueños de los negocios suelen ser chinos) y se puso a hablar con el pizzero manco. Este nos miraba y le decía algo al otro de unos espaguetis  y nos señalaba con su único brazo. El chino hizo una llamada con su móvil y al cabo de nada se fue. Yo ya me estaba imaginando que tenían la cocina cerrada y estaban intentando revendernos los espaguetis de algún restaurante cercano, o llamando a casa para ver si la mujer tenía fideos en la nevera. Pero no debió conseguir ni lo uno ni lo otro, porque a los dos minutos volvió a salir  la camarera y nos comunicó que, por motivos  ajenos a su responsabilidad, de la extensísima carta sólo podíamos pedirnos una pizza. Como teníamos hambre pero veíamos que la cosa no iba a acabar bien nos pedimos una única pizza cuatro estaciones para compartir. El pizzero, entusiasmado, empezó a amasar con su única mano y las camareras trajeron unos cuantos tappers con los ingredientes, que dejaron a disposición del chef. Una vez éste acabó de amasar, y bajo la paciente e inactiva mirada de las dos camareras, fue colocando uno a uno todos los ingredientes encima de la masa. Tardó por lo menos diez minutos, durante los cuales yo me pregunté varias veces por qué las camareras y el pizzero no intercambiaban los papeles. Al acabar, el pizzero se lavó la mano, quizás para despejar dudas, y mojó el horno de leña, que yo pensaba equivocadamente que era sólo de decoración, para comprobar la temperatura.  Como marca la teoría, en dos minutos la pizza estaba hecha. Resultó ser una de las pizzas más buenas que he probado en la vida, y eso que, como mi ex-tripa puede atestiguar, he probado muchas. Menudo sorpresón. Cuando ya acabábamos llegó otra camarera en silla de ruedas y ya empezamos a darnos cuenta de que además de que la comida era buenísima el restaurante tenía una sensibilidad especial hacia los discapacitados. Nos lo hemos apuntado para ir a cenar cuando tengan la cocina abierta del todo, porque promete.

 

Chiang Mai a la hora de cenar.

Después de cenar en el hostel por menos de un euro me he ido a buscar a Carol al mercadillo. Ella no había comido nada aún, así que nos hemos metido a picar algo en el restaurante "Grumferhosserssstrumpfer & Antoñio´s", que como su nombre indica es un restaurante de auténtica comida belga y española. La "Ñ" de AntoÑio es prueba más que suficiente de la autenticidad. Las camareras tailandesas llevaban un gorro claramente tirolés, y saludaban en el idioma del cliente con un grado de acierto bastante elevado. Como los precios eran desorbitados, es decir, propios de Europa, Carol se ha conformado con una tortilla de patatas y un pan con tomate. Según Carol la tortilla era exactamente igual que las que te ponen en los bares de Barcelona. El pan con tomate, en cambio, estaba bastante bueno. Al salir nos dijeron "adiós adiós, vuelvan mañana", pero no se quitaron el sombrero tirolés para saludar, lo que nos pareció una falta de educación. No creo que volvamos.

antoñio2

Antoñio, el Zelig Tailandés, en la puerta de su restaurante.

El tren de las 8:30 Bangkok - Chiang-Mai.

Dicen que es un tren que vale la pena coger pese a las 12 horas que oficialmente dura el trayecto. Nosotros compramos los billetes y llegamos más que puntuales a la estación, a eso de las 8 de la mañana. Llegamos tan pronto que pudimos asistir a la retransmisión por megafonía del himno nacional de Tailandia, durante el cual toda la estación se queda congelada. Pero el tren no apareció. En el andén número 13 estaba el cartelito que anunciaba el tren y que coincidía con lo que ponía el billete, pero allí no había nadie, ni pasajeros esperando, ni revisores, ni tren ni vagones.  Cuando ya había pasado media hora de la  salida teórica nos dedicamos a preguntar por allí si alguien sabía que había pasado con el tren. Tres preguntas más tarde nos enteramos de que el tren se había cancelado sin más ni más. Por lo que nos dijeron, tenía algo que ver con las obras  del AVE de Barcelona, aunque no pudimos entender muy bien los detalles. Nos devolvieron el dinero y nos fuimos directos a un ciber a comprar un billete de avión por unos 30 euros cada uno. Así no hay manera de dejar de volar.

miércoles, 13 de febrero de 2008

De tapas en los Hawkers

Una de las pocas cosas que sabíamos de Singapur antes de aterrizar aquí era que su gastronomía es de lo mejorcito de Asia, que no es poco decir. En el avión ya empezamos a salivar, y en cuanto dejamos las maletas en el hotel y dormimos un poco salimos corriendo a buscar las delicias gastronómicas prometidas por las calles de Singapur. Después de dos meses de fastfood australiano y de food-courts de tres al cuarto la idea de un buen plato de lo que fuera recién cocinado nos parecía algo así como el paraíso, y la boca se nos hacía agua. Total, que hicimos tanto apetito que cuando pasamos por el restaurante español "The Tapas Tree" (no os perdáis esta review, que listos son algunos) en el barrio colonial, no pudimos evitar entrar. Pero es que tenían patatas bravas, y gazpacho, y pan con tomate, y croquetas, y lenguado... y muchísimas cosas más que no pudimos pedir por falta de presupuesto. Nos gastamos poco más de veinte euros por cabeza, nuestra comida más cara desde el restaurante ninja de Tokio, pero la verdad es que valió muchísimo la pena. ¿Y que tiene eso que ver con la gastronomía singapureña, diréis? Pues más de lo que parece. En primer lugar, porque la gracia de la comida de Singapur es que Singapur es tan pequeño que no tiene prácticamente gastronomía propia, sino que ejerce de "concentrador" de todas las cocinas de Asia y del resto del mundo. Y en segundo lugar, porque el restaurante era realmente bueno, y eso es la primera vez que lo vemos en un restaurante "español" fuera de España. En realidad, estaba bastante por encima de la media de los restaurantes españoles similares. Las bravas recién hechas, las croquetas buenísimas, el gazpacho aparentemente casero.

Aunque seguíamos con el gusanillo de la comida asiática: el tofu, la crema de coco, el pan de gambas... al día siguiente (ese día no cenamos de lo mucho y lo muy tarde que habíamos comido) volvimos al ataque. Y acabamos en un italiano que encontramos en el parque de atracciones de Sentosa, al lado de la playa. Imaginaos, el epicentro de los domingueros de Singapur, en un restaurante de playa, barato y, para más inri, "italiano". Pero era lo único que teníamos a mano... Era eso o el Ibiza Restaurant. Así que nos sentamos aún sabiendo que nos iban a poner espaguetis recalentados o pizza grasienta. Pero las cosas en Singapur no funcionan como en el resto del mundo, y lo que nos sirvieron estaba de nuevo magnífico. Sorpresa total. Luego vimos que los cocineros, que en el mejor de los casos se relacionaban con Italia porque sus antepasados recibieron a Marco Polo en la corte de Kublai-Kan, hacían los ravioli a mano a medida que los clientes iban pidiendo. Y de ahí para adelante todo igual, aunque ya en plan asiático de verdad, y por nuestra parte ajustando más el centimo de dolar. Esto último no ha sido para nada un problema, porque en Singapur se puede comer muy bien por 3 o 4 euros en los "Hawkers", que son los cuchitriles locales, herederos directos de los carritos de comida de las películas coloniales, pero ya sedentarios y centralizados en plazas. Dentro de los Hawkers, que desde fuera son fáciles de confundir con mercados, cada minilocal dispone de varias especialidades distintas: zumos, comida china, vegetariana, halal, pollo, noodles, sopas, etc... Los clientes piden en el local que quieren y se sientan en las sillas plastiqueras comunes, de forma que cada comensal puede elegir entre cientos de platos distintos, a cual más bueno y barato (de 2 € para abajo el plato). Algo así como los foodcourts de los centros comerciales, pero menos asépticos y con comida auténtica en lugar de hamburguesas prefabricadas o fideos recalentados. Por la cantidad de hawkers que hay y lo llenos que están siempre, deducimos que son lo más "propio" de la cocina singapureña, y por lo que hemos leído no son exclusivos de las clases bajas ni mucho menos. Por otra parte, aunque se ven muy cutres, parece que las medidas higiénicas en Singapur se siguen más a rajatabla que en otras regiones asiáticas, por lo que comer en sitios "poco fiables" no resulta peligroso.Y cruzamos los dedos.

Singapore3 Entre hawker y hawker nos hemos pasado por infinidad de centros comerciales y sus respectivos foodcourts, y hasta en ellos hemos comido bien. El número y variedad de restaurantes es realmente increíble, y por lo que hemos podido comprobar la competencia es tan fuerte que el que no llega a unos mínimos de calidad queda automáticamente fuera del mercado. Los platos suelen ir asociados a su lugar de procedencia, que tiene que ser lo suficientemente exótico como para llamar la atención, lo que lleva a situaciones un tanto extrañas, como el restaurante especializado en "Typical Japanese Pasta and Pizza" que vimos en el metro o el que tenemos al lado del hotel actual, el "Hong Kong Style", en el que puedes encontrar curry indio "recién traido del barrio indio de Hong Kong" o hamburguesas americanas al estilo Hong Kong (¿?).

En nuestro menú ya tenemos unos cuantos platos favoritos. Para desayunar, tostadas de pan casero con margarina y kaya (una mermelada de leche de coco y huevo) y milo (como el colacao, pero con cientos de vitaminas extra). A media mañana un zumito de caña de azucar, que te hacen al instante metiendo una caña por una trituradora de la que sale, por una parte el zumo, y por otra el residuo de la caña. Más natural imposible, y buenísima. Para comer un carrot cake, que ni es naranja, ni es dulce, sino más bien parece una tortilla algo picante. A media tarde un roti prata (parecido a un croissant plano al estilo indio) relleno al gusto y acompañado de curry ,o un rojak, la ensalada de frutas con salsa picante y masa de gamba típica de la zona. Y para cenar, chicken rice, el plato nacional singapureño (con permiso del cangrejo con chili, el laksa o el Char Kway Teow, que no hemos probado aún, y que probablemente yo no probaré).

No queremos ni pensar lo que hubiéramos podido comer si hubiéramos tenido un presupuesto más holgado, más que nada por no engordar demasiado.

domingo, 6 de enero de 2008

Novedades marujiles desde el desierto Australiano: el tiempo, la comida y la cesta de la compra.


Ahora que estamos saliendo del desierto y llegando a Adelaide podemos confirmar que los rumores que circulan de que ha habido inundaciones en el desierto son, de momento, infundados. En realidad lo de que el desierto australiano se inunde no es nada raro, pasa casi cada verano en la temporada de lluvias, que es en la que en teoría estamos. De hecho, las carreteras están bastante preparadas para tal efecto, porque en muchas de ellas hay unos postes que indican la profundidad de las posibles riadas: 20 cm, 60 cm, 140 cm... Es bastante surrealista y difícil de imaginar, pero cuando llueve, muchas carreteras quedan cortadas. Las fotos que hemos visto de tormentas en el desierto son espectaculares, pero por desgracia en las casi dos semanas que hemos pasado aquí no hemos visto más que dos días con nubes, que no nublados. Cuando hay nubes las salidas y puestas de sol son increíbles, las más bonitas que hemos visto hasta el momento, y ha sido una pena no haber tenido más. También nos hubieran venido bien para sobrellevar el calor, que creemos ha superado de largo los 40 grados de máxima. Por las noches refresca algo, hasta el punto de que durante una hora hasta te tienes que tapar con la sábana, pero durante el día es muy difícil de soportar. Por suerte tenemos piscina en todos los campings a los que vamos (hemos desistido de dormir al raso), y lo curioso es que aunque en la piscina se está de coña, al salir hace bastante frío pese a que no bajamos de los 40 grados. Suponemos que debe tener algo que ver con que la humedad ambiental es de sólo el 15%, pero no acabamos de tenerlo muy claro.


En estas circunstancias se me hace un poco difícil cocinar en la furgoneta, porque los alimentos se me adelantan y se cocinan solos. Tenemos una neverita bastante maja, pero si descontamos el espacio que ocupan las botellas de agua, limonada y cocacola (bebemos casi 4 litros por persona y día) se queda en nada. Pese a todo me apaño bastante bien, y como suele pasar cuando hay pocos recursos, he aguzado el ingenio para ampliar la dieta. Hasta hace poco estaba especialmente orgulloso de mi alioli sin mortero, pero con estos calores triunfan más mis "smoothies de plátano y coco" y mi último descubrimiento, los "Espaguetis del Día de Antes". El smoothie no tiene mucho secreto: se machacan un par de plátanos (las únicas frutas baratas que hay por aquí) en un bol con un tenedor, se le añaden dos cucharadas de azúcar para acabar de triturarlos y cuando están hechos una crema se le añade a la mezcla un vasito de crema de coco y un vaso grande de leche, ambos recién sacados de la nevera. Con una licuadora seguro que es más fácil, pero también menos divertido, y no creo que queden mejor. Los "Espaguetis del Día de Antes" son dignos de Ferrán Adrià, y superan de largo a los mundialmente famosos espaguetis Lucocitos (receta secreta, lo siento). Todos sabemos que los clásicos espaguetis con tomate, recién hechos, están buenos, pero están muchísimo mejor los que sobraron el día de antes recalentados. Nadie se atreverá a negarlo.... Pero... ¿¿como conseguir unos espaguetis del día de antes sin tener que esperar veinticuatro horas?? He ahí la cuestión. Y por pura necesidad, lo hemos averiguado. Como no tengo espacio para guardar latas normales de tomate triturado he recurrido a la pasta de tomate, que es lo mismo pero deshidratado. Ocupa una tercera parte, cuesta lo mismo, y si le añades un poco de agua sabe exactamente igual. Pero para hacer los espaguetis del día de antes la clave está en no echar agua extra. Cueces la pasta, fríes un poco de chorizo (aquí lo llaman "spanish chorizo", pero es peperoni) en aceite de oliva, y le añades la pasta de tomate. La salsa sólo necesita sofreírse tres minutos, porque ya viene deshidratada, y a continuación no hay más que añadir los espaguetis a la sartén y dejar que absorban la poca humedad que aún le pueda quedar al tomate. En 15 minutos tienes unos espaguetis exáctamente igual a los del día de ayer. Probadlo y veréis...


En las cerca de dos semanas que nos hemos pasado en el centro de Australia nos hemos gastado diariamente casi el doble de nuestro presupuesto diario, principalmente debido al alquiler del coche, que ha sido bastante caro, y de forma algo inesperada también por el precio de la gasolina. Sabíamos que aquí la gasolina es más cara que en el resto de Australia, pero la verdad es que no previmos la cantidad de kilómetros que íbamos a hacer ni lo que consume el 4x4 que nos han alquilado. Sólo desde Alice Springs hasta el Uluru, el trayecto del primer día, nos gastamos casi 120 euros de gasolina. Así las cosas, y teniendo en cuenta que los aviones, trenes y autobuses que llegan o salen de aquí son bastante caros, hemos pasado las últimas noches rezando por encontrar una relocation (cuando te dejan casi gratis una caravana para que la devuelvas a su lugar de origen) que nos permitiera salir de aquí más o menos airosos. Por suerte, encontramos una que nos venía al pelo: teníamos que recoger la caravana en Alice Springs y llevarla a Sydney en siete días, a precio simbólico de un dólar al día. Nos tiramos de cabeza, pero al cabo de un rato echamos números y vimos que la gasolina nos iba a costar 600 euros como poco, porque la ruta que pretendíamos hacer era de unos 3.500 km, a razón de más de 700 al día. Demasiados kilómetros como para disfrutarlo y demasiado dinero como para que saliera a cuenta. Por suerte, nos dejaron anular la reserva y apuntarnos a otra relocation, y ésta sólo llegaba hasta Adelaide (1.600 km) y teníamos cuatro días para hacerla. De allí hasta Sydney o Melbourne se puede ir en avión por menos de 80 euros, y en eso estamos ahora.


Moraleja si vas a visitar Australia: investiga bien el tema de las relocations y ten muy en cuenta el coste de la gasolina. En nuestra opinión, visitar toda Australia con coche o furgoneta es un desperdicio de tiempo y dinero, y sólo vale la pena hacerlo en zonas muy concretas, y para nosotros no es el caso del Uluru, al menos en pleno verano.

(La foto que abre el post es de nuestra cocina en Adelaide. Estamos en un guesthouse con una pedazo de casa que compartimos solo con otra pareja que nunca sale de la habitacion. Annie's Place se llama el sitio)

lunes, 3 de diciembre de 2007

Los Kiwis, la comida y los viajeros del camino

En un post anterior un lector anónimo nos reclamaba más información sobre gastronomía neozelandesa y sobre la gente que hayamos conocido en tierra de los Kiwi. Da para un post de cuatro líneas como mucho, así que habrá que rellenarlo un poco para que quepa por lo menos una foto.

En 40 días por aquí lo único que hemos podido averiguar sobre la cultura gastronómica neozelandesa es que o no existe o la tienen muy escondida. Lo más parecido que hemos visto a cocina local han sido los take-aways y fish and chips de comida rápida. Restaurantes con mesas, sillas y manteles sólo hemos visto thailandeses, camboyanos, malayos o turcos, así que lo poco que sabemos lo hemos deducido de los supermercados y de las guías de viaje. En el primer super que visitamos nos dimos cuenta de que los formatos dominantes eran los king-size, giant-size y elephant-size, especialmente si se trataba de salchichas, bacon, jamón o cordero. Suponemos que como los núcleos de población son muy poco densos las familias bajan a abastecerse a los pueblos cada dos o tres semanas y lo compran todo por toneladas. También es cierto que la corpulencia y, por que no decirlo, el sobrepeso evidente del 70% de los neozelandeses nos induce a pensar que aquí la gente come bastante a lo bruto. Las salchichas de todo tipo y tamaño predominan sobre el resto de productos del supermercado, aunque la verdad es que también tienen una buena variedad de verduras y frutas que seguramente usan como decoración. Sabemos también que en algunas regiones tienen mucha fama los crayfishes (una especie de cangrejos) y los whitebait. Estos últimos son una especie de anguilas pequeñas y transparentes, casi fideos, que se pescan con una red parecedida a un cazamariposas y se venden por litros. Al parecer los fríen rebozados en harina y los comen enteros, ojos incluídos, a modo de delicatessen.

Las librerías que hemos visitado, todas ellas clónicas y más bien poco provistas, también nos han servido para sacar algunas conclusiones respecto a la dieta neozelandesa. Al parecer aquí una buena comida no se va a comprar al super de al lado de casa, sino que se va a buscar a su origen, ya sea éste una montaña de 2000 metros, un rio inaccesible o las rocas de un acantilado. Hemos visto varios libros de recetas en los que la primera parte de cada una de ellas consiste en un mapa con la zona de pesca o caza recomendada para obtener los ingredientes y en los que las fotos no son del plato acabado sino del producto vivo, del paisaje o de los cazadores en plena tarea. Es normal que con tanta afición al campo haya infinidad de revistas sobre pesca y caza, pero nos ha sorpendido lo especializadas que llegan a ser. Las dedicadas en exclusiva a la caza del jabalí son las que más nos han impactado. En primer lugar porque no entendemos como puede haber mercado para cuatro revistas distintas sobre caza del jabalí si son menos de cuatro millones de neozelandéses, y en segundo lugar por la bestialidad de las imágenes que publican, llenas de machetes ensangrentados, cazadores posando mientras destripan a sus presas o adolescentes acarreando a la espalda jabalies que son casi más grandes que ellos.

En realidad nuestra relación con la comida neozelandesa ha sido bastante puntual, casi tan puntual como nuestra relación con los Kiwis, con los que sólo hemos hablado para pagar en las gasolineras, campings y supermercados. En contadas ocasiones la conversación se ha alargado más de lo justamente necesario, en los más de los casos porque el kiwi iba a lo suyo y en otras porque el idioma les tiraba para atrás. Era curioso ver como los kiwis más extrovertidos y campechanos se iban haciendo pequeñitos cuando se daban cuenta de que no eras de allí y, sobretodo, no les entendías ni la mitad de lo que decían en su cerradísimo inglés. En cuanto veían que la conversación iba a ser un poco complicada se les mudaba la cara y empezaban a dar pasitos hacia atrás disimuladamente, como queriendo huir. Viniendo de Japón, donde la gente te entendía y se hacía entender con cuatro palabras, nos ha resultado doblemente chocante que en Nueva Zelanda fuera tan problemático comunicarse, así que entre eso y los días y días que nos hemos pasado aislados en el campo no es de extrañar que se nos soltara la lengua en cuanto encontrábamos una oportunidad.

Que la verdad es que no fueron muchas. Aparte de los días que pasamos con David y Marta sólo hemos tenido conversaciones más o menos largas con la jefa del caping Top10 de Whangarei, que había vivido en Barcelona hacía muchos años y hablaba castellano, con el dueño del camping de Dunedin, que había visitado Barcelona y la Costa Brava ese mismo verano y con la chica de Ezy Rentals que nos llevó al aeropuerto, que estaba enamorada de Barcelona. Es que Barcelona aquí triunfa bastante (bastante más que Madrid :P) y en un libro que ojeamos incluso hablaban de mi barrio del Clot, concretamente de la estación de cercanías. La autora decía algo así como "Con un nombre como Clot (boquete) era evidente que se tenía que vengar del mundo y hacérnoslo pagar de alguna forma. Estuvimos perdidos allí durante dos horas...". Lástima que la señora no pueda estar allí ahora y ver como ha mejorado el servicio de cercanías en estos últimos diez años... XD.

En fin, que con los kiwis no hemos hecho muchas migas. Con los viajeros del camino algunas más. Coincidimos con dos valencianos muy majos (Carla & company) en la cocina del camping del Tongariro. Estaban un poco atabalats porque tenían quince días para ver toda Nueva Zelanda y andaban liados con planos y timings, pero tuvieron tiempo para dejarnos unos platos y cubiertos que nos habíamos olvidado en la caravana (gracias!). Luego, mientras veíamos los pancakes de Punakani (¿?) con David y Marta, conocimos a cuatro catalanes talluditos, que nos triplicaban en energía, que llevaban un plan muy similar al nuestro y que se notaba que también tenían ganas de hablar. De ellos aprendimos una nueva palabra que se nos ha quedado grabada y ya no vamos a dejar de utilizar: "los powers", que equivalen a una unidad de la moneda local del sitio en el que estás. ¿Cuanto vale esto? 20. ¿Pero 20 que? ¿20 euros, 20 yenes, 20 rupias, 20 dolares...? 20 powers, y así no tienes que concentrarte en recordar que moneda estás usando en ese momento. Genial, sobretodo cuando cambias de país con más frecuencia que de ropa interior. Nos intercambiamos consejos y aventurillas varias y tras apuntarnos los mails los integrantes del equipo "Mejillón" seguimos para el norte mientras el equipo "Powers" bajaba para el sur. Semanas más tarde nos volvimos a encontrar en Queenstown, como no, en los lavabos públicos y ahí se nos acumuló el trabajo, porque todos teníamos ganas de hablar pero... unos se tenían que ir al aeropuerto, otros estuvimos mirando un transformador que no funcionaba, comparando rutas, etc.. y todos teníamos que pasar por el lavabo, que por eso estábamos allí. Nos despedimos de Maite, Manu & Powers conscientes de que iba a pasar tiempo hasta que volviéramos a conversar con alguién más y con la esperanza de reencontrarlos en Indonesia, Malasia o cualquier otro rincón de Asia.

Lo mejor y lo peor de Nueva Zelanda es que aquí la gente es casi una anécdota. Aunque hemos disfrutado muchísimo con los paisajes, las caminatas y los animalejos (hasta el punto de que creemos que jamás encontraremos un país comparable) hemos echado en falta el dinamismo y la sobreestimulación de las ciudades. Ahora, recién aterrizados en Brisbane , que nos recuerda vagamente a Barcelona, somos más conscientes todavía de lo urbanitas que somos, y de lo mucho que nos gusta sentarnos en un banco y ver pasar a la gente. Por cierto, lo de que casi todos los australianos tienen un antepasado carcelario tiene pinta de ser verdad, al menos a vista de banco callejero...







Comunicacion estilo Kiwi

lunes, 1 de octubre de 2007

El corazón de las tinieblas

Antesdeayer por la noche, mientras pasábamos los vídeos y las fotos al ordenador en nuestra habitación, oímos un ruido en el exterior que hasta la fecha sólo habíamos conocido por las películas del Miyazaki. Sonaba así como "brbbrbrbrbrboooo",  y según los anime no anuncia nada bueno. Efectivamente, ayer la temperatura bajó más de diez grados y de repente ya estamos en otoño, con fresquito y lluvias diarias.

No alteramos el calendario de excursiones alrededor de Tokio y pese a la lluvia nos fuimos a Kawagoe, que está a aproximadamente media hora en tren de aquí y que prometía ser interesante. Entre que llovía bastante, que ibamos empapados, y que no encontramos nada digno de ver en los 20 minutos que deambulamos por las calles de Kawagoe decidimos volvernos y dedicar la tarde a descansar un poco, cosa que no conseguimos. Se hizo de noche y seguía lloviendo, y nosotros no podíamos conciliar el sueño. A eso de las dos de la mañana, todavía lloviendo, nos desvelamos definitivamente debido a uno de esos espectáculos que organizan por aquí para entretener al personal y que consiste en hacer temblar el suelo, las paredes y las dentaduras postizas. Sólo cinco segundos de tembleque, pero bien aprovechados. Según Carol a ella le dió tiempo de pensar en un protocolo de emergencia que vió en un capítulo del Equipo A pero por mi cabeza creo que sólo pasó una frase: "Ostras, un  terremoto, que chulo".  A Carol el terremoto le ayudó a quedarse sopa, seguramente tranquilizada por su dominio del control de riesgos, y se durmió con una mitad del cuerpo en la cama, la otra en el futón y la melena desparramada por el resto de la habitación. Yo, por el contrario, estaba cada vez más inquieto y ver a Carol en plan niña del exorcista no ayudaba, así que me senté en el trozo de futón que me quedaba y me dediqué a editar un vídeo que tenía pendiente. En algún momento había dejado de llover, pero todavía se oían los ruidos de las gotas cayendo desde el tejado y bajando a través de los canalones. Y yo, que andaba ya con los ojos como platos y los nervios de punta, los confundía con voces que me llamaban como desde lo profundo del océano. No tenía ningún sentido, pero me parecía oir algo así como "verderverdeverdeensaldaverdeverde". Estuve a punto de despertar a Carol para ver si ella también lo oía, pero decidí que era más seguro bajar a la calle y comprobarlo por mi mismo.

En la calle, a las cuatro y media de la mañana y con un poco de chirimiri ocasional, no había nadie ni nada para ver, así que me fui a dar un paseo con mi paraguas y mi bolso/mochila para ver si me entraba el sueño. No habia recorrido ni cien metros cuando llegué al puente del primer río que rodea nuestro barrio y me detuve para ver hasta donde había subido el nivel del agua después de tanta lluvia. En realidad más que un río es un canal de color negro-verdoso en el que de vez en cuando nada algún pato, pero esta vez lo que había nadando no era un pato sino un señor con un traje de neopreno que al parecer emergía de las profundidades del canal. Salió del agua, y todavía chorreante se me acercó y me dijo: "La pizza la quiere con anchoas o sin anchoas?", a lo que instintivamente contesté "Sin anchoas, por favor". "Muy bien, sígame", me dijo el buzo en un perfecto castellano con acento de l' Hospitalet. No se por qué lo hice, pero le seguí por las calles de Monzen-Nakacho hasta llegar al metro. Allí se detuvo, me pidió 20 yenes que al parecer le faltaban y a continuación compró un billete. Era el primer tren de la mañana, así que el andén estaba bastante desierto. El buzo y yo nos colocamos en frente del vagón sin aire acondicionado y esperamos pacientemente a que llegase el tren. "Así que vegetariano el nene...", me dijo mientras me miraba de reojillo a través de las gafas. Iba a decirle que también como jamón del bueno si la ocasión se presta, pero justo en ese momento se dedicó a soplar por el tubo para achicar agua y no me atreví a interrumpirle. Cuatro paradas más tarde nos bajábamos del vagón y salimos al exterior de la estación de Tsukijisho.

Ya empezaba a verse la luz del día, y en la calle había un gran movimiento de gente por todos lados. Al parecer a nadie le extrañaba que un buzo deambulase por allí a las cinco de la mañana, así que empecé a pensar que sería alguna atracción usual en Tokyo y me tranquilicé. Pero poco me duró, porque a los pocos metros de retomar nuestro camino me di cuenta de hacia donde íbamos y caí presa del pánico. Comprendí que toda aquella gente iba y venía hacia el mismo sitio: el corazón de las tinieblas. Y no iban solos. Cada uno de ellos llevaba bajo el chubasquero una de esas asquerosas criaturas de las que tanto me habían hablado y que últimamente me encontraba en todos sitios. El buzo me fue empujando hacia adelante con gritos de "Pero si no sabe a nada...",  y aunque yo no quería llegué hasta el criadero de las bestias. Allí sólo había japoneses ataviados con botas, chubasqueros y cuchillos largos como espadas que al parecer estaban velando por las criaturas. Estas eran grandes como una persona y negras como el betún, lo que contrastaba con las camas blancas y heladas en las que reposaban. Intenté huir, pero no pude evitar ver como las criaturas se iban descomponiendo en pequeños trozos y abandonaban sus camas, mezclándose con todo a su alrededor. Eran millones y aunque ya eran tan pequeños que no podía verlos notaba que estaban allí y que venían a por mi. Por fin, conseguí zafarme del buzo y salir corriendo. "Pero si tienen muchas proteínas... Te dejas lo mejor!!!" me gritaba mientras me alejaba. Corrí hasta llegar al metro, y una vez allí me aseguré de que no me seguían, cambié cuatro veces de tren por si acaso y finalmente llegué al apartamento.

Carol seguía durmiendo, pero yo estaba tan cansado que tuve que apartarle un brazo para poder abrir la nevera y conseguir algo de agua fresca. No se como lo hicieron, pero estaban esperando dentro del congelador. Creo que no nos va a quedar más remedio que huir de Tokio....

sábado, 22 de septiembre de 2007

De Ninjas y Karaoke

Ayer Paula y David cogieron el avión de vuelta a Barcelona. Ocho días después de su llegada se volvían con una maleta más, repleta de monigotes, zapatillas tokiotas última moda, gadgets electrónicos y un bajo. Los días que hemos pasado con ellos en Tokio han sido una mezcla de surrealismo y compras. De esto último Alberto se ha escaqueado algo con la excusa de su catarro, pero David ha sufrido días enteros de Paula y yo entrando y saliendo de tiendas.

Estos últimos días hemos estado un poco (más) descontrolados de sueño. Habitualmente yo no suelo aparecer por casa antes de las 11 de la noche y Alberto un poquito antes, por eso de que no está hecho a andar. Los últimos trenes en Tokyo salen entre las 12 y la 1 de la noche y, a excepción de un día que casi pierdo el último (Miguel Angel perdió el suyo y por cabezonería de ir andando llegó a casa casi las 4 de la mañana), siempre vengo en esos últimos. Alberto a las 7 ya le entra el muermo y se viene para estar en casa 9 y media, lo justo para ver el Casimiro. Pero estos días con Paula y David aquí hemos alargado los días y no nos han dejado irnos a dormir antes de las 3. Además en cuanto Alberto se ha recuperado hemos vuelto a sacar la lista de planes y no hemos parado.

El martes, tras una maratón de compras por Asakusa, y con David ausente en cena de negocios, teníamos dos opciones para cenar. Paula se había encontrado con un australiano(¿?), que le había recomendado dos restaurantes: uno en el que te tenías que pescar tu propia cena y otro de ninjas. El primero tenía más puntos, así a bote pronto, pero el que Alberto sea vegetariano lo complicaba. Pescarte tu propio tofu no tiene mucha gracia. Eso nos dejaba el de los ninjas como primera opción, que fue por la que nos decidimos. Teníamos como indicaciones la estación de metro y la referencia de un hotel, en el que se suponía que estaba. Al llegar al hotel nos encontramos con 40 plantas de superlujo y ni rastro del restaurante. Mientras Alberto y yo todavía ideábamos una estrategia para entrar y preguntar si allí había un restaurante de ninjas sin perder la dignidad, Paula ya estaba recibiendo instrucciones de un policía que con ayuda de un compañero al walkietalkie nos puso en la dirección correcta. Un poco más allá, por fin llegamos, sin saber qué nos íbamos a encontrar. Bajamos unas escaleritas para adentrarnos en una recepción que sabíamos que era tal porque una japonesa sonriente nos dió las buenas noches, pero que de no ser por ella, nos hubiéramos creído en la entrada al pasaje del terror. Paredes, techos y suelos negros y ninguna puerta a la vista. Glubs. Al aceptarnos para cenar sin reserva previa y tras dar unos golpetazos en una pared de madera, otra japonesa, vestida de ninja, salió a recibirnos por una puertecilla de madera que había escondida. Nos fue guiando por pasadizos y puentes "muy peligrosos" hasta nuestra mesa, que estaba dentro de un camarote que parecía salido de Piratas del Caribe. En realidad, el paseíllo que nos dió tenía más de infantil que de emocionante, pero nosotros íbamos con la risa puesta y nos pareció muy divertido. Una vez allí vimos que en la pared había una frase en castellano, que no recuerdo, y que había escrito en su visita al restaurante este mismo año el mismito Ferrán Adrià. Ya es casualidad. Nos enseñaron un menú con unos precios que se nos salían del presupuesto (yo ya me ví que me iban a tener a pan bimbo durante días, pero pensé, que me quiten lo bailao). En estos sitios temáticos, y con la referencia de los que hay en España, uno se espera un espectáculo más o menos bueno, y una comida mala, sin excepción. En cambio, lo que pedimos en el Ninja estaba de muerte. Incluso prepararon un plato especial vegetariano para Alberto, que quedó tan contento que "nos" ha perdonado pasarnos del presupuesto.

Después de la espléndida cena, quedamos con David, que había sido liberado de sus obligaciones de músico esforzado, para una noche de karaoke. Ni que decir tiene que David nos barre a todos, pero como hay confianza y poca vergüenza, nosotros nos lanzamos a cantar lo que sea. De la noche hay un video, claro, pero está guardado bajo cuatro llaves y sólo saldrá a la luz cuando la tecnología permita modificar digitalmente nuestras voces para que sonemos como Albano y Romina Power. Una cosa que nos sorprendió del karaoke es que tenía un sistema por el que las luces se encendían si nadie cantaba y cuando registraba una voz, las cambiaba por unas de esas azules que hacen que parezca que estás debajo del agua. Otra fue que en su lista de hits en inglés tenían una canción de The Merrymakers, "Monument of me", que David nos obligó a cantar mientras nos daba instrucciones "más alto! ahora más bajo!". Qué moral. Yo abría un poco más la boca cuando decía "alto", porque se lo había visto hacer a Rosa en Eurovisión, pero claro, eso me desconcentraba de mi intento de no emitir muchos gallos y no hacía sino empeorar la cosa.

Al día siguiente, que para Alberto y para mí empezó bastante tarde, y con David también ocupado, quedamos con Paula en Shibuya y de ahí nos fuimos a Roppongi. David estaba por allí cerca haciendo una entrevista para la tele y esperábamos que después de su cena de trabajo pudiera escaquearse un rato. Paula nos había hablado de unos margaritas de fresa de un bar de esa zona y allí nos fuimos a probarlos. Nos cenamos unas pizzas y nos bebimos unos margaritas de fresa, que eran lo menos de medio litro cada uno. Cuando estábamos en ello nos llamó David para que nos uniéramos a su grupo de cena, que consistía en June, a la que ya conocíamos, y otros dos de la misma compañía, en un bar llamado Abbey Road. La temática del bar es fácil de adivinar: The Beatles. Una vez en el bar nos encontramos con 5 japoneses tocando canciones de los Beatles (sí, cinco, aunque uno medio escondido), el grupo de David sentado en una mesa y en otras 4 o 5 japoneses en distintos estados de embriaguez cabeceando al ritmo de la música. Tras las presentaciones y como el ambiente estaba bastante amuermado, la cosa acabó pronto y pudimos marcharnos a nuestro aire.

Al llegar a un cruce David preguntó a unas chicas por el bar que anunciaban, que resultó ser sólo de sake, en el que encima cobraban entrada. Menos mal que la propia camarera nos rescató de allí y nos acompañó a otro más adecuado a lo que buscábamos. En buena hora, pensaría el del bar. Y me explico. Nada más sentarnos David, como el camarero hablaba un poco de inglés, empezó a darle conversación. Que si somos de Suecia y España, que si hazme el cóctel que quieras. Como entre el camarero y nosotros había un acuario de unos 20 cms de alto que rodeaba toda la barra, que era redonda, pronto la conversación derivó hacia ahí. El camarero muy emocionado nos contó que ese día le habían nacido seis peces, guppys, y nos mostró unas barreras que había colocado entre los recien nacidos y los huevos, y entre los huevos y el resto de peces. Nos decía que las había colocado así porque si no los peces grandes se le comerían los recién nacidos, y los huevos también. Se masca la tragedia, eh. Pues sí, David al devolverle los menús los metió por error en el acuario, y cuando nos dimos cuenta ya se habían hundido derribando a su paso la obra de ingeniería que había construído el pobre camarero. Como pudimos sacamos los menús y volvimos a levantar todo mientras el camarero venía corriendo con las manos en la cabeza. Luego decía, no, si no pasa nada, pero le caía una lágrima cuando contaba señalando con el dedo las crías que le habían sobrevivido al accidente. Éste ya no vuelve a comprar en Ikea en la vida.

Desde que se han ido Paula y David el ritmo de las salidas ha descendido considerablemente. Ahora nos acostamos más prontito y nos levantamos más tarde. Hemos hecho compras que teníamos pendientes y hemos salido a hacer fotos, esto último había sido incompatible con la vida social. Antes de ayer pasamos el día en Shinjuku y por fin vimos a los gigolós intentando cazar chicas cerca de la salida Este. Muy cerca de ahí, pasando las vías de la Japan Rail, descubrimos un pasadizo lleno de yakitoris (bares de pinchos a la brasa) donde tenemos que volver, a comer y a hacer fotos. Pongo una para que lo veáis.

Me chiva Alberto que la frase de Ferrán Adrià era "La cocina es magia". Ejem.