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miércoles, 5 de noviembre de 2008

Tokio, qué paz! (Versión 2008)

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Una de las cosas que me gustan de Japón es que por las mañanas puedo ir a una cafetería, sentarme a estudiar y que nadie me moleste. No se me sienta al lado el que habla alto por el móvil para que todos oigamos lo importante que es su trabajo ni la que le cuenta a la amiga su fin de semana a voz en grito. Aquí como mucho te toca el que estornuda avergonzado del sonido que produce, la que habla bajito por el móvil o los amigos que hablan para ser escuchados sólo por ellos mismos. Para mí, que tengo el oído asquerosamente fino, esto es un paraíso.

Las cafeterías en las que suelo tomar café también son frecuentadas por estudiantes japoneses, por oficinistas, parejas o grupos de amigos. Aunque sea hora punta y estén hasta la bandera, casi todo el mundo es consciente de que para vivir con comodidad en una ciudad es imprescindible no molestar al de al lado. En Tokio esa manera de pensar se manifiesta en muchos gestos a lo largo del día.

También me gusta ver como Tokio está lleno de gadgets que en España aún no se utilizan y que sirven para hacerle la vida un poco más fácil a uno. Ya hablamos de los wateres con chorritos. También en los lavabos hay papeleras y grifos que sin tocarlos se ponen a funcionar y sillas en los cubículos para que las madres dejen a los bebés mientras hacen pis (aquí muchas mujeres llevan a los bebés colgados con arnés, en lugar de cochecito, y claro, a la hora de ir al baño es un problema).

Me gusta que me den una bolsa para meter el paraguas mojado al entrar al centro comercial los días de lluvia. Y que el dependiente del super de al lado de mi casa me dé las gracias en inglés pese a tener tropecientos años y no mirarme a los ojos al decirlo.

En el caso del super, estoy segura de que el hombre ha hecho ese esfuerzo muy a propósito pero ni siquiera me ha mirado. Aquí prima la sutileza y el hecho de que un señor en un super de barrio te hable en inglés es un detalle que es fácil pasar por alto, y más si mira al suelo mientras lo dice. La comunicación en japonés es increíblemente vaga e indirecta y requiere su tiempo aprender a darse cuenta de pequeños detalles como ese. Yo no tengo ninguna duda de que meto la pata a diario por no captarlos.

Hablando de abuelillos japoneses, el otro día cuando estaba a punto de salir por la puerta de casa, llamaron al timbre. Al abrir dos viejecitas extremadamente chiquititas me miraban con cara de sorpresa desde el otro lado. Parecían sacadas de una película del estudio Ghibli, tan diminutas y tan pegadas la una a la otra. Me saludaron sonrientes y me preguntaron si hablaba algo de japonés. Al decirles que un poquito, sacaron un folleto estilo testigos de Jehová, con sus puestas de sol y sus niños. Me preguntaron si podía leerlo y les dije que no (igual si me daban tres años y un diccionario, se lo leía), y ellas, hay alguien en la casa que lo pueda leer? y yo, pues es que somos todos guiris estudiantes. Y disculpándose ,entre sonrisas, retrocedieron unos pasitos con mucho sigilo y desaparecieron calle abajo. Menos mal que me quedé con el papel en la mano, sino habría pensado que eran una aparición.

Os dejo una actuación que me encontré el otro día en el Sunshine City, un centro comercial cerca de Ikebukuro. Anda que no va sobrado el tío.

sábado, 25 de octubre de 2008

Puffy Amiyumi: las vueltas que da la vida

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Mientras nosotros andábamos dando botes por Asia mi hermana Paula y mi pre-cuñado (David, el año que viene, si Dios, la familia cercana, la familia lejana, la falta de presupuesto o el oleaje en Estocolmo no lo impiden, será oficialmente mi cuñado) cuidaban de nuestra casa y de los gatos en Barcelona. Les hemos dado las gracias montones de veces, porque realmente sin ellos no nos habría sido posible marcharnos de viaje. Antes de que decidieran coger sus trastos en Estocolmo, alquilar su piso e irse un año a Barcelona yo andaba bastante preocupada pensando qué hacer con los gatos. Tengo que reconocer que son angustias de histérica y que me augura un futuro de absoluto sufrimiento como madre, pero estoy resignada.

La idea de que mi gato Tarikito y mi gata Chilindrina pasasen un año en casa extraña me tenía atrapada y llenaba mis pesadillas. Cuando Paula y David anunciaron su intención de irse a Barcelona 35 toneladas de peso se cayeron de mis hombros como por arte de magia. Alberto y yo, por supuesto, firmamos al instante. Y es que sabíamos que los gatos con Paula y David iban a estar no como con nosotros, mejor aún. Y así ha sido.

En este año mientras Paula se dejaba los días currando en el IRB de Barcelona, David se los pasaba en casa dándole al coco y al piano. Viendo los vídeos y las fotos que nos enseñaron después parecía que teníamos en casa a Richard Clayderman.

Tantas horas aporreando teclas al final dieron como resultado una canción que ha visto la luz este verano en Japón. Se llama "My story" y la cantan el grupo Puffy, dos japonesas muy chiquitillas que tienen mucho éxito aquí y hasta una serie de dibujos animados en la Cartoon Network americana.

En los días que llevo en Japón he oído ya varias veces la canción en comercios y la ponen en la tele en un anuncio de Kanebo. El año pasado cuando estuvimos aquí incluso vimos aparecer el vídeo de una canción de David para Puffy en las pantallas de Shinjuku. Ahora, cuando oigo el nuevo single, no puedo evitar pensar que lo escribió David en el salón de nuestra casa en Barcelona, a miles de kilómetros de aquí, con Chilindrina durmiendo al lado y alucino de pensar las vueltas que da la vida.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Mi cámara nueva también graba videos

Update: El link al video estaba mal, pero como en Firefox se veía bien no me he dado cuenta. Ahora ya podéis ver el video que realmente quería poner y no uno repetido. Gracias por el apunte calycanto.

Y lo que me he alegrado cuando me he encontrado esto:


sábado, 22 de septiembre de 2007

De Ninjas y Karaoke

Ayer Paula y David cogieron el avión de vuelta a Barcelona. Ocho días después de su llegada se volvían con una maleta más, repleta de monigotes, zapatillas tokiotas última moda, gadgets electrónicos y un bajo. Los días que hemos pasado con ellos en Tokio han sido una mezcla de surrealismo y compras. De esto último Alberto se ha escaqueado algo con la excusa de su catarro, pero David ha sufrido días enteros de Paula y yo entrando y saliendo de tiendas.

Estos últimos días hemos estado un poco (más) descontrolados de sueño. Habitualmente yo no suelo aparecer por casa antes de las 11 de la noche y Alberto un poquito antes, por eso de que no está hecho a andar. Los últimos trenes en Tokyo salen entre las 12 y la 1 de la noche y, a excepción de un día que casi pierdo el último (Miguel Angel perdió el suyo y por cabezonería de ir andando llegó a casa casi las 4 de la mañana), siempre vengo en esos últimos. Alberto a las 7 ya le entra el muermo y se viene para estar en casa 9 y media, lo justo para ver el Casimiro. Pero estos días con Paula y David aquí hemos alargado los días y no nos han dejado irnos a dormir antes de las 3. Además en cuanto Alberto se ha recuperado hemos vuelto a sacar la lista de planes y no hemos parado.

El martes, tras una maratón de compras por Asakusa, y con David ausente en cena de negocios, teníamos dos opciones para cenar. Paula se había encontrado con un australiano(¿?), que le había recomendado dos restaurantes: uno en el que te tenías que pescar tu propia cena y otro de ninjas. El primero tenía más puntos, así a bote pronto, pero el que Alberto sea vegetariano lo complicaba. Pescarte tu propio tofu no tiene mucha gracia. Eso nos dejaba el de los ninjas como primera opción, que fue por la que nos decidimos. Teníamos como indicaciones la estación de metro y la referencia de un hotel, en el que se suponía que estaba. Al llegar al hotel nos encontramos con 40 plantas de superlujo y ni rastro del restaurante. Mientras Alberto y yo todavía ideábamos una estrategia para entrar y preguntar si allí había un restaurante de ninjas sin perder la dignidad, Paula ya estaba recibiendo instrucciones de un policía que con ayuda de un compañero al walkietalkie nos puso en la dirección correcta. Un poco más allá, por fin llegamos, sin saber qué nos íbamos a encontrar. Bajamos unas escaleritas para adentrarnos en una recepción que sabíamos que era tal porque una japonesa sonriente nos dió las buenas noches, pero que de no ser por ella, nos hubiéramos creído en la entrada al pasaje del terror. Paredes, techos y suelos negros y ninguna puerta a la vista. Glubs. Al aceptarnos para cenar sin reserva previa y tras dar unos golpetazos en una pared de madera, otra japonesa, vestida de ninja, salió a recibirnos por una puertecilla de madera que había escondida. Nos fue guiando por pasadizos y puentes "muy peligrosos" hasta nuestra mesa, que estaba dentro de un camarote que parecía salido de Piratas del Caribe. En realidad, el paseíllo que nos dió tenía más de infantil que de emocionante, pero nosotros íbamos con la risa puesta y nos pareció muy divertido. Una vez allí vimos que en la pared había una frase en castellano, que no recuerdo, y que había escrito en su visita al restaurante este mismo año el mismito Ferrán Adrià. Ya es casualidad. Nos enseñaron un menú con unos precios que se nos salían del presupuesto (yo ya me ví que me iban a tener a pan bimbo durante días, pero pensé, que me quiten lo bailao). En estos sitios temáticos, y con la referencia de los que hay en España, uno se espera un espectáculo más o menos bueno, y una comida mala, sin excepción. En cambio, lo que pedimos en el Ninja estaba de muerte. Incluso prepararon un plato especial vegetariano para Alberto, que quedó tan contento que "nos" ha perdonado pasarnos del presupuesto.

Después de la espléndida cena, quedamos con David, que había sido liberado de sus obligaciones de músico esforzado, para una noche de karaoke. Ni que decir tiene que David nos barre a todos, pero como hay confianza y poca vergüenza, nosotros nos lanzamos a cantar lo que sea. De la noche hay un video, claro, pero está guardado bajo cuatro llaves y sólo saldrá a la luz cuando la tecnología permita modificar digitalmente nuestras voces para que sonemos como Albano y Romina Power. Una cosa que nos sorprendió del karaoke es que tenía un sistema por el que las luces se encendían si nadie cantaba y cuando registraba una voz, las cambiaba por unas de esas azules que hacen que parezca que estás debajo del agua. Otra fue que en su lista de hits en inglés tenían una canción de The Merrymakers, "Monument of me", que David nos obligó a cantar mientras nos daba instrucciones "más alto! ahora más bajo!". Qué moral. Yo abría un poco más la boca cuando decía "alto", porque se lo había visto hacer a Rosa en Eurovisión, pero claro, eso me desconcentraba de mi intento de no emitir muchos gallos y no hacía sino empeorar la cosa.

Al día siguiente, que para Alberto y para mí empezó bastante tarde, y con David también ocupado, quedamos con Paula en Shibuya y de ahí nos fuimos a Roppongi. David estaba por allí cerca haciendo una entrevista para la tele y esperábamos que después de su cena de trabajo pudiera escaquearse un rato. Paula nos había hablado de unos margaritas de fresa de un bar de esa zona y allí nos fuimos a probarlos. Nos cenamos unas pizzas y nos bebimos unos margaritas de fresa, que eran lo menos de medio litro cada uno. Cuando estábamos en ello nos llamó David para que nos uniéramos a su grupo de cena, que consistía en June, a la que ya conocíamos, y otros dos de la misma compañía, en un bar llamado Abbey Road. La temática del bar es fácil de adivinar: The Beatles. Una vez en el bar nos encontramos con 5 japoneses tocando canciones de los Beatles (sí, cinco, aunque uno medio escondido), el grupo de David sentado en una mesa y en otras 4 o 5 japoneses en distintos estados de embriaguez cabeceando al ritmo de la música. Tras las presentaciones y como el ambiente estaba bastante amuermado, la cosa acabó pronto y pudimos marcharnos a nuestro aire.

Al llegar a un cruce David preguntó a unas chicas por el bar que anunciaban, que resultó ser sólo de sake, en el que encima cobraban entrada. Menos mal que la propia camarera nos rescató de allí y nos acompañó a otro más adecuado a lo que buscábamos. En buena hora, pensaría el del bar. Y me explico. Nada más sentarnos David, como el camarero hablaba un poco de inglés, empezó a darle conversación. Que si somos de Suecia y España, que si hazme el cóctel que quieras. Como entre el camarero y nosotros había un acuario de unos 20 cms de alto que rodeaba toda la barra, que era redonda, pronto la conversación derivó hacia ahí. El camarero muy emocionado nos contó que ese día le habían nacido seis peces, guppys, y nos mostró unas barreras que había colocado entre los recien nacidos y los huevos, y entre los huevos y el resto de peces. Nos decía que las había colocado así porque si no los peces grandes se le comerían los recién nacidos, y los huevos también. Se masca la tragedia, eh. Pues sí, David al devolverle los menús los metió por error en el acuario, y cuando nos dimos cuenta ya se habían hundido derribando a su paso la obra de ingeniería que había construído el pobre camarero. Como pudimos sacamos los menús y volvimos a levantar todo mientras el camarero venía corriendo con las manos en la cabeza. Luego decía, no, si no pasa nada, pero le caía una lágrima cuando contaba señalando con el dedo las crías que le habían sobrevivido al accidente. Éste ya no vuelve a comprar en Ikea en la vida.

Desde que se han ido Paula y David el ritmo de las salidas ha descendido considerablemente. Ahora nos acostamos más prontito y nos levantamos más tarde. Hemos hecho compras que teníamos pendientes y hemos salido a hacer fotos, esto último había sido incompatible con la vida social. Antes de ayer pasamos el día en Shinjuku y por fin vimos a los gigolós intentando cazar chicas cerca de la salida Este. Muy cerca de ahí, pasando las vías de la Japan Rail, descubrimos un pasadizo lleno de yakitoris (bares de pinchos a la brasa) donde tenemos que volver, a comer y a hacer fotos. Pongo una para que lo veáis.

Me chiva Alberto que la frase de Ferrán Adrià era "La cocina es magia". Ejem.

martes, 18 de septiembre de 2007

De marcha por Yoyogi Park

Si habeis ido leyendo los posts ya sabreis que hemos ido a un par de conciertillos de grupos locales y a espiar a los modernikis (por llamarlos de alguna manera) de Yoyogi Park, así que como bien habeis deducido nos hemos convertido en unos auténticos expertos en música popular japonesa. Tras realizar sesudos estudios y siguiendo el más estricto método científico, hemos llegado a las siguientes conclusiones:

1) Toda buena canción debe tener una buena coreografía. Los fans tienen que saber que hacer con sus brazos y sus piernas en un concierto, de lo contrario pueden autolesionarse debido al exceso de ansiedad.

2) Entre canción y canción deben dejarse al menos 5 o 10 minutos de descanso, que no de silencio. Los cantantes amenizarán la espera con sorprendentes e improvisados monólogos, incomprensibles hasta para los mismos japoneses. En caso de que vean que el público se duerme (aquí no bostezan para avisar, se duermen directamente) pueden recurrir a aquello de.... "Urmmm a ver que les cantamos ahora a estas buenas gentes... Alguna sugerencia??? ", cualquier cosa con tal de fomentar el debate. Es importante decir "chotto" (chotto = un poquito) muy a menudo, y ponerse trágicos de vez en cuando.

3) Por lo menos un miembro del grupo debe ir disfrazado de vaquita o de oso, especialmente si tocan hard-rock. Salir al escenario con ropa de calle es sólo para las nenazas.

4) El fenómeno "fan" no va a asociado a un tipo de música concreto. Si no tienes fans, haz que venga a verte tu familia, pero por favor, no toques sin un público que se sepa todas las canciones y coreografías. La proporción mínima aceptable para tocar en público es de un fan por cada músico.

5) A diferencia de lo que pasa en España, aquí tienes que saber cantar y tocar antes de tirarte al ruedo. Si te tienes que poner cachas para tocar la batería, te pones, y si te tienes que pasar 12 horas al día ensayando, las ensayas. Y las poses te las aprendes bien. Que las canciones sean chulas importa menos, lo que manda es la técnica.

6) Si tienes más de 12 años, lo sentimos, es demasiado tarde para que puedas triunfar. Japón está totalmente dominado por una empresa, de cuyo nombre no me acuerdo, que controla a todos los grupos de japan pop. Al parecer reclutan a niños de entre 12 a 15 años y los entrenan durante dos o tres años. A eso de los 18 empiezan su carrera mediática, que suele acabar a los 22 o 23...

Os adjunto un vídeo rodado en Yoyogi Park con algunos ejemplos de lo anterior.






Por cierto, es posible que al abrir el blog se os intente instalar algo. No os preocupeis y dadle que "Sí" a todo, son los ficheros para ver vídeos del Stage6, van mucho mejor que los de YouTube.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Se nos comen las bacterias

El templo de la foto es el de nuestro barrio, Monzen Nakacho, y se llama Fukagawa Fudo. Los días 1 y 15 de cada mes organizan un mercadillo de antigüedades, que viene a ser un mercado de saco lo que tengo en casa que está pa tirar y algún pardillo picará. No tenía mucha historia pero entre encontrarlo y recorrerlo pasamos la mañana. Como nos ha pasado casi en cada lado que hemos ido, una señora muy simpática se me acercó para explicarme la historia de las figuras que había allí, de cómo tenían los ojos de diamantes, que los había pagado una compañía de transportes muy importante en Japón y que las sacaban a hombros una vez al año. Todo eso me lo contó en un pispas y sin pestañear.

Luego buscamos un sitio para comer en el barrio. Era tarea sencilla porque este barrio es un lujazo y tiene de todo. Comimos poco pero barato: por 480 yenes nos trajeron un bol de sopa miso, uno de arroz, un trozo de tofu tamaño flan y una hilera de empanadillas que te ponen aquí en muchos restaurantes. Como yo ya las había probado y sabía que había sin ajo y con, pero no sabía decir ajo, le pinté uno a la camarera en mi libreta, que lo cogió al momento y me enseñó cómo se decía: ninyikú. En el diccionario de mi guía ni rastro del "ajo". Y es que esta guía, la Lonely Planet de Tokyo, es muy mala y muy cara. Los planos los ha copiado un demente y si coincide algo es casi casualidad. Está fatal organizada y en un coñazo consultarla. A ver si alguien nos la compra en el edificio jeje.

Por la tarde quedamos con Paula, David y June. June es una amiga de David que trabaja en Sony y que nos consiguió unas entradas muy hermosas para el Hit & Run Festival para Alberto y para mí y unos pases de backstage todavía más majos para que Paula y David pudieran saludar a las Puffy. Éstas actuaban en el festival, que estaba lleno de fans que bailaban al ritmo de las coreografías que se marcaban en el escenario. Aquí cualquier grupo y canción que se precie, ha de ir acompañado de un bailecillo estilo los Pajaritos de María José. Cuando llega un concierto las fans, que van muy preparadas, demuestran su calidad de idems bailando los pasos de memoria. Paula y yo, que somos nuevas, hicimos lo que pudimos y dejamos el pabellón a la altura del cesped. Yo creo que nos miraron mal.

Como Alberto estaba en lo mejor de su catarro, nos pasamos el resto del festival sentados en un rincón. Esa especie de código de barras cuadrado que véis a la izquierda lo hay en un montón de sitios. Es en efecto un código que es legible para los teléfonos móviles y contiene información. En este caso, era toda la información relativa al festival. Así como en Benicassim, por ejemplo, está el cartel de actuaciones en todos lados, aquí ponen carteles con esto y la gente los va registrando con su móvil para enterarse de los horarios.

Aprovecho para subir esta foto de Paula para que se vea lo modosita que era antes de conocer a las Puffy y el cambio que ese encuentro ha operado en ella. Si es que lo que está aprendiendo esta chica en Japón no se aprende en otros lados.

Pues eso, que en algún momento el concierto acabó y alguien nos llevó a casa en coche. Alberto se acostó, sudó como un pollo y dijo que desde esa noche no contáramos con él, que se hacía hikikomori. Y dicho y hecho, oye, dos días que se ha pasado encerrado en 13 metros cuadrados con una sábana por encima de la cabeza. Ni en sus mejores gripes. Daba cosa verlo. Ahora, no hay mal que por bien no venga. Traíamos un montón de peso en la mochila y gracias a este (in)oportuno catarro he podido deshacerme de unos cuantos algiasdines y otras así en sobre que dice Alberto que sabían mal.

Ayer Paula, David y yo pasamos el día en Harajuku, de compras y dando una vuelta por Yoyogi. Los domingos esta zona se pone imposible y cuando empezamos a pensar en comer, nos imaginábamos un sitio lleno de gente, con ruido y apretados. Intentado huir de eso, nos metimos por un callejón y vimos un cartel que anunciaba un café y una tienda de ropa, todo en uno: Mussa Cafe. Qué suerte. El local estaba genial, con aire acondicionado, se podía fumar, la música estaba bien y había revistas de Los Beatles para mantener a David entretenido. Pedimos comida y también estaba muy buena. Era todo tan antiestrés que incluso mantuvo a David una hora más de compras, en contra de todas las apuestas.

Hoy Alberto y yo hemos amanecido tarde. Teníamos entradas para para el Museo Ghibli. Las habíamos comprado hace meses. Con Alberto acatarrado hemos estado a punto de no ir, pero al final se ha recompuesto un poco y a las 3 de la tarde hemos aparecido en la puerta del museo. Las expectativas no eran muy altas, por lo que había leído había poco que ver. Y es cierto, pero hay una animación con luces estroboscópicas que aunque no hubiera más ya merecería la pena la visita. También puedes ver un corto en una minisala de cine, que en nuestro caso era de un perrito que se pierde y no encuentra a su dueña. Vaya dramón que han montado en 15 minutos que duraba. Yo me acordaba de mi gata Chilindrina y me daba complejo de mala dueña por dejarla un año en las garras de Paula que seguro que la tortura cada tarde a golpe de sandwiches de nutella (o nocilla extra avellanas, pero nunca de la normal).

En fin, que también hemos picado y nos hemos gastado el presupuesto Scrooge de hoy y mañana en camisetas, dvds y pines de Totoro. Un día es un día, hasta para el más agarrao de los catalanes, que es el que me ha tocado en suerte (esto no se lee en Cataluña, verdad?)

viernes, 14 de septiembre de 2007

Probando el agua

El miércoles se nos unieron en Tokio Paula y David, que saltaron de Estocolmo a Barcelona y de ahí aquí. Pese a la melatonina que han estado tomando, David llegó en un estado lamentable y entre gamba y gamba echaba cabezadas. En cambio Paula llegó como una rosa y se pasó el día chancleteando con alegría. Les hicimos un mini tour Shibuya-Harajuku, les dimos de cenar y los mandamos a la camita. Yo aproveché para poner una lavadora, porque estabamos en situación límite de calcetines. Era mi primera lavadora de monedas y había comprado detergente y suavizante (o eso creo que eran), pero resulta que lo que fuera que echase iba directo al tambor, asi que tuve que ponerlo todo junto. Está visto que el suavizante es superfluo en la vida del viajero. También calculé mal los tiempos y la ropa salió hecha un guiñapo, pero al menos ahora vamos limpitos.

Ayer pasamos la mañana en Shinjuku en una tienda que tiene de todo: bolis, papel para paredes, máquinas masajeadoras de pies, disfraces de americano (con peluca rubia y camisa de cuadros incluida), bicicletas y hormonas para gatos. En una sola tienda: Tokyu Hands. Uno se puede pasar el día curioseando allí, pero nosotros habíamos quedado con Takeshi y la recorrimos en poco más de una hora. Takeshi es un amigo de David y fan de The Merrymakers. A su vez, él tiene otro grupo llamado Sooners, y ayer él y su hermano Kei nos iban a llevar a ver unas actuaciones en Shibuya. Como no hay dos sin tres, también estaba la mujer de Kei, Takako, que también es cantante. Que lo es lo pudimos comprobar ayer porque nos llevaron a verla en directo. Acostumbrada a los garitos en España, yo alucinaba del sitio donde tocó. La barra estaba fuera, para no molestar, había taquillas en lugar de guardarropa y el suelo estaba casi más limpio que las sillas donde se sentaba el público. Por supuesto, la gente escuchaba en completo silencio, lo que me cuadraba con lo que nos contó Takeshi, que en Japón es de mala educación reirse en voz alta en el cine, incluso si la película es de risa.

Al terminar la tercera actuación eran las 9 o así y como Takeshi y Kei (en la foto con David) se habían ofrecido a hacer de guías, esperábamos un tour de bares por Shibuya o una noche de karaoke. Pero no. Nuestra próxima parada era un onsen (baño público) en Kawasaki, pueblo a medio camino entre Tokio y Yokohama. Como el inglés de Takeshi es así de Home English, pensamos que no le habíamos entendido. Más tarde, ya en el tren, comprendimos que sí, que íbamos camino de confraternizar en pelotas (ellos, porque Paula y yo fuimos a la parte de mujeres). A nosotras nos soltaron con dos toallas cada una y ahí os las apañéis. Menos mal que en nuestra guía Living Japanese Style explicaba que había que lavarse primero, con enjabonado y aclarado, y luego bañarse. Las japonesas curioseaban de reojillo, y nosotras a ellas, porque aunque ellas y nosotras ya lo sabemos, queremos comprobar que realmente tenemos todo en los mismos sitios.

Hoy Alberto ha amanecido con un poco de fiebre, probablemente fruto de los cambios de temperatura de ayer, asi que  se ha quedado en casa y hemos estado dispersos. Paula y David se han ido a arrasar Akihabara con su tarjeta VISA. Akihabara es el barrio de la electrónica y hay cientos de comercios repetidos que venden móviles, cámaras, portátiles, etc... Muchos los exhiben en la calle, como alpargatas de mercadillo. En todas las tiendas tienen como 3 empleados por cada cliente y bastantes ponen a uno con un megáfono en la puerta que proclama las maravillas del comercio, bien chillando, cantando o rapeando. El otro día vi que en una tienda 5 dependientes aplaudían a un cliente porque había hecho una compra. Luego le entregaban su paquete, se deshacían en inclinaciones y le volvían a aplaudir.

Y bueno, yo hoy he ido a Asakusa, a tirar fotos del río Sumida. Quería montar en barco pero he llegado tarde, lo que ha sido un fastidio porque iba con todo el equipo, pero a cambio me he encontrado con los luchadores de sumo mientras salían del estadio donde se celebran los campeonatos. Una horda de fans y yo hemos aguardado la salida de los ganadores que embutidos en sus kimonos iba firmando autógrafos a diestro y siniestro.

martes, 28 de agosto de 2007

El Japón imaginado

Estamos a una semanita de irnos para Tokio, pero el tiempo ha dejado de correr y se nos va a hacer muuuuuy larga. Ahora mismo sólo tenemos que dejar sitio en casa para Paula, hermana de Carol y David, "el cuñao" que se van a venir para acá desde Suecia con millones de maletas y un Peugeot 405 de 20 años al que habrá que santificar si consigue traerles desde allí. Carol lleva dos días metiendo cosas en cajas (del Ikea, por supuesto) y ropa en las bolsas mágicas al vacío. Foto del antes y el después aquí al lado.

Les va a dar el tiempo justo de descargar y subirse al avión, porque se van a venir también a Tokio unos días. Han encontrado un hotel muy chulo a bastante buen precio y ya estamos planeando, con precisión sueca, las actividades a realizar. David, que es músico y miembro de los, para los fans del power-pop, míticos The Merrymakers, compone también canciones para algunos grupos japoneses como Puffy Amiyumi, por lo que tiene bastantes contactillos por allí. En realidad tiene hasta fans… Así que es bastante probable que algunos de ellos nos guíen por los mejores garitos de Shibuya y Roppongi! Si nos lo dicen después de ver “Lost in Translation” no nos lo creemos :)

 

Otro de nuestros objetivos es conseguir participar en algún programa televisivo japonés. Un paso más en el proceso de Simpsonización que estamos (básicamente yo) llevando a cabo…

Todo muy superficial. Pero es que Japón (o por lo menos la idea lejana que me hago) se parece demasiado al futuro que imaginaba cuando tenía 10 años... Videojuegos, pantallas gigantes y omnipresentes de TV, robots, tecnología delirante y mucha virtualidad. En un mes y medio tendremos tiempo de sobra de conocer el Japón real, aunque yo con el imaginado ya me conformo.


P.D. Nos acaban de nombrar primera pareja pija progre de Vallecas/Clot. A ver como volvemos al barrio ahora!

domingo, 22 de julio de 2007

Por qué nos saltamos la India

Pues porque nos parece que todavía no estamos preparados, pero que conste que ya estamos ensayando la coreografía.







Lo orgullosos que estábamos de nuestro super Miguel Bosé, y fíjate... del montón. Atención a la versión que se marcan de los Beatles, infinitamente mejor que la original. Se nota que en Liverpool el curry está mucho más aguado que en Bombay. A ver si sois capaces de identificar en el vídeo al Thunderbird que les hace los coros.







Pero no creais que todos los hindús son así de flowerpower... también los hay macarras. Mirad este vídeo del Eminem indio, un tío realmente peligroso.







Y es que los indios son capaces de adaptarlo todo sin que se note prácticamente ninguna diferencia con el original. Cerraremos este post con Joselito Apuramashalapetilan. Conocido más allá del Himalaya como "el Ruiseñor del Ganges".





Si no habeis tenido bastante os desafío a que busqueis los vídeos del Michael Jackson hindú. Terroríficos!