miércoles, 16 de enero de 2008

Asiasido contra las hordas Sikh

El mundo de los backpackers tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas están el precio, las cocinas comunitarias, la variedad de gente que las habita y el ambientillo que se crea. Entre las malas están las cocinas comunitarias, la variedad de gente que las habita, el ambientillo que se crea y, si tienes muy mala suerte, el precio. Ahora es temporada alta en Sydney, están todos los estudiantes de vacaciones y es una de las pocas zonas de Australia donde el calor no es asfixiante, así que se vienen todos para aquí a disfrutar de la metrópolis y las playas sin medusas. Y claro, los hoteles de backpackers se desbordan. Nosotros, que no sabemos en que día vivimos ni a que hora se come, ya estábamos acostumbrados a reservar de un día para otro en el hostal de turno, pero aquí en Sydney nos costó encontrar sitio libre. De pura chiripa encontramos el Alfred Park Budget Hostel, que es donde estamos ahora y donde nos vamos a quedar unos quince días más, hasta que nos vayamos para Melbourne. El precio es un poco más caro que en el resto de backpackers donde hemos estado, unos 80 $ Australianos (8.000 pts) la habitación doble con baño, pero es lo habitual en Sydney por estas fechas. El hostal lo lleva una pareja medio malagueña y una chica colombiana con los que te puedes dar el gustazo de hablar en castellano, lo que se agradece para variar. Las habitaciones son correctas, tienen ducha en la habitación, y está bastante bien situado, en una zona tranquila a un paseo del centro.

Y la cocina está muy bien: cuatro fogones, dos fregaderos, infinidad de sartenes y cazuelas, nevera en cada habitación... En algunos backpackers nos hemos encontrado con que sólo tenían una cazuela y una sartén, tan abolladas que parecía que las hubieran utilizado para cazar la cena, por lo que así, de lejos, la cocina que nos ha tocado pintaba bastante bien. No es el paraíso que teníamos en Adelaide, pero menos da una piedra. Fue dejar las mochilas e irnos a la playa, de la que  no volvimos hasta que ya era de noche, con nuestra bolsa del Coles (el Carrrefour de aquí) llena de productos varios y un hambre de esas que sólo te dan después de haber estado en la playa. Hasta entonces no nos dimos cuenta de que algo no andaba bien. Camino de la habitación vimos que la cocina estaba llena hasta la bandera, y en el comedor no quedaba ni una silla libre. Al bajar de la habitación preparados para cocinar vimos que la cocina no sólo estaba llena de personas, sino que había cola fuera esperando turno, y tanta porquería que daba miedo entrar. Era algo con lo que no nos habíamos encontrado todavía. Por lo que hemos ido viendo, los únicos que cocinamos por el mundo somos los españoles, los italianos, los franceses y los asiáticos (todos). Los alemanes, holandeses, anglosajones o australianos, que son el 70% de lo que se mueve por los backpackers,  se traen comida de take-aways que calientan al microondas y listos. Así que normalmente los mediterráneos y los asiáticos disfrutamos de la cocina a nuestras anchas.

En este caso no. En parte porque el hostal es demasiado grande para tan poca cocina, y en parte porque da la casualidad de que se han juntado dos o tres familias hindús justo en las mismas fechas. Y lo acaparan todo con sus pucheros gigantes, sus turbantes, sus cocciones a fuego lento y sus millones de especias. A mi me recuerdan a los indios que salían en las novelas de Julio Verne, y me los imagino con un kriss oculto en el turbante naranja, listos para cazar un tigre y echarlo a la cazuela sin despeinarse el bigote. En medio del maremagnum bengalí, algún alemán (u holandés, no sabemos bien..) consigue hacerse hueco y copar algún fogón, que no abandona hasta que ha alimentado a todos sus compatriotas. Pero a la que se relajan, cosa que suele pasarles, los indios ya les han robado el fuego de nuevo. Carol y yo nos quedamos al margen estudiando la situación, y viendo la pericia y el morramen de los hindús y la persistencia germánica decidimos batirnos en retirada y esperar una mejor ocasión para pasar al ataque. Mientras cenamos unos modestos noodles y un poco de hummus (que aquí lo venden ya hecho) en un rincón del comedor comprobamos que los indios tienen unas 7 cazuelas en la mesa que se van pasando de unos a otros y que de vez en cuando visitan la cocina para ser recalentadas ante la estupefacción de los alemanes. No sabemos cuanto tiempo estuvieron cenando, pero cuando nos fuimos a la habitación todavía andaban con los chupitos y con las canciones regionales. Mañana será otro día, nos dijimos.

Pero volvió a ser más o menos el mismo, si no peor. A las 2 de la tarde las mujeres de la familia ya estaban cocinando la cena, y por lo que pudimos comprobar no acabaron hasta las 8 de la tarde, justo cuando los hombres empezaron a acaparar las mesas y sillas del comedor. A las 9 empezaron a recalentar las cazuelas, y a las 10 a re-recalentarlas. Esa noche nos contentamos con un pan de ajo y un bocadillo, pero empezamos a organizarnos para que no nos volviera a pasar. Ayer nos reunimos en un Starbucks (el único sitio donde Carol puede pensar) e hicimos  una lista de platos que podemos cocinar y guardar en la nevera.

Hoy me he pasado toda la mañana cocinando. Las dos mujeres indias (suegra y nuera creemos, porque la joven cocina mientras la mayor le grita desde el comedor) no me han dirigido la palabra en las 2 horas en que hemos compartido la cocina. Por lo menos no me han atacado, y creo que ha sido en buena parte gracias al amuleto francomasón que muy acertadamente compré el otro día en la logia de la esquina y que les iba enseñando constantemente mientras pelaba las patatas.

Australia está llena de templos masones, un día de estos iré a uno a sacarme el carnet.






4 comentarios:

calycanto dijo...

Impresionante el video, si no me acusaran de ser políticamente incorrecto diría que se parecen bastante a otros de tez oscura con cabra y organillo, más propios de estas latitudes. De todas formas estos sijs más que a Julio Verne recuerdan a Salgari, sus estranguladores, los cipayos, Sandokan y los tigres de la Malasia.
Os sugiero para estos 15 días varias actividades que yo haría en Sydney si pudiera:
1.- Localizar al dentista que secuestró a Nemo y reñirle seriamente. A su sobrina eliminarla directamente.
2.- Ver si Sydney Poitier y Sydney Rome tienen calle o plaza por allí, y a la vez si Sydney es nombre de tío y de tía simultáneamente.
3.- Confirmar la terrible sospecha de que Walt Sydney era australiano y le daba vergüenza. Por eso creó el demonio de Tasmania ese tan terrible (o era de Hanna y Barbara?).
4.- Comprobar que la ópera no es de Calatrava o de Gehry, un gran alivio.
5.- Dar una vuelta a la bahía a la pata coja
Creo que no os podeis quejar del gran interés de estas actividades, siempre mucho más amenas que lidiar con turbantes de incierto contenido.

Wipper dijo...

I think Calycanto has been drinking too much ribera del duero!

Marta de damart dijo...

jijij nens que divertit!que tiempos, que tiempos...aun me acuerdo pidiendo prestados un poquito de sal por aqui, qué es lo que hay en este estante, tiene buena pinta, uyyy estas galletitas suecas nos irán bien para después de cenar, por dos no se va a notar...y el aceite de oliva que aquí está tan caro,..quizás los franceses de la habitación 5A tendrán un poquirritín en su estante..nada, para dar saborcillo a la ensalada...Gran cosa las cocinas de los albergues!
que tiempos, que tiempos!
;)

Marta
de damart


Marta

Al. dijo...

Oye, y lo de colaros en el turno de cocina lo habeis practicado? Porque nosotros necesitamos un master en eso...!
Que tiempos dice... si hace dos meses de nada :)