jueves, 7 de febrero de 2013

De los backwaters de Alleppey

Tras las caminatas de Periyar y nuestros fracasos en la búsqueda de elefantes y tigres decidimos irnos de cabeza a la costa de Kerala. Primero a Alleppey, “la Venecia de Asia”, un pueblo surcado de canales de agua (backwaters)  que comunican buena parte de las zonas costeras de Kerala y que son la principal atracción turística de la región. De ahí a la playita de Varkala, a mojarnos los pies.

Kumily está en la sierra y Alleppey en el mar, así que todo el camino era cuesta abajo. El señor Claus, nuestro casero de Kumily,  nos recomendó ir en autobús hasta Kottayam (4 horas para hacer unos 100km) y desde ahí ir ya en barco hasta Allepey por las backwaters (2 h y media). Precio total, 1 euro. El día empezó bien, porque nos sentamos en primera fila, justo detrás del conductor, y la vista de las montañas y los precipicios eran colosales. Luego se fue complicando a medida que nos fuimos dando cuenta de que nos había tocado un conductor sicópata. La experiencia fue tan “divertida” que acabó de convencer a Carol de hacer un post exclusivo sobre la conducción en la India. Si no lo ha hecho aún es porque le cuesta enfrentarse a sus recuerdos, pero paciencia que llegará. 


 Llegamos a Kottayam una hora antes de lo previsto (parece algo positivo, pero no lo es), y tras recuperar fuerzas y celebrar que seguíamos vivos con unas dosas y unos dulces nos subimos al barco de camino a Allepey. El viaje volvió a empezar muy bien: nos pusimos delante de todo para tener las mejores vistas de las backwaters. La verdad es que es una zona preciosa, parece sacada del Libro de la Selva. El canal, que se va ensanchando o estrechando según la zona, está flanqueado casi todo el camino por palmeras y cubierto de plantas flotantes que llegan a formar islas a las que acuden multitud de pájaros de todo tipo. Entre las palmeras se pueden ver a ratos campos de arroz inundados y pequeñas casas que caben justo en los dos o tres metros que separan ambas superficies de agua. Del canal principal salen otros más estrechos que se adentran hacia el interior y llegan a pequeñas aldeas a las que sólo se puede acceder con pequeñas barquitas. La gente de la zona hace su vida alrededor del canal: llevan cargas en canoas, tiran una caña para pescar la cena, bajan los dos escalones que separan sus casas del agua para bañarse o fregar los platos, etc... A partir de las 5 y pico de la tarde es fácil cruzarse con barquitas llenas de niños con mochilas que acaban de salir del cole y van para casa. Y de fondo las palmeras, los pájaros tropicales, los aullidos de algún mono despistado y Bagheera que seguro que está acechando por ahí aunque no la veamos. Todo muy bonito y sugerente. 


 Hasta que la pareja de recién casados indios que llevábamos detrás y que se había pasado ya dos horas haciendo presión sicológica para ocupar la proa decidió que el canto de los pájaros y el motor del ferry no era lo bastante romántico para ellos y optaron por ponerse música en el móvil que pudiera rivalizar con ambos en belleza (fallido) y volumen (conseguido con creces). Algunos temas eran acompañados en directo por los mozos, lo que añadía si cabe interés al asunto. Carol ya llevaba una hora dormida a la sombra encima de las mochilas y no les hacía mucho caso, pero yo, que estaba en el lado del sol y me había quedado sin agua hacia rato, estuve a punto de hacerles las armonías vocales. El final del viaje se me hizo un poco largo. Pero llegamos a Allepey sin más novedad y nos fuimos a nuestro hotel, el Malayalam, que como todos los que nos ha recomendado Isabel fue un acierto total (mil gracias). 

Vista matinal desde nuestro porche
  Allepey en si no es que sea muy bonita. Como en todos los sitios que visitamos por aquí nos cuesta mínimo un día adaptarnos a la primera impresión, que suele ser “madre mía como se nos ha ocurrido venir aquí con lo bien que estabamos en dondefueraqueestuvieramosantes”. Tras devanarnos los sesos con el fenómeno de la guarrería india hemos llegado a la conclusión de que  la diferencia clave entre los indios y los españoles está en el uso de la escoba. Aquí barrer barren mucho: hay señoras que las ves dale que te dale con la escoba de ramitas mientras hablan con la vecina o recitan el narayana de memoria, moviendo la porquería de un lado para otro. Pero en el momento en que hasta el español cenutrio medio ya habría decidido usar el recogedor, aquí siguen y siguen barriendo hasta que encuentran una playa, un arcén, la tienda de el de al lado o, en el caso de Allepey, un canal. En las casi tres semanas que llevamos en Kerala  hemos visto muchas escobas, pero ningún recogedor.  Igual si a alguien se le ocurriese importarlos se forraba y de paso resolvía un problema ecológico. O igual no, porque a veces sospechamos que les gusta ver las cosas así o que tienen las papilas buengustativas totalmente quemadas por el curry. Pero bueno. Aparte de la porquería que se acumulaba en los canales del centro, el resto muy bien. La puerta de nuestra habitación daba a las backwaters, veíamos la puesta de sol en los canales y nos despertaban los pajaritos (martines pescadores incluidos) a las seis y media en punto de la mañana. 


Un pájaro later y un ejemplar de later too, vistos desde el hotel
 Me detengo unos segundos a matar a las hormigas que están saliendo de dentro del portátil y sigo, que no me concentro.

Ok. Desde las tumbonas veíamos pasar a los pescadores y a las casas flotantes que son “lo más de lo más”, con su cocinero particular, su aire acondicionado, su televisión de plasma¿? y sus cuervos de polizones en el tejado. La idea que teníamos era gastarnos las rupias en una de esas casas deluxe para dos y dormir en el canal al menos una noche. En el pueblo casi todos los negocios se dedican precisamente a alquilar casas-barco, pero como no sabíamos muy bien como funcionaba el tema nos fuimos directamente al embarcadero a preguntar al sitio del estado. Allí nos dijeron que teníamos que venir el día siguiente a las 9 de la mañana y ponernos a la cola, que “con casi toda seguridad” tendríamos una con todas las comodidades y el precio oficial. Al parecer los propietarios intentan alquilarlas primero directamente al público con precios más altos (o timos varios, sobretodo si reservas por anticipado o desde otra ciudad) y acaban dejando el resto a la empresa pública de turismo, que también controla la calidad. Total, que parece que lo mejor es ir directamente allí. 

Houseboat
 Como hasta el día siguiente aún quedaba mucho y las casas barco no pueden entrar en los canales pequeños decidimos alquilar una barquita pequeña por tres horas para darnos unos voltios por ahí y tirar unas fotos. Creo que nos salió por diez euros, y fue un paseo chulísimo. Con el motor casi parado, estirados a la sombrita en las camas de la barca, sin domingueros ni honeymooners... Perfecto. Total, que nos moríamos de ganas de pillar la casa barco al día siguiente. Como cada noche, nos quedamos a ver la puesta de sol desde la puerta de nuestra habitación y a las barcazas aparcando a lo largo del canal. Como decíamos al principio, las Backwaters son el principal reclamo turístico de Kerala, donde viven cerca de 35 millones de personas. Un montón, casi como en España, pero menos de un 5% del total de habitantes de la India. ¿Y que hacen los millones de indios que se apretujan en Deli o Bombay cuando quieren ver naturaleza? Pues se van a Kerala y más concretamente a las Backwaters. 

Jose Luis Kethrapapoooli seguramente se había pasado toda la semana reseteando passwords como un loco en el call center de Bangalore, así que cuando se despertó el sábado por la mañana no tardó ni dos minutos en meter a la mujer, los cuatro niños y la abuela en el Tata y pirarse camino de Allepey. Diez millones de pitidos después, y embriagado por la belleza inigualable de Kerala, decidía gastarse el sueldo de una semana en una casa flotante para toda la family. Tras una jornada esplendorosa dando vueltas por los canales, saludando a guiris barbudos que les miran pasar desde sus hoteles, tirando fotos a contraluz de la señora y los churumbeles, que si ay que tiro a la abuela al agua que si ay que risa, llega la noche y hay que aparcar el barquichuelo, cenar, empiltrar a la prole y quedarse a ver las estrellas. Jose Luis Kethrapapoooli mira las estrellas desde su barca, henchido de la belleza de la Madre India. Al cabo de un rato de respirar henchido de la belleza de la Madre India se empieza a aburrir un poco y decide que todo está muy silencioso y que los señores de los barcos de al lado, y los de más allá, y los de dos kilómetros más allá, seguramente se estarán aburriendo también. Por suerte, Jose Luis Kethrapapoooli, que es un encanto de persona,  tiene una cinta con los grandes éxitos de Chiquetete en indio y un equipo de audio de 4000 megawatios con autorewind que de alguna forma ha conseguido subir al barco. Desde las 10 de la noche aproximadamente hasta las 6 de la mañana siguiente los éxitos de Chiquetete se suceden uno tras otro para gozo y disfrute de todos los barcos alojados en el canal.

Más de quinientos metros al oeste, en la orilla, un guiri barbudo y su moza se pasan toda la noche proyectando catapultas incendiarias, asaltos a casas-barco y genocidios aricidas y dravidicidas. Finalmente deciden que no vale la pena arriesgarse a pagar cien euros por una casabote y que te toque a Jose Luis Kethrapapoooli y familia al lado y que las Backwaters son igual de bonitas desde la costa y que al día siguiente se iban para la playa.

3 comentarios:

antimateria dijo...

Veo que el tema de dominguero ruidoso es bastante recurrente en vuestros posts, lo que da bastante pánico. ¿Realmente hay tantos?

La nena de la cartera vermella dijo...

Me he muerto de risa con el Chiquetete indio y también con todo lo demás. Mi hijo me ha pasado vuestro blog y me he enganchado. Que el viaje continúe así de bien!!

Carol dijo...

Ainsss, por desgracia ya estamos de vuelta en Barcelona. Qué corto se nos ha hecho!